Afán y calma

Por Isaac Romero

Absorto en la tranquilidad infinita del caribe mexicano, Marcus divisaba el Sosegado mar de Cancún sentado en una butaca, mientras esperaba a algún turista para matar el tiempo, platicando  sobre cualquier tema: la vida y la muerte, el narcotráfico, política, religión, el mar y los manglares.


Como si la etimología de los nombres definiera el destino de los seres humanos, sin que la conciencia, la razón y la voluntad pudieran intervenir; Marcus estaba destinado para la guerra. De estatura baja, tez morena, frente amplia y pelo negro al ras, representaba la fisonomía típica del pueblo maya.


En su juventud se había enlistado en el ejercito, donde alcanzo a estudiar una carrera administrativa que nunca logro ejercer. La presión de alimentar a 8 hijos, lo obligo a retirarse de la milicia a su pueblo natal, una pequeña comunidad indígena a 10 horas de Cancún, donde se dedicaba a la «Tierra y los animalitos».


Los turistas, que se alejaban algunos Kilómetros por la playa de sus hoteles cinco estrellas, con la esperanza de avistar en el camino algún cocodrilo fugado del manglar, caminaban alejados de la orilla procurando evitar la enorme mancha de sargazo, proveniente del Atlántico. Este fenómeno, que según los científicos se incremento por el cambio climático y los desechos industriales, ensucia la playa, destruye flora y fauna marina, convirtiéndose en un dolor de cabeza para hoteleros, biólogos y políticos.


Marcus llevaba ochos años trabajando como jefe de seguridad, cuidando un solar entre la playa y el manglar. Su trabajo consistía en hacer saber a los conquistadores de terrenos baldíos, que ese pedazo tenia dueño. Vivía humildemente en un cambuche armado sin ninguna norma estética, igual a un naufrago en una isla a la espera que lo rescaten. Junto con tres compañeros se repartian las labores de pescar, cocinar y vigilar.


Mientras conversábamos divisando el mar, pasaban algunos turistas y saludaban. Marcus me refirió la historia de un canadiense, que se escapo de su resort todas las noches durante una semana que duraron sus vacaciones, para contemplar el firmamento sin ruidos perturbadores. Se hicieron muy amigos y había noches en que se quedaba a dormir en el cambuche. Pero no todos eran así, algunos pasaban y no saludaban, hasta «miraban por encima del hombro». Para el, un hombre que había vivido en la miseria y la opulencia, en la guerra y la paz, era incomprensible el modo de actuar de esas personas. Después de una hora de conversación, pasamos de temas triviales (historia  y política) a asuntos personales.
Mirándome de frente, bajó la voz, miro a los lados y se acerco, para contarme lo que era «el secreto de su vida». Una noche, hace tres años, se encontró flotando en el mar una bolsa con tres millones de dólares, de los cuales no le quedaba ni un peso al sol de hoy. Compro carros de lujo, repartió entre sus vecinos, amigos y familiares, no se apego al dinero, vivió como un rey despilfarrando y regalando, pensando que la fuente era eterna y un día se acabo, se esfumo y todo volvió a la normalidad.

En su rostro reflejaba la costumbre milenaria de la sangre y la violencia, los sacrificios mayas, los españoles evangelizando a la fuerza, La revolución zapatista y  la desolación del llano en llamas. El mismo había sido victima de esa ola oscura de desidia, su hijo, de 23 años, había sido asesinado en extrañas condiciones hace apenas un mes, en frente de su nieta y su nuera. Era un tema delicado y reciente, que narraba con cierto tono de indiferencia, aunque por dentro carcomía su alma.

En ese punto, se dio cuenta de que no nos habíamos presentado, cuando le dije mi nombre, se sorprendió, agacho la cabeza y dijo casi murmurando»Así se llamaba mi hijo». Esa extraña coincidencia, me hizo abordar el tema con más confianza y hacerle preguntas acerca del siniestro suceso, como un periodista cuando se encuentra el reportaje de la semana.


– ¿Quién lo asesinó?
– Los primeros días, no supimos nada, solo que lo habían matado frente a su hija y esposa, por la espalda. Era un joven sano y trabajador, no tenía enemigos.


-¿… Y aún no han encontrado quien lo mato? Continué con el interrogatorio.
Si – Respondió como si narrara una historia ajena a sus sentimientos-. El tuvo problemas días antes de su muerte, descubrió que su mujer lo engañaba con un primo suyo, al reclamarle a este, terminaron en pelea y mi hijo con un machete lo hirió en el brazo. Su primo y mi nuera, se pusieron se acuerdo para vengarse, fue así que entro el primo una noche en la casa, y le pego varios balazos por la espalda a traición.


– Supongo que la policía descubrió todo. – Comenté sorprendido-.
– No, mi esposa nació con el don de  la clarividencia, unas noches después de la muerte, soñó los sucesos tal y como se los estoy contando, por ella descubrimos la traición de la esposa y el asesinato del primo.


Narraba lo inverosímil con sencillez imperturbable, al punto que parecía estar contando una historia escuchada en un telediario o una de esas radios sensacionalistas y no su propia tragedia.


– ¿Y ahora Que piensas hacer Marcus? .
-La ley de México es ojo por ojo diente por diente, esto le dolió mucho a mi familia así que pague el que tenga que pagar. No tengo que hacerlo yo mismo, trescientos dólares y una foto vale la vida de una persona en este país. – Decía esto con una sonrisa monótona y apagada-.


Hablamos durante un rato más, sobre Colombia y la violencia, barcos encallados, gente buena y gente mala, los campesinos mexicanos y los presidentes financiados por el narcotráfico.


Cuando el sol ya estaba en el zenit y sus rayos penetraban en la piel causando picor, nuestro dialogo iba llegando al final.


Su historia me impacto al nivel de que se quedo muda la conciencia, no hubo juicios, ni consejos, ni frases motivadoras para su dolor. Fue como si la guerra que nunca ha sido mi pan de cada día, de repente se convirtiera en lo cotidiano y visualizara la venganza, la sangre y la violencia como moneda de pago justificable.

Sin proponérmelo hable del perdón trivialmente, con palabras tan comunes, que me sentí apenado de no poder darle una visión mas profunda del infame ciclo de la venganza. Cual fue mi sorpresa, cuando al terminar de hablar, las palabras y el rostro de Marcus trasfiguraron la tristeza apacible en una serenidad insondable. Aceptó mis palabras con afabilidad. Después de dos horas de conversación en los cuales habíamos pasado de la hostilidad de la violencia y la venganza a la certeza suave y ligera de la reconciliación. Nos despedimos como dos viejas almas conocidas y amoldadas por la amistad a tener pláticas existenciales duraderas; frente a un mar que como la vida misma arrastra olas turbulentas, violentas y espumosas que inexorablemente pierden su intensidad disipándose en la calma perpetua de los arrecifes de coral.

#DIARIOLALIBERTAD

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