Por Emerson Grajales Usma: Opinar con la sombra de la parca

A inicios de la década del dos mil, me inicié como columnista del entonces diario regional El Tiempo-Café desde la ciudad de Pereira. Fue todo un privilegio, pues el editor era Francisco Arias; una joven promesa del periodismo quien me albergó mis escritos. Conjuntamente escribía para el diario liberal La Tarde de Pereira de propiedad del santandereano Alejandro Galvis. Allí trabajé previamente como periodista.

Mis columnas, como siempre, fueron contundentes. Yo me opuse a los diálogos regionales con los grupos al margen de la ley; propuesta que salió desde la Casa de Nariño por el entonces presidente Andrés Pastrana. A raíz de mis editoriales, fui víctima de varias amenazas, a las que le hice caso omiso. Ya avanzados unos meses, llegó el primer gobierno de Álvaro Uribe. Yo consideré que aquellas amenazas, eran parte del pasado.

El 20 de septiembre del 2003, una granada de fragmentación fue lanzada contra mi residencia en la ciudad de Pereira, que logró irrumpir el cómplice silencio de la noche de aquel amanecer del 21 de septiembre, precisamente a la habitación que yo ocuparía esa fatal noche, con tan mala suerte para mi hermano el mayor de todos, que se llevó la parte más trágica y falleció inocentemente cuando se intentó su traslado a una clínica de la capital de Risaralda. Mi Madre que compartía habitación, logró sobrevivir al vil ataque terrorista. El presidente Uribe, le dio instrucciones al general Santoyo, para que se apersonara de mi caso. Mi Madre, hoy fallecida, y el suscrito, salimos de Pereira, donde sucedieron los hechos a un lugar desconocido y la ayuda humanitaria, ordenada por el presidente Uribe; no se hizo esperar. Varios meses recibimos apoyo del gobierno Nacional.

Ya avanzaban algunos meses de la década del 2004 y me había adentrado en el confuso mundo de la vida política en la Capital de la República. Pues ya había pasado mi fiebre por el periodismo, profesión que ejercí en la ciudad de Pereira y Manizales desde el año 1989.

Llegué al Congreso de la República, como funcionario público, al lado de los grandes varones electorales del Partido Conservador como Fabio Valencia Cossio; Carlos Holguín Sardi y Rodrigo Marín Bernal; todos del ala alvarista. Yo ya conocía personalmente al presidente Uribe desde su candidatura en el 2001, gracias a la senadora Liberal María Isabel Mejía. Un prohombre con capacidades inversamente proporcionales a su estatura. Ahí me quedé; a su lado.

De él he aprendido que el amor por el país no puede tener limitantes y menos temores si queremos pasar de las palabras a la praxis. Al nuestro, tenemos que blindarlo de las dictaduras ya conocidas en otros países e incluso con alto grado de peligrosidad hasta en los vecindarios.

En adelante, he conjugado a la perfección mi vida en lo público, sector que me apasiona, con la noble actividad de opinar. Tarea que llevo en la sangre como herencia de mi progenitor.

Nunca he podido utilizar el teclado de un computador para servir a través de mis escritos, de adulador de nada ni de nadie. Escribo de acuerdo a las circunstancias del diario acontecer.

Me duele por encima de todo, mi país, por el que me ha costado hasta salir “corriendo”· por decir la verdad. Y le he tomado más cariño cuando veo lo que sucede en Cuba; en Bolivia y ahora en Venezuela. Y en muchos otros paises de América Latina, donde se han asentado simulados líderes que han enarbolado banderas de la democracia que luego se han desvanecido y hoy son unas dictaduras atornilladas en el poder y asolapados en esfuerzos por lo social mientras expropian grandes empresas privadas y comprometen las propias riquezas de la Nación con insospechados gobiernos internacionales.

A eso, es lo que no podemos permitir, que quienes hoy dicen ser los adalid de la democracia; lleguen al poder. A eso es a lo que se opone el expresidente de Colombia Álvaro Uribe Vélez y en lo que lo secundo sin que necesariamente tenga yo que exhibir una credencial como Congresista, Diputado o Concejal. La libertad, la misma que por estos días de amenazas me es esquiva; es por la que tenemos que luchar para que el nuestro sea un país donde quepamos todos pero cobijados con una misma bandera; la de la democracia.

Por estos días Gustavo Petro, el mismo de la Colombia Inhumana, ha venido mostrando sus colmillos de lo que realmente quiere para Colombia. Hasta el punto de decir que quienes conformaron la agrupación criminal y terrorista del M-19; son unos angelitos cuando cada uno de sus integrantes fueron malandros, sicarios a sueldo, jóvenes que fueron reclutados para sus filas, en su gran mayoría en las desoladas calles de Yumbo en el Valle del Cauca. No fueron ningunos intelectuales rebeldes, fueron, como puntualmente los llamó Vicky Davila; unos hampones.

A Petro, el otrora malandrín del Palacio Lievano, lo han acompañado personajillos de dudosa ortografía como un tal Gustavo Bolívar, todo un maestro en la apología al delito; u otro no menos importante en el mundo criminal como Iván Cepeda. Este último, con un gran prontuario emocional. Pues su pasión por la vida belicosa la trae en la sangre. Por este sujeto, cuya anterior columna me ha costado otra reciente amenaza contra mi integridad física, me jugaré todo por el país, acosta de liberarlo del asentamiento de criminales en el poder, así me cueste la llegada indeseable de la parca.

Asesor y Consultor
Twitter: @Grajalesluise

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