Aroldo Pizarro

Por: AROLDO PIZARRO LÓPEZ

Si después de la pandemia que azota el mundo, quienes sufrimos su implacable arremetida con la pretensión de aniquilarnos, y por aquello de lo frágil que es la memoria, no recogemos en un museo todos los iconos que no nos hagan olvidar los males que nos trajo, especialmente hundirnos en toda clase de crisis que alimentadas por el miedo nos afectó el reposo espiritual y el equilibrio psicológico, influyendo en nuestra conducta hasta exasperarla, olvidaremos por la acción del tiempo lo que nos ha producido tantos desvelos y los millones de muertes que el letal virus aun continua incrementando.

Si la memoria se activa trayéndonos al presente tan aciago y doloroso momento histórico, cada vez que observemos las cifras que nos hablan de los miles de seres que se llevó, o cuando se anunció al mundo que enfrentamos una pandemia de impredecibles consecuencias, o cuando se nos devolvió la esperanza con el descubrimiento de varias vacunas, o cuando se aplicó la primera en cualquier rincón de la tierra, seguramente ningún otro bicho, llámese bacteria o virus, ni aunque tenga corona, nos tomará desarmados y sin ninguna posibilidad a la vista para neutralizarlo, por la sencilla razón, de que la gran lección que nos está dejando la crisis actual, es que muchas de las acciones preventivas que hoy utilizamos, quedaran permanentes en el comportamiento de la mayoría de los seres humanos que aprendimos a entender lo vulnerables que somos ante la embestida de estos invisibles, pero poderosos enemigos que debemos enfrentar en el futuro, como el que hoy estamos combatiendo, dejándonos la sensación de cuan misterioso e indescifrable es su estrategia, demostrándonos que su compasión por la vida es un chiste que le nutre la agresividad hasta matar.

Si la vanidad y arrogancia, de los líderes se tropezaran con la humildad en cualquier esquina, no me cabe ninguna duda que el mundo gozaría de menos sobresaltos y la justicia estuviera al alcance de todos. Cuando las ambiciones se mezclan con la soberbia o con el orgullo, que hasta sacude la ropa, mientras los líderes conducen los destinos de los pueblos, el resultado es el desequilibrio en todo los aconteceres de la actividad social, sin importarles que se consideren únicos, indispensables e irremplazables, hasta convertirse en la sabia que vigoriza el problema alejando la solución. Si Trump y Bolsonaro, por ejemplo, hubieran juntado sus voluntades, poniendo todo los recursos de que gozan al servicio de una causa común que hiciera de la investigación la más inaplazable de las prioridades para descubrir el antídoto que frenara el Covid-19, la humanidad no estuviera sufriendo tan contundente zarpazo a su tranquilidad y desarrollo dentro de su propia movilidad. Por ello, en ese museo también deben aparecer esos líderes que hicieron de su individualismo el referente que les opacó la inteligencia, abriéndoles espacios para disfrutar de una satisfacción circunscrita a la persona del gobernante, y no a la capacidad para entender su misión en función de los intereses colectivos. ¿Cuántos personajes con estas características se muestran por ahí como para no olvidarlos, si incluimos sus efigies en el museo que sugiero, aunque la tristeza nos visite? Entonces, por muy doloroso que sea el pasado, no será un triunfo del olvido cada vez que lo evoquemos para no repetirlo, porque en esta ocasión al visitar el museo, recordar no es vivir, si nos preparamos para defendernos del mal, apareciere en la forma que lo hiciere, dada la advertencia que nos ha hecho la historia.

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