Ídolos de barro

*Nuestros tiempos son tiempos de mediocridad, de falta de sentimientos, de la pasión por la ignorancia, de pereza, de la incapacidad para empezar a hacer algo y el deseo de tener todo ya hecho». Fiódor Dostoievski

Por Erwin Lechuga

Cuando las personas renuncian al uso de la razón, han dejado de ser individuos de la especie humana, para convertirse en autómatas en un mundo donde imagen, dinero y reconocimiento son sinónimo de triunfo en la vida.

Estamos en los tiempos en que la sociedad, se ha dedicado a enaltecer seres cuyos comportamientos vacuos, son considerados hoy como referentes de éxito en una colectividad cada día más decadente.  A estos, son los que llamo ídolos barro, personas sin trascendencia humana, caracterizados por la ausencia de acciones ejemplarizantes que transformen la sociedad.

Como si lo anterior no fuera poco, se ha vuelto recurrente de parte de los medios de comunicación, querernos embutir la vida de estas personas que han adquirido fama, gracias al escándalo que protagonizaron en el momento, convirtiéndolos en dignos de admiración y otorgándoles una importancia que no merecen.

Que si compró el pent-house, que si cambió la camioneta, que si transmitió la cirugía, que le borraron la cuenta de Instagram, que se emborrachó y se orinó en mitad de la calle, que es hombre pero se puso implantes de senos, que es mujer pero se da besos con otras mujeres, que fue a Dubái, que se cree la erudita del sexo, en fin, la lista pica y se extiende.  

A este espiral de estupidez, se le suma la idolatría de una generación, a todo aquello que los transporte a la ilusión, porque se les hace difícil asumir la realidad por sí mismos, ya que para eso tienen a sus ídolos de barro, que son quienes les indican qué usar, cómo sentirse bien, cómo comportarse, a dónde ir, les dictan lo que está bien y lo que está mal, lo que deben comer, porque entre otras cosas no aceptan la disciplina, ya que les atrofia desarrollar la personalidad, no en vano por eso les llaman la generación de cristal.

Atrás quedó el ejemplo de aquellos que con esfuerzo destacaron en sus profesiones u oficios, los que a punta de tesón y sacrificio no se dejaron vencer por la adversidad y aun así dejaron el nombre de este país en alto, a los que sin tanto bombo ni platillos, ahí en el anonimato, son ejemplo de superación para ellos y su familia.

Pero no, lo que la sociedad demanda comprar, son las historietas de elementos autoproclamados virtuosos por hacer dinero y fama, ¡ja!, como si con ellas pudiésemos arreglar nuestra demandante realidad política y social, que esa sí que merece toda nuestra atención.

Tal situación, nos debería poner a reflexionar lo mal que estamos como sociedad, cuando hemos permitido que lo banal, lo efímero, lo minúsculo, se haya apoderado de las mentes, en tiempos donde el individuo debería estar mejor preparado, con más conciencia social y con mayor disposición a ser gestor de desarrollo social y económico.

Lamentablemente esta idolatría es costosa, porque estamos involucionando educativa y culturalmente, hoy manda la vulgaridad, el lenguaje soez, la  chabacanería, a la que si le sumamos lo manipulable que pueden resultar las personas, con su ínfima capacidad de raciocinio y juicio crítico, tendremos como resultado un decadente tutifruti social, o sino hay que preguntarle a los ejércitos de seguidores de los ídolos de la izquierda y la derecha en Colombia, que no entienden de razones, pero sí de las virtudes de sus dioses.

#DIARIOLALIBERTAD

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