Ubaldo Roa Rangel, el acrodeón de los buses

Por: Walter Pimienta

*Para un ciego, el color no significa nada…la música sí…

La exacta hora del mediodía, era su hora preferida. A esa hora, la gente salía del trabajo, de sus oficinas, de sus talleres, de sus fábricas, de sus empresas y, los estudiantes, en algarabía, de sus colegios; todos, unos y otros, de regreso a sus casas en la licencia del almuerzo. La ciudad, por sus cuatro costados cardinales, olía a sancocho: un aviso de carne guisada, frita o asada, o a mondongo bien caliente salía de las cocinas amigas y de los restaurantes.

La gente “almorzaba corriendo” –sería mejor decir, apurada, a las volandas- y el tiempo les correteaba para volver a sus labores previa una siesta de quince o veinte minutos no más.

…Y en ese agite urbano, en ese corre-corre, la última vez que le vi fue un viernes de un lejano mayo, cuando el sol asesinaba la urbe. Llevaba puesto un sombrero barato, la misma ropa de siempre: camisa y pantalón de grueso caqui y abarcas. Era moreno, de mediana estatura, grueso de contextura, de pelo corto y negro aplastado sobre su cabeza…y de voz fuerte, acompasada y triste al compás de su llorosa acordeón…El era el acordeón del mediodía; su lamento se lo llevaba el viento…Más que con los dedos, tocaba con el corazón. Se enfadaba el día cuando él no tocaba….Y era habitual que a esa hora, por ley de repetición y de ensayo, Ubaldo Roa Rangel, sin equivocarse, al tomara uno de los buses de la ruta “Delicias Olaya” y haciéndose en el puesto que alguno solidario le otorgaba, a punto de llanto, estaba con su usual canción, tocada y así cantada:

“Hoy que soy un pobre ciego

Que necesito clemencia

Hoy que soy un pobre ciego

Todo el mundo me desprecia

Hoy todas mi amistades

Todos huyen de mí

Como no tengo riqueza

Ahora que estoy en la pobreza

En la ruina me quedé…

La esposa mía,

También de mí se burló

Al verme ciego,

Con otro ella se marchó…

Su voz, de garganta noble, salía por las ventanillas del vehículo y la gente, en la calle, volteaba a mirar; era un canto detenido en el aire en medio de la verdad de un profundo y callado silencio; era un canto llanto que erizaba la piel y que no anestesiaba la desdicha de aquel hombre que no sé por qué cosas de Dios, nació ciego y que vuelto músico de la calle, así reclamaba a la vida una ayuda…con su acordeón de a centavos…

…Y yo, pasajero de la vida, iba ahí, en el mismo bus en que el ciego de la concertina cantaba a su desgracia, a su adversidad, a su infortunio, a su desventura sacudiendo sentimientos a cambio de monedas que los pasajeros, antes de bajarse del bus, exprimían de sus bolsillos…En tanto su acordeón, con aliento vital en su fuelle, compañera fiel de su destino, doliente de bajos y pitos, como negándose a poner fin a la misma pieza, mecía con notas nostálgicas el baile de un vals que en ese momento era el colectivo…

…Y entonces me digo: No puedo creer oh Dios que este hombre no sepa más que cantar de dolor a su destino en la oscuridad de sus ojos… Mientras en las casas hay almuerzo caliente y un lugar para ti en cada bendición al pan. Ayúdele señor, escucha su fatalidad…Tú que todo lo puedes, Señor, ¡Sálvalo!

Desnudo de alma, el ciego que tocaba y cantaba en los buses de “Delicias Olaya”, hacía ripios su congoja cuando decía que necesitaba clemencia y que su única libertad verdadera, como la de todos, era esperar la muerte…

El dolor pegaba duro cuando el ciego que tocaba su acordeón y cantaba en los buses de “Delicias Olaya”, hacía de su arte, a esa hora, una inofensiva distracción de carácter urbano desentrañando una historia contada en tono musical conmovedor, quizá para el alivio de su pena humana…Súplica de su suplica…

…Esa era la hora de la más dramática y sobrecogedora existencia para Ubaldo Roa Rangel, capaz de hacer llorar a las piedras. Por lo demás, acabada la canción, discreto y silencioso como un apóstol, daba las gracias a Dios viendo con los ojos del alma, que es la mejor forma de ver la moneda de la caridad en su mano dejando a salvo el resto del día…

Quisiera ahora cambiar de recuerdos y en este agite urbano que sigue siendo la pandémica ciudad de ahora, contrariando el pensamiento, cuando es mediodía y me siento a almorzar a la mesa, me acuerdo del ciego que tocaba su acordeón y cantaba, en los buses de “Delicias Olaya”, canciones a su penumbra…Y me conturbo de nuevo apartando la alquimia de mi sopa…la última vez que le vi fue un lejano viernes de mayo…¿Se habrá muerto?…

Doy vuelta al pensamiento y ahí, como ayer, está esta canción…

“Hoy que soy un pobre ciego

Que necesito clemencia

Hoy que soy un pobre ciego

Todo el mundo me desprecia

Hoy todas mi amistades

Todos huyen de mí

Como no tengo riqueza

Ahora que estoy en la pobreza

En la ruina me quedé…

La esposa mía,

También de mí se burló

Al verme ciego,

Con otro ella se marchó…

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