Makeda sicarú

Guillermo Luis Nieto Molina

Por: Guillermo Luis Nieto Molina

Convertida en una piltrafa humana se la encontró tres años después.

El mal olor la envolvía, su cuerpo esquelético no armonizada con su gracia de los los mil y tantos días anteriores.

Sus ojos trataban de brillar, entre la pena, la angustia y el desespero.

El día que él la conoció, quedó impactado.

Trabajaba ella, para una gran empresa de seguros, cuya imagen era un tigre y su slogans «Somos unos tigres en protección» ella era la tigresa de la manada de vendedoras.

Bellísima, piel canela, ojos miel, cabellera rizada hasta los hombros; caderas sincronizadas a su derriere y movimientos. De sonrisa refrescante, y de un aroma que dejaba al pasar y se sentía descender del décimo piso, como un regalo de Dios por el ascensor del edificio dónde laboraba.
Al salir a la calle del congestionado centro de la ciudad era tal la energía que la acompañaba que parecía verse alumbrada por una lámpara led, de las utilizadas en los grandes conciertos de artistas famosos.

Ella no tenía necesidad de esforzarse en atravesar la avenida, los conductores detenían los vehículos y la invitaban a pasar la calle, quedaban hipnotizados por cada paso, por la mirada pícara y a la vez ingenua de la bellísima dama.

El día que la conoció William Grandchild, tembló de pies a cabeza. Perdió el aire y con una voz disonante áspera y ruda, le preguntó:

— ¿Para dónde vas hermosa reina?

Ella lo miró, buscando la respuesta precisa para salir del paso le contestó rápidamente.

— Voy para Sabanalarga.– contestó

— Yo te llevo– dijo él embargado de emoción.

— No te creo, será para que te boten del trabajo– dijo ella.

Lo miró de pies a cabeza. Estaba vestido con un jean azul Turquí una camisa roja de dos bolsillos y unas botas de cuero punta de hierro parecidas a las utilizadas por los agentes del orden público.

William Grandchild se sintió intimidado por la bella mujer.

Ella vestía un pantalón largo color caqui, una blusa escotada amarilla unos aretes dorados descendían del lóbulo de sus orejas haciendo círculos, gravitando al movimiento del rostro de la bella dama.

Unas zapatillas color café que adornaban las bellas uñas de los pies pintadas de florecitas.

Sin meditarlo, decidido, William Grandchild, se acordó de un refrán de sus ancestros.» El hombre que no enamora, no goza de mujer bonita»

Le dijo con aspavientos de propietario de la camioneta que conducía para el almacén de electrodomésticos.

— Vamos, te llevaré hasta el fin del mundo, si lo deseas.–

La salida del centro de Barranquilla tardó cuarenta y cinco minutos. El mal estado de las pocas vías, hacían fluir de manera lenta e intermitente la circulación vehicular.

Tomaron la carretera la cordialidad, ella se interesó un poco más por el joven conductor, se veía preocupada al pensar que el muchacho podría ser despedido por cometer la imprudencia de llevarla.

William Grandchild era listo, le había dicho al salir del almacén que el pedido de una estufa que cargaba en la carrocería de la camioneta era para entregar en la ciudadela veinte de julio, recién inaugurada y sitio de moda de nuevos estaderos cerca del estadio metropolitano de Barranquilla. Que la llevaría a ella y de regreso entregaría el pedido.

«Con la mentira, la hago sentir más valiosa como hembra, además ella nunca se va a enterar que la estufa va para la plaza de Sabanalarga, la llevo a ella y quedó como un rey.» Pensaba sonreído.

Al llegar a Sabanalarga ella entre coquetería y risas le dijo:

— «Déjame aquí en la esquina ya estoy cerca de mi casa.»

En el camino le había confesado que era divorciada que tenía 29 años, que en la empresa le tenían envidia porque vendía muchos títulos de seguros de vida y porque el padre de sus hijos se los había llevado para donde la abuela paterna. Que ella era feliz y lo demás le importaba un pepino.

