Edenny Mora Gil

Reynaldo Mora Mora

Por: Reynaldo Mora Mora, Para “TRIBUNA PEDAGOGICA”

Edenny Mora Gil (4 de noviembre: 1941- 2017: 7 de abril) fue una maestra de una naturaleza innata, tranquilizadora en sí misma con miras a llegar al acto de formar-enseñar plausiblemente. Lo que ocurrió en su vida durante los primeros meses de ese 2017, hasta el 7 de abril, es lo que nos hace esta vuelta hacia ese pasado doloroso. Ella, no debió llegar a Cartagena, debió morir, donde fue su larga vida como educadora: El Banco, Mag., al lado de esa otra gran maestra del Caribe, Delfia Ramírez de Vilardy. Cartagena fue su desgracia. El Banco, fue su llegada a ese puerto a la promesera edad de 16 años, por ello debió ser su partida al más allá, y no morir con inmensas penas donde falleció. Nos duele no haber podido leer su Diario, de su día a día vividos, en especial, de esos tres primeros meses de ese fatídico año. Desapareció como por encanto: ¿Cuántos sentidos de su existir hubiésemos podido habernos enterado? ¿Cuántos sufrimientos quedaron allí plasmados de los últimos meses de 2016 y los inicios de 2017? ¿Cuántas cosas ocultas desaparecieron? Nos pesa no haber rescatado ese Diario. Allí estaban sus alegrías, sus visiones sobre mis hijos, César Alejandro y Sofía Alejandra, quienes además de tía, ellos la consideraban considerados como su otra abuela, allí estaban sus miedos, sus temores y su persistente invocación al Dios de la vida y a la Virgen del Carmen por mi salud y protección. Fue mi segunda Madre.

Lo ocurrido fue la desnudez absoluta de haberla dejado ir a esa ciudad, porque, “Mujeres-maestras como ella, no deben morir”. Todo esto, inmediatamente confundió la naturaleza de mi familiaridad, que se ha acentuado con su dolorosa partida, y luego con la de nuestra tía Myriam (enero de 2021). Hoy, a cuatro años de su infausta noticia, antes y después de su muerte he encumbrado su rol cimero de educadora, y el rol que desempeñó como mi segunda madre. Ya no me queda esa verdadera figura. En ella estaba el origen y destino de mi cordón umbilical familiar. Esta noción es, en efecto, capital para entender las tramas familiares. Ella, también como mi madre, eran para la serenidad y tranquilidad que me ofrecían. Ya solo queda la sombra de la terrible noche. Hoy, todo es sombrío y profundo, porque ella daba fuerza a las situaciones existenciales de mi vida. Un siete de abril de 2017 fue elevada al Cielo, donde definitivamente nos seguirá dando su bendición. Esta ascensión, quizás fue el descanso para algunos, pero, nuestra tía Edenny, seguirá siendo ese símbolo solícito de la familia, el símbolo de una educadora comprometida con el formar: yo soy su obra. Por más que no quisiéramos recordar ese fatídico día, nos queda el retrato de un ser bueno y noble que fue. Nuestro recordar imaginario será para siempre verla, ahora reunida con sus más caros familiares, es la imagen de consuelo que solicitan nuestros corazones. Ese siete, nuestra tía fue transportada a la naturaleza verdadera: la Divina.

¿Qué relación existe entre lo que acabamos de decir con nuestro existir? Hoy, recordamos su memoria, su largo caminar de ayuda ingente para gran parte de sus hermanos y sobrinos. Es lo desolador de la ingratitud humana, y al recordarla diremos más bien, que esa ingratitud la llevó al sepulcro. Atribuyo este estado por sus quejas sentidas de esos últimos meses de su existir, que de seguro quedaron figuradas en su Diario, perdido. Es la calamidad humana. Es la indignación. Su dignidad fue asaltada. Su vida de santuario fue violentada. Nuestra tía fue aflicción en esos primeros meses de 2017. No obstante, como su hijo, que siempre ella me hizo sentir, imploro piedad a Dios por sus solicitudes que ella en vida demandaba en sus oraciones. Era su aspecto ético-moral y religioso, que en esta distancia con la eternidad debemos valorar. En líneas generales tengo hoy la impresión de la toma de conciencia de un hecho tan antiguo, como es la muerte de nuestros seres más queridos: esto provoca cambios de actitudes, reflexiones y dolencias en nuestros espíritus. Estos desenlaces, son laboratorios de catarsis en nuestras vidas, es el abandono y el reconocimiento de que quedamos solos, y es nuestro deber cuidarnos, y esto nos duele con harta mayor indignación por la manera como partió nuestra tía. Su partida dolorosa estuvo mancillada de todo lo que ella significaba y significa, por lo menos para mí, y, porque, sobre todo, yo era su atenta atención. Ella afirmaba la cohesión con el resto de la familia. Con su partida, toda esa familiaridad se ha ido diluyendo en la duración de nuestras vidas, en sus sentimientos y en lo que para la tía Edenny significaban esos lazos. Reconozcámoslo: Ella fue todo eso. Ella seguirá siendo la mejor muestra de la ayuda solícita para con la familia. Ella fue palabra de sentido: crédula y con una fe imborrable, porque los datos de su existir así lo atestiguan. Como una Hija de Dios, fue sensible a ser generosa en la ayuda al prójimo. Su palabra y su acción constituyen en sí misma objetos de estudio para la Historia de la Educación en la región Caribe, es decir, vale estudiarla desde sus procesos de formación cuando inicia en la Normal de Ciénaga de Oro (Córdoba) hasta hacerse licenciada en ciencias sociales.

