Por Walter Pimienta: “LA MUJER DEL LAUD” 

Haz que las palabras sean arte y no dolor.

Una réplica de “la mujer del laúd” vive en casa de Manuela, colgada de un cuadro en la pared de su sala. La pintó Gentileschi Artemisia en 1609; es un óleo sobre lienzo. La original está en el Museo Galería Spada (Roma)… La de Manuela, y no sé si la otra, tiene cara de soñadora, por lo de su mirada perdida, aunque esta, no obstante ser un cuadro, sabe perfectamente bien que es lo que ve… 

“La mujer  del  laúd”,  de la  casa  de  Manuela, tiene  la  virtud de salirse del cuadro y  con  los buenos  vientos de  marzo  que  agitan  su  fino  faldón,  encaminándose primero al  patio, visita por  las mañas las  flores del  jardín y, de regreso,  abriendo las  ventanas,  airea y  baña de  luz  cada  cuarto dándole a estos un  ambiente de calculada  calma,  y repara  luego en  todos  los objetos familiar y  así no pasar en la inadvertencia de que estos tengan  “una  gota de  polvo”; mientras a  su  paso va dejando caer en  el  piso, de  un icónico y casi inadvertido frasco de fino vidrio egipcio, la exuberante fragancia de  un “Classique” francés que  lo  aromatiza  todo… 

El piso de la casa de Manuela es de cemento pulido, pero brilla tanto o más que si fuese hecho de baldosas y, a punta de concentrada trementina, no se le conocen máculas. Este es el escenario de museo silencioso donde vive “la mujer del laúd” que cuelga de un cuadro en una pared de la sala del caserón de Manuela. 

Cuando “la  mujer  del  laúd”, cada  amanecer hace  esto,  sin  cara  de  cansancio ni de  molestia,  mágicamente vuelve a  su  cuadro en  función de ser el  bonito  adorno de siempre…Y, allí, estando  la  puerta principal ligeramente entre abierta,  con  el instrumento  en  las  manos,  se le  ve no  haciendo música, música  que  no se escucha pero  que  se  presagia oculta en  sus dedos y  encerrada en  su  vieja  vihuela de cuerdas de  oro que, al decir de  la  gente, solamente toca para aplacar borrascas y huracanes. 

Los visitantes a la casa de Manuela, al pasar por delante del cuadro de “la mujer del laúd”, hacen a esta un gesto reverencial pues de no hacerlo, ella, al despistado y olvidadizo invitado, le niega para siempre la musa de sus favores y las gracias de la dicha… 
Se sabe que, a petición de su alcurnia, “la mujer del laúd”, exige a Manuela que sus camas tengan cubiertas blancas y sobre ellas cojines de azul satinado. Así como las fotos de todos sus familiares, vivos o muertos, han de ser color sepia que es el color del recuerdo y la nostalgia…y colocados en la pared por orden de jerárquica edad… 

El tiempo en la vieja casona de techo de palma, propiedad de Manuela, está detenido en la foto de matrimonio de esta, gallarda y altiva, portando entre manos un ramo de flores vestida toda ella de blanco tul de novia, Mientras Rafael, de saco oscuro y pañuelito asomando la punta en el bolsillo, completa el clásico cuadro de los novios del ayer que luego se convirtieran en los padres, los abuelos y bisabuelos de hoy ya muertos… 

“La mujer del laúd” de la casa de Manuela, desde su sitio, todo lo observa con recato. Por 412 años no ha perdido su prudencia de dama sin contar a otras el milagro de no tener canas ni una arruga en la frente…Y así, mantiene su aspecto de señora bien porque nunca se le ha visto acompañada y si acaso presume estar en la espera de un visitante, sumergida en el silencio eterno de su vihuela, al paso inexorable del tiempo, repara en la vitrina las copas vacías de los vinos y los placeres idos… 

Yo creo que “la mujer del laúd”, que no llegó a la casa de Manuela siendo niña ni joven sino una “mujer” de edad detenida, siente hoy en esta, las voces de los que ya no están recuperando el acento y el eco del viejo Rafa con su determinante vozarrón de ¡Zape! Para echar el perro.  O solazándose en la visión presente de Manuela en el cielo bordándole una blusa de rosas tenues para el eterno y discreto encanto de sus pronunciados pechos… 

Yo miro a “la mujer del laúd” del caserón de Manuela y me transporto a otro tiempo y creo que me sonríe con su sonrisa de arcano, indescifrable y oculta, renovándose en su envejecimiento sobreviviente de nostalgias y de emociones en extinción… 

Las hijas de Majuela, sintiendo  en “la  mujer del laúd” la presencia  de una tatarabuela, descuelgan el cuadro, lo limpian amorosamente con una bayeta y se quedan mirándolo sintiendo en el alma los  arpegios de su vihuela y, llevadas por un concierto que  solo ellas escuchan, tal  que si recorrieran caminos olvidados,  musitan algo,  como  un  saludo, y suspirando en nota de “do” sostenido, pagan por el momento una cuota de lágrimas que salidas del corazón, corren por sus mejillas, serenas lágrimas que al despertar de lo que les parece un sueño, en el silencio umbrío de la casona les  dice que  ya Manuela  no  está y de nuevo, en la pared colgada, memoriosa y cargada de años, sigue por siempre la dimensión de un enigma casero llamado “la mujer  del  laúd”… 

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