William Grandchild, no acepto prefirió llevarla hasta la puerta de su casa. Era una casa en obra negra de bloques de hormigón, pequeña con pocos muebles y una nevera color salmón de las de dos puertas.

Se veía nueva aún sobre la estiba de madera donde las ensamblan para ser transportadas.
William, aprovecho para pedir un vaso de agua. Recordó que su abuelo le dijo unos meses atrás que es el mejor momento para pedir un beso.

Y justo cuando ella le entrego el vaso con agua el repitió la frase de las instrucciones del abuelo.

— Un vaso de agua, no se le niega a nadie, y un besito tampoco, es el néctar para saciar deseos. —

Ella le dió un beso sonoro y caliente, él tambaleó de emoción como cuando el boxeador recibe un gancho de derecha directo al mentón.

— Vete, –le dijo ella— En este barrio hay muchos chismosos. Nos vemos en Barranquilla mañana–

Feliz, radiante, pletórico de emoción salió a entregar la estufa en el restaurante de la plaza principal de Sabanalarga.

A pesar de ser una estufa industrial, se la cargó al hombro como si llevará unos tres kilos de algodón.

El viaje de regreso fue animado por música instrumental de alegrías en su mente.

Cualquier maestro de la historia envidiaría esa sinfonía del alma.

Pasaron los días no la volvió a ver. William Grandchild se retiró de conductor del almacén de electrodomésticos y emprendió una nueva experiencia laboral en una empresa de carnes frías líder nacional en producción y ventas de embutidos.

Ascendió de conductor a vendedor y estando en una tienda cerca la casa de la vendedora de seguros, la encontró después de casi tres años.

Aún recordaba el sabor y el sonido de sus labios calientes.

Esa mañana William Grandchild se había despertado con el presentimiento de encontrarla.

Una diminuta chispa de los ojos de ella, lo invito a preguntar, tapándose la nariz con la mano derecha, mientras en la otra mano sostenía el maletín ejecutivo cargado de facturas y listas de precios.

— ¿Eres tú Makeda Sicarú? Expresó Grandchild.

El nombre de ella, jamás había olvidado como aquel beso. Sus nombres confirmaban en la época que la conoció su belleza. Makeda en Etiopía:, significado de belleza, y Sicarú en zapotecas: niña bella.

“Lastima que los nombres sean solo letreros que perduran en edificaciones destruidas» pensó.
Makeda Sicarú, bajando la mirada dijo entre dientes «si»

Ya no tenía brillo, su dentadura negra y la sonrisa deformada, su cabello empegostado de mugre y mal oliente.

— Regálame cien pesos.– dijo ella y no lo recordaba.

— William Grandchild le dio una moneda de quinientos pesos recién salida en circulación del banco de la Republica.

Makeda salió feliz de la tienda dejando el ambiente pútrido.

El tendero, un paisa bonachón, apenado, roció el lugar con citronela en spray .

Le dijo a Grandchild.

— Le dió mucha plata, ella solo pedía cien pesos.–

— Yo la conocí era muy bella–

Dijo nostálgico William Grandchild.

–Así es — afirmo el tendero

— ¿Qué le pasó?

— La droga, señor, se la llevó por los cachos… Por eso le insisto, dió mucha plata.
Con eso ahora compra cinco tabacos de marihuana.

— No se los di con la intensión de hacerle daño. Creo que sin querer, le reconocí un premio por un beso que una vez me dio. Vea señor Aristarco, — agregó William Grandchild–

Esa mujer era tan linda que hasta pensé en ponerle su nombre a mi primera hija.

Menos mal nació varón mi primer hijo. Éste presente de Makeda Sicarú, es muy feo.

Guillermo Luis Nieto Molina
Febrero 23 2021

D.A.

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