NO TE QUEDES CALLADA, HAZLO PÚBLICO Por: Ana Isabel Llinás Velásquez

El acoso sexual en lugares públicos hacia las mujeres constituye una práctica cotidiana en diversas partes del mundo. Las formas que adopta son muy variadas, desde las ofensas verbales, el acoso físico, hasta el exhibicionismo, así como los interlocutores a los que se dirige: mujeres, niños, homosexuales entre otros.

En varios lugares del mundo, existen legislaciones que sancionan el hostigamiento en lugares públicos, las mismas que no han alcanzado su erradicación. En nuestro país, la presencia del acoso sexual en lugares públicos es casi habitual y naturalizada por quienes piensan que su accionar no lastima a nadie. Con este accionar las mujeres van perdiendo el derecho al disfrute y a la apropiación del espacio público. Una frase ofensiva, una mirada lasciva o un toqueteo sexual, son experiencias de todos los días cuando se trata de trasladarse a la escuela, al trabajo o cualquier otro lugar, los cuales se convierten en escenarios neutrales que niega el libre tránsito y el derecho a la integridad física y moral. Sin embargo, el acoso sexual en lugares públicos es un componente invisible de las interacciones cotidianas, que afecta las vidas de muchas mujeres, pero del que se habla muy poco.

La brevedad de su duración, así como la forma velada en la que muchas veces se presenta, disfrazándose de halagos, susurrándose al oído o confundiéndose en la multitud, lo hacen aparentemente intangible. No obstante, a pesar de la presencia tan extendida de esta práctica en diversos lugares del mundo, sabemos muy poco acerca de ella, no sabemos si adopta las mismas formas en todos los lugares, ni qué diferencias existen entre ellas y qué las provoca, así como la gravedad de sus efectos en la vida de las mujeres que lo experimentan, pues ha sido un fenómeno que, dentro del ámbito del acoso sexual, ha recibido muy poca atención.

Las escasas pruebas de su existencia se basan en testimonios recogidos por la creación de foros o denuncias en algunas páginas de internet, por la presencia de algunas asociaciones ciudadanas que le han prestado interés y por la aparición de leyes que en algunos países lo castigan.

Las mujeres no pueden ir tranquilas por la vía pública, sin esperar que un hombre desconocido silbe, mire o hable obscenamente o llegue incluso a tocar. Tener que ir solas a los lugares, supone un riesgo a que la intimidad de las mujeres sea violada, el espacio personal sea invadido y la autoestima y sensación de seguridad se vean afectadas. Además, los hombres que acosan no aprehenden ni son castigados, las mujeres no son apoyadas y los daños causados no son pagados.

Es una realidad socialmente obviada o incluso aceptada, sobre la cual la ley no actúa y las deja totalmente indefensas. No obstante, la creencia de que el uso del piropo hacia la mujer es una manera inofensiva de elogiar.

A nivel político y social, el acoso callejero no es concebido, aún, como otra manera más de violencia simbólica hacia la mujer. Afortunadamente, están surgiendo muchos movimientos dispuestos a hacer frente a esta problemática que ataca plenamente al derecho que sentirnos seguras en nuestras calles y que afecta a nuestra calidad de vida.

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