De nietos y abuelos

Por: Gaspar Hernández

Gabriel García Márquez de niño creció al lado de sus abuelos maternos, y le otorgaron el premio nobel de literatura al transformar su memoria de niño en periodismo y literatura. Al recordar los momentos mágicos de su adolescencia y lucidez madura todo aquella realidad que le contaron sus abuelos, Nicolás y Tranquilina, cuando distraían al primer nieto de la extensa prole de los hijos de Luisa Santiaga y Gabriel Eligio, los padres del nobel. Ese dato puede leerse en la voluminosa biografía escrita por el inglés Gerard Martín. Pero ahora lo leo contado por la periodista mexicana Alma Guillermoprieto, en el prólogo del libro, recién publicado, como pan sacado del horno, “Camino a Macondo“(Random House).

Alma cuenta: “Decía García Márquez: “Yo nunca me olvido de quién soy, soy el hijo del telegrafista de Aracataca”. Pero en realidad el viaje de regreso a Aracataca en su juventud lo llevó como agarrado de la nuca a contemplarse en un espejo de aguas más profundas. Ahí, el joven Gabriel se descubrió hijo de sus abuelos, un niño de ojos grandes y muy abiertos que creció sumergido en una historia de violencias, amarguras, pérdidas desgarradoras y realidades asfixiantes“(negritas mías. Opus cite..pág. 23).

Cada vez que escucho decir, por parte de jueces,  fiscales, autoridades de familia y/o abogados litigantes que los niños no pueden declarar sobre lo que han vivido o sufrido porque no tienen inteligencia o no saben expresarse y mienten o se dejan manipular o instrumentar por mayores, evoco ese pasaje de la biografía de nuestro Nobel, muy parecido a uno que relatan biógrafos de Leonardo Da Vinci, el genio del Renacimiento. Y me da rabia e ira que la justicia y la pedagogía estén en manos de personas, hombres y mujeres, que olvidaron que fueron niños y niñas. Esos, muy seguramente no recuerdan a sus abuelos. En mi caso personal, vivo cada día del recuerdo perenne de María Isabel, mi abuela materna y su dedicación hacia mí, su primer nieto.

Por eso, estoy seguro que los niños tienen capacidad, a cierta edad, para ser considerados en sus verdades. He allí, el valor, la dicha o el privilegio de tener nieto. Es decir, ser abuelo. O sea, volver a ser niño.

Recientemente leí un texto de mi amigo, el médico “Dr. Teo” Coronado, que dice así: 

“Un niño jamás miente, es el más honesto y sincero de los seres humanos. Sin escrúpulos para comunicar la verdad, es inconsciente de las muchas veces que hace quedar mal a los suyos cuando le exigen decir cosas que no son, afirmar lo que no es. Un niño no sabe de engaños ni traiciones. Carece de ideologías, creencias u opiniones; solo rinde culto a su divinidad materna o paterna que son su soporte mayor ante la aflicción y la desventura. La fe ciega en sus padres alimenta su innata creencia de lo que es, de su existir. Que también son sus únicos guías en cada día que pasa. Desorientados del ayer y del mañana viven el presente como único tiempo, un eterno hoy en el que solo caben juegos y amores” (ver viaje por el Jardín de Akademus. pág. 161).

Este texto del Dr. Teo me recordó una disertación que le escuche al neuro-científico colombiano Rodolfo Llínas sobre el talante ético de los niños para expresar la verdad de su realidad. Pero así mismo, el texto, escrito por un abuelo para referirse a su nieto, me permite decir, sin refutar a Teo, que dependiendo su crecimiento biológico los niños tienes “opiniones, visiones” sobre sus aflicciones y desventuras”, tales como los castigos y maltratos que sufren de padres y madres. Otra cosa es que no tengan, por la respectiva edad conocimientos estructurados, ya que para ello requieren educación, felicidad, amor y comprensión. Esa capacidad de opinar, además es un derecho fundamental, el de “La libre expresión de su opinión”, consagrado en el artículo 44 de la Constitución Política. Otra cosa es que padres u otras autoridades, ejerciendo censura, los “manden a callar“, cada vez que se le antoja, violando así un derecho inalienable: La libertad.

Ante tal innegable influencia pedagógica en la niñez de esta época cibernética, surge necesariamente la figura del abuelo como institución educativa. Con otra didáctica: La del amor filial, la pedagogía de la sangre. La de la felicidad, la de la alegría de que la vida continúa con la vida de los nietos. El otro regreso a la orilla.

Hoy, Dr. Teo, los padres no son “los únicos guías de cada día que pasa”, y ello porque muchos, muchísimos niños, no por carencia de padres, son guiados a diarios por los contenidos de la televisión  y celulares de alta gama, que manejan con habilidad asombrosa, y sus programas de juegos y súper héroes, que los acondicionan como en la fábula del perro de Pavloc. Esos aparatos electrónicos educan hoy, más que los padres y la escuela.

Ante tal innegable influencia pedagógica en la niñez de esta época cibernética, surge necesariamente la figura del abuelo como institución educativa