[Editorial] Al oído del general Diego Rosero

No es que se quiera desconocer el significativo avance que en los últimos años han tenido las medidas implementadas por la Policía Metropolitana de Barranquilla, hoy con el Brigadier General Diego Hernán Rosero a la cabeza, no es eso; al contrario, en LA LIBERTAD hemos destacado de manera abierta y en varias oportunidades el gran alivio que estas decisiones le han dado a la comunidad.

Es una gran verdad que la ciudadanía tiene derecho a recuperar la tranquilidad, para así volver a percibir a Barranquilla como una ciudad segura. Es imperativa la presencia de la Policía en muchos sectores –no le estamos desconociendo sus acciones contra la delincuencia– sin embargo no se puede negar que se requieren soluciones integrales que aún no se ven con la contundencia que la situación exige.

Es importante que se estudie con más detenimiento, el surgimiento de las llamadas pandillas juveniles, que nacen muchas veces como consecuencia de la miseria que agobia un gran porcentaje de la población asentada en los barrios periféricos, o quizá sea el resultado de migraciones de bandas delincuenciales procedentes de otras regiones y últimamente de Venezuela, cuyos componentes en el pasado fueron integrantes de grupos al margen de la ley.

Son pocos los barranquilleros que se han percatado de la estrecha relación existente entre la poca presencia del Estado en las zonas marginadas –en donde el desempleo juega un papel muy importante–  y el fenómeno de la violencia.

Tampoco se detienen a analizar que una de las causas del incremento de este factor negativo, puede ser el crecimiento de la natalidad, circunstancia que acrecienta las dificultades económicas de muchos hogares, a lo que hay que agregar las dificultades que sufren los desplazados que se radican en esos lugares; es allí donde la falta de oportunidades tiende a transformarlos en violentos y recurrir a las actividades ilícitas como el atraco a mano armada y el microtráfico. 

Fue precisamente la violencia la que obligó a cientos de personas a desplazarse hacia Barranquilla, la mayoría procedentes de áreas rurales.

Es tal el problema de la inseguridad en Barranquilla que amerita continuar recalcando sobre este tema cada día. Ha sido muy importante la reacción del alcalde Jaime Pumarejo, en torno a los hechos delictivos de las últimas semanas y la institución policiva deberá considerar como justificada la preocupación de la comunidad del Distrito.

Aceptarlo así equivale a darle la razón a la ciudadanía, la que a la postre es la que resulta afectada por la ola de criminalidad que padece actualmente.

Es evidente que se debe revisar y si es posible replantear el modo como opera nuestra fuerza pública, si después de tantos años de la existencia de los CAI, de patrullajes en motocicletas y en vehículos, de utilizar cámaras de seguridad y de apelar al pago de recompensas a informantes, algo que ha mostrados efectos importantes, es necesaria una estrategia que sin dejar de lado lo anterior, comprometa más a la misma sociedad en la disminución de la criminalidad.

Consideramos –como lo hemos venido recalcando desde tiempo atrás–, que el asunto no se resuelve solo  con el aumento del pie de fuerza de la Policía y del aumento del número de CAI, esta debe ser una de las  medidas que se deben adoptar, empero lo único que realmente acabará con esta situación es brindar oportunidades de desarrollo a esas comunidades, distinta a empuñar un arma y pelearse el control de la venta de drogas.

#DIARIOLALIBERTAD

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