Dos pasajes, una historia

Por: Guillermo Luis Nieto Molina

Caminaba prevenido por el centro de la ciudad. No era partidario de trasladarse al transitado y bullenguero lugar;de mal genio le tocó. Una de las patas de la montura de las gafas se había partido. Juan Ustaris estaba sin dinero llevaba en sus bolsillos estrictos, los pasajes de ida y vuelta. Abordaría a su amigo de infancia José Luis Rodríguez para solicitarte el favor en nombre de su larga amistad que le solucionara su inconveniente con la montura. José Luis Rodríguez tenía en plena acera de la cra 43 con calle 33 una óptica ambulante. Precios especiales para obreros y personas de clase media. Los precios eran el atractivo en su óptica, la cual consistía de una vitrina de un metro de largo por uno cincuenta de alto donde exhibía monturas y gafas recetadas listas para ser entregada a los miopes clientes.

Frente a la vitrina un motor de lavadora adaptado con piedras de pulir en la cual se moldea el lente, según el tamaño de la montura, arriba un balde de cinco litros que antes de ser utilizado como dispensador de agua fue un envase de helados a granel, en la parte inferior un catéter adaptado al balde, el cual termina justo donde la piedra moldea el vidrio del lente; controlado por la llave reguladora gota a gota del equipo de venoclisis. Entrelazados por la fricción de la piedra y el equilibrio del agua el talco de los lentes eran moldeados para vivir una nueva vida ,alumbrando la vida a través de nuevas miradas.

— ¿Ajá Juancho que te trae por aquí? Dijo José Luis Rodríguez.

— Mi hermano mira, se partió la «pata»de la montura,¡ imagínate, yo sin plata !dijo Juan Ustaris.

José Luis Rodríguez tomó la montura en sus manos agarró un diminuto destornillador y soltó la «pata» partida. Del último peldaño de la vitrina donde mostraba su mercancía, sacó una bolsa llena de «patas» y con una agilidad asombrosa en medio de la telaraña de «patas» de diferentes colores de monturas rescató de la red un par de patas brillantes como el oro

–¡Estas son! dijo .

Juan Ustaris sin gafas trataba de adivinar los rostros que recorrían la transitada acera.pensó

» Así se ve la vida, como es de verdad, sin la iluminación de un lente»

La diligencia se atrasó más de lo esperado, llegaba un cliente con la fórmula en la mano, llegaba otro con un lente fuera de su prisión, todos con la mirada extraña de aquel que quiere ver lo soñado y no lo logra.
Habían transcurrido más de veinte minutos José Luis Rodríguez atendía con solicitud a sus clientes, les resolvía su pena y como certificado de su trabajo les acercaba un texto de letras diminutas y les decía en voz confiada con temple de esperanza.

— Lea aquí en voz alta–

Después del cliente leer, un espejo frente a sus ojos agregándole en tono jovial:

–Mire, que bien le quedó, se ve más joven y ahora su vista es de joven.
En un instante desocupado tomó nuevamente las gafas de su amigo, acomodo las patas que había encontrado en la red enredada de su bolsa de patas de segunda, las patas se veían más brillantes se les notaba feliz de volver al brillo de la vida, estar acinadas en una bolsa no hacía parte de su esencia;se sentían libres de ser útiles nuevamente.

Juan Ustaris desesperaba en la espera,el lento movimiento de su amigo en el estrecho espacio del local ambulante, lo mantenía en vilo con de sus ojos inundados de penumbra, adivinando la posición de las patas que serían colocada a la montura de sus lentes, pensaba: «¿ Esa será la izquierda o la derecha?

En un movimiento circular el destornillador diminuto no lograba apretar la bisagra de las patas al sostén de la montura. Varias veces José Luis Rodríguez lo intentó sin lograr lo deseado.

–Ya vengo voy a comprar unos tornillos más gruesos– dijo José Luis Rodríguez.

Juan Ustaris se quitó la gorra se rascó el parietal derecho de su cabeza lo sintió distinto; ya no era tan poblado,el desierto de la calvicie lo había invadido. Ahora más preocupado pensó» nojoda ahora sí se complicó esta vaina yo solo tengo la plata del bus para regresarme quien sabe cuánto costaran esos tornillos y quién carajos sabrán donde los venden, es un misterio que solo lo conocen los arregla montura, igual que los llanteros que parchan las llantas solo ellos saben dónde venden las tarrajas y parches.» Sintió el ardor de su uretra, desde que salió de su casa sentía ganas de orinar la espera y la insertidumbre habían aumentado sus deseos de evacuar.
Aumentó la preocupación pensó: » mierda! Nojoda y ahora con ganas de mear? Eché estoy es salao, la meada aquí a la vuelta en el centro comercial vale quinientos pesos, ¡si voy a mear me toca irme a pie ! a José le voy a tirar un penalti para que me fie, toca es aguantar aunque tenga sed,de mear y de tomar agua.»

José Luis Rodríguez regresó con los tornillos entre sus labios tomó el del lado derecho y lo ensambló sin problema, el izquierdo demoró un poco más;llegaban personas con fórmulas, con talcos de reloj para ensamblar, y el se ocupaba en ellos,las cifras cobradas no sobrepasaban los diez mil pesos.

Juan Ustaris recordó que pensar en escenas de amor distraían las ganas de orinar cerró los ojos y se escapó por escenas vividas en su juventud. Sintió una voz lejana que lo rescató de sus pensamientos pecaminosos

— ¡Listo juancho!, Cambié las dos,con tornillos más gruesos y más longitud en el largo de las patas midételas–Dijo José Luis Rodríguez; entregando la montura,le acercó el espejo Juan Ustaris se miró y se notó más joven.
Al colocarse de pie sintió más fuerte el peso del orin en su vejiga.

Preguntó:
–¿Qué te debo José?

José Luis Rodríguez lo miró de pie a cabeza, notó un desespero indescifrable en sus ojos, ahora por el aumento de sus lentes se veían más grandes, como quien recibe o va a recibir una mala noticia,contestó.

— Fresco Juancho, es cortesía de la casa.

Juan Ustaris sintió una brisa fresca correr en su pecho, le dió un fuerte apretón de mano detuvo la ruta del bus que justamente pasaba por el frente del local «óptica el porvenir en la acera de una nueva visión era su lema.» Leyó al abordar el bus.
Llegó a su, casa raudo al baño, cuando orinaba se percató que su orín no hacía espuma eran como corazones los que agradecidos circulaban en el retrete, allí se iluminó su pensamiento y como un quien descubre lo presentido exclamó:

— Nojoda y uno se queja,jodidos están los que no mean, gracias a Dios el chófer del bus como que se venía meando, llegué rapidito,yo sé, se le veía en la cara las mismas ganas que yo traía.–

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