Es nuestra muestra de agradecimiento y de actitud pedagógica con esta gran predecesora. Su vida y su obra van a hablarme permanentemente, tal como la veía en ese fuerte acompañamiento que hizo en mi vida. Ella, ya expresa conocimiento y una comunicación con Dios, en ese estar de donde no se vuelve, para disponer la vigilancia y cuido para quien pretenda hacernos daño. Desde allá, ella, mi madre, mis tías Cristina, Myriam, Ernecilda, Pabla, nuestra abuela Delia y nuestros tíos Segundo, Juan, Nicéforo, Gil han concentrado todas sus almas en ese lugar santo para esa protección. Tal cuestión nos lleva a preguntarnos sobre ese grado de inseparabilidad de nuestros muertos con nosotros.  La sobria ejecución de su vida coloreada tan naturalmente en su quehacer: sus obras son la expresión más verdadera de su andar, fue la inspiración por ayudar, su realización, su estilo, provocado por ese diálogo del amor al prójimo donde se refleja el amor por el Divino Dios. Esto dominó siempre su vida. Es lo que hoy nos invita a recordarla, tal como se nos representó a fuerza de que fuésemos “alguien en la vida”. Era su llamado. Su vida fue un encadenamiento de estar atenta a sus más allegados, de acompañar, como lo hizo siempre en sus muchos años de permanencia en El Banco (Mag.) con sus familiares. Todo ello se convirtió en los acontecimientos de su vida, como una concentración de moral religiosa en su férrea personalidad. Ella fue acercamiento a la vida de su familia, fue su largo grito de, “estudien”, que se proyectó en múltiples fragmentos en más de un sobrino suyo. Para nuestro caso, ello excitó nuestra fe por el estudio, conmocionando nuestras fuerzas en esa procura. Nuestra tía Edenny supo elaborar todo un repertorio de formas de actitudes, toda una paleta de colores que se afirmaban, hasta cuando, por ejemplo, nos hicimos bachilleres o profesionales.

Ello revela una inclinación suya hacia la educación, porque solo ella nos libera del analfabetismo integral de una vida indigna. Nuestra tía se constituía en una movilizadora de nuestras emociones en ser cada día más a través del estudio. En todo momento ella apunta a este fuerte deseo con su ayuda. Estos son trazos de su invaluable vida de acción, lo que invita a perpetuar su memoria en nosotros, provocando y amplificando para nuestros hijos y nietos este caro ejemplo de virtudes. Captamos entonces cada paso de su vida, que quedaron plasmados en su Diario, apenas imperceptibles para las nuevas generaciones de la familia, pero, para nosotros, es la familiaridad con este gran ser humano, como esa persona que en vida alegraba el teatro de nuestras vidas con su llegada con regalos a pasar vacaciones a nuestro pueblo (Las Conchitas), o, en las épocas de vacaciones escolares con los primos de Barranquilla. Ella fue franqueza, fue el lugar favorable para la promoción del deseo del estudio. Fue la realidad del acercamiento de nuestras vidas hacia ese propósito. Allí estriba la gran exaltación que hoy a cuatro años de su partida hago de su vida. Su inclinación a exasperar en nosotros el amor por “ser alguien en la vida”, fue su acontecimiento hasta su final doloroso. Fue su narrativa, que tornaba toda su vida. Atrás quedan los sin sabores, que nos duelen, por lo que fueron sus últimos dos años, en ese lugar a donde nunca debió ir.

Este es el retrato de su vida meritoria, de su poderosa corriente de piedad y sensibilidad por ayudar a sus familiares. Su vida está llena de historia de amor filial. Y, la más hermosa: fue su entrega hacia mí, que fui su hijo.

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