INOCENCIA PERDIDA: Por ERWIN LECHUGA

Erwin Lechuga

En la antesala de la copa mundial de fútbol del año 2018 a celebrarse en Rusia, mientras el periodismo nacional e internacional hacían un despliegue informativo entorno al evento deportivo que concentraba la atención de miles de millones de personas en el mundo, algunos medios de comunicación en el país citaban una noticia espeluznante.

Colombia, según un informe publicado por la organización internacional no gubernamental SAVE THE CHILDREN, luego de un estudio entre los años 2015-2017, daba cuenta que el país ocupaba el tercer puesto en el mundo donde más se asesinaban infantes.

La noticia pasó casi inadvertida, mientras la atención de los colombianos se centraba en la selección de fútbol que participaba en el evento, una situación de amplia trascendencia y de repudio social, había sido invisibilizada por millones en Colombia, mientras el amor patrio se desbordaba por una camiseta amarilla.

El mundial terminó, la selección colombiana no se alzó con la copa, y el espiral de violencia ceñido al mundo de los niños continuó, y  ha continuado, al interior de una sociedad que se indigna cada vez que los medios exponen un caso aberrante de muerte y abuso sexual donde ha sido victima un infante, para luego olvidarlo,  archivarlo, hasta convertirlo en una estadística más.

Esta violencia absurda en contra de los niños, es una realidad soterrada en los hogares colombianos. A pesar de las investigaciones, las noticias de los medios, las acciones por parte del Estado para repeler la violencia en contra de la población infantil, se advierte una degradación social del tejido humano por parte de los adultos, quienes descargan en seres indefensos  toda sus frustraciones, miedos y vejámenes de manera miserable.

Pero tampoco es que el mundo del crimen obvie a los niños; según informe del INSTITUTO DE MEDICINA LEGAL de febrero de 2020, entre enero y septiembre del 2019 se reportaron 1.582 menores desaparecidos, de los cuales el 91 % tienen menos de 10 años. Una cifra alarmante que en Colombia les afecta solo a las familias que experimentan el dolor de una violencia despreciable, pero de la cual muchos se apegan para sacar réditos políticos cada vez que se acuerdan.

La infancia es una etapa preciosa, que debe ser atesorada por todos los adultos en lo que a protección se refiere, en ella se concentra la edificación de los hombres y mujeres del mañana, pisotear y destruir la inocencia de aquellos quienes comienzan a vivir, es un acto inhumano y despiadado que merece no solo el repudio momentáneo como al que está acostumbrado el colombiano, sino que debe ser algo grabado en nuestra conciencia colectiva. Proteger la vida e integridad de nuestros niños no es una obligación, es un deber como humanos.

En honor a ti Sara Sofía, y a todos los niños y niñas quienes son hoy una estadística más, a esos que dejaron un vacío inmenso en la vida de sus familiares y amigos. Que encuentren en el cielo, la paz y el amor que un día este mundo les negó.

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