El golpe del Mondongo

Guillermo Luis Nieto Molina

Por: Guillermo Luis Nieto Molina

El golpe del Mondongo

Las tradiciones en los pueblos sobreviven, hasta que nuevos habitantes redireccionan las costumbres. Los avances de obras civiles cómo carreteras y nuevas comunicaciones, así como adelantos telefónicos, trastornan por completo las costumbres.
Los días domingos, en la mayoría de las casas del pequeño municipio, era el escogido para preparar un suculento sancocho de mondongo. Herencia gastronómica de varias y tejidas razas, que, a fuerza de esperanzas e ilusiones, fundaron el poblado y festejaban los grandes acontecimientos, cómo bautizos, cumpleaños y hasta matrimonios, con un cargado sancocho de mondongo.
En algunas ocasiones cuando llegaba el obispo para confirmar a los muchachos, el mismo mondongo era preparado de otra manera, guisado para agradar al sufragáneo
quien lo llamaba como cayos a la madrileña.

Julián Echeverría estudiante e investigador permanente se había preocupado por saber el nombre del delicioso plato, derivado de mondejo, el cuál venía del vocablo, bandujo. Al final era la panza de la vaca.

Julián Echeverría había estudiado con detenimiento que la vaca tiene un solo estómago, dividido en cuatro, no los cuatro estómagos que decían los habladores de fandorga en las esquinas del pueblo.

Se había instruido por medio de unas enciclopedias de gran tamaño, tan grandes que eran transportadas en burro y el jumento se veía en dificultades muchas veces para soportar su peso.

En su estudio meticuloso, descubrió que
Las vacas tienen un solo estómago dividido en cuatro cavidades o subestómagos: el rumen, el retículo, el omaso y el animado.
Cada uno de estos cuatro compartimentos estomacales reciben otros nombres coloquiales:

  • Rumen: «Panza».
  • Retículo: «Redecilla».
  • Omaso: «Libro» o «librillo».
  • Abomaso: «Cuajar» o «estómago
    Comprendió además porque los compañeros de clases le gritaban cuando jugaban fútbol en el patio desmontado, al que llamaban cancha: «patea bien Omaso.»

La diligencia de las matronas de la casa para elaborar un buen sancocho de mondongo iniciaba desde el amanecer.
Había que madrugar para pelear por la presa de panza en el mercado de las carnes, ubicado en la calle principal del pueblo, el cuál sería derrumbado unos años después, para instalar una oficina de llamadas telefónicas del estado, llamada Telecom; dejando al pueblo sin el rústico mercado de carnes y verduras.

Una vez conseguida la panza aún con heces fecales adheridas, llegar y esperar que el sol asomara su rostro y su mirada iluminará el fondo del patio. Así, lavarlo con agua y jabón, hojas de guayaba y darle golpes fuertes con un pequeño mazo para desprender cualquier vestigio fecal.
Mientras todo esto ocurría, la olla de cuarenta litros debería estar hirviendo para colocar la panza en plena ebullición del agua y así sacarle los olores pestilentes de la boñiga de vaca.
Una vez hervida la panza, volver a sacar, volver a lavar con agua fresca y hojas de guayaba, hasta quitarle por completo el olor fétido; sin dejar por un segundo de golpear con fuerza la almohada acolchada y cocida de panza. El golpe debería ser fuerte rítmico, con pequeñas pausas.

Las brisas del poblado arrastraban el eco de los golpes y se sentía en el ambiente un rítmico compás, semejante al golpe del llamador en la cumbia. A esa hora, el pueblo era un teatro musical al aire libre, de ritmos y de olor nauseabundo, sinfonía que la brisa arrastraba agarrados de la mano de los vientos alisios del Caribe.

Esa mañana de domingo Julián Echeverría despertó a las ocho de la mañana se enjuagó los ojos y la boca con el agua de la alberca que justamente estaba en el lado izquierdo de la cocina, un cobertizo de empalmadas palmas de coco sostenido por cuatro horcones. Vio a su mamá golpear, en el fondo del patio, no sintió el mal olor pensó:
< Hay golpe de mondongo para hoy> así lo llamaba; su rostro se iluminó de alegría le gustaba muchísimo el sancocho de mondejo.

Encontró en el mesón de las labores de la cocina su desayuno.
En un plato de peltre de los de moda, los que venían adornados con flores rojas de quién sabe que jardín de otro país, encontró dos arepas aún calientes y crecidas. Cómo si alguien las soplará desde adentro. Ya él había investigado que esto sucedía por la evaporación de la humedad en la masa del maíz al contacto del aceite caliente, por eso se formaba esa nube de aire dentro de la arepa, ya fuera de. masa endulzada o masa de sal.
Desayunó de prisa, se bañó en el callejón rápidamente y emocionado pensó <>

El tiempo transcurría y Julian investigaba en la enciclopedia grande y pesada que algunas veces utilizó para colocarla de banco sentarse y amarrarse los cordones de los zapatos escolares. Otras veces para expiar por los calados del cuarto y ver vestida de Eva a la vecina bañarse de madrugada. También como escalones, para guindar las cabullas a la viga de los rincones que sostenían el techo, para guindar la hamaca

El reloj fisiológico le dio las primeras campanadas de hambre. No prestó atención leía unas páginas que le habían quedado pendiente de la investigación del nombre del mondongo, mondejo, o bandujo.
Memorizó el nombre de como lo llamaban en Iberoamérica.
Mondongo, tripa, guatita, mishque, pancita o menudo.

Salió del cuarto y sintió todo en silencio. Miró al patio, la candela se había apagado y solo luchaban por mantenerse vivos en su inmolación, algunos troncos convertidos en tizones.
Recorrió con la vista el mesón de la cocina; no había nada servido. El hambre ahora lo acosaba con más rigor.
Aprovecho y orinó en el callejón, un poco más adelante de dónde se había bañado.
Desde ahí escuchó la voz de su mamá en la terraza de la otra casa.

Preguntó a gritos:

—Amá dónde me dejó el golpe de mondongo, ya estoy que corto, del filo que tengo–

La respuesta de su mamá lo dejo zombi por unos segundos, fue como un gancho de derecha al hígado y una recta de izquierda a la mandíbula. Sintió por momentos levitar al recibir la contesta. Su paladar quedó seco y pesado. Su olfato no pudo distinguir el olor de las rosas que radiantes se veían a las dos de la tarde.
La palabras de su madre ingresaron por el oído izquierdo, le quedaron como un eco por muchos días; hasta cuándo en medio de una partida de cartas, decidió contarlo cuando ya alcanzaba el medio siglo de edad.
Su madre le había dicho aquel día:

— Qué golpe ni que ná tu deliras con ese mondongo, no te diste cuenta de que estaba era lavando el lienzo de la cama de tijera de tu abuela, que ya olía mucho a berrenchín, me tocó hervirlo darle golpes y hasta restregarle hojas de guayaba.
En la cocina te deje «un peor es nada» búscalo, está tapado con el caldero de hacer el arroz de cerdo–.

Caminando como alguien que recibe una noticia desastrosa llegó a la cocina levantó el caldero de hacer el arroz con cerdo. Encontró lo mismo de la mañana, pero en una presentación muy triste. Las dos arepas se veían marchitas con la piel desinflada, frías y el café con leche con una nata espesa que parecía una tapa que protegía el contenido.
Solo logro expresar entre dientes.

— Cerraré los ojos y creeré que es un pedazo de panza. —

Al primer mordisco, eructó y sus fosas nasales olfatearon, el mismo olor pestilente del mondongo.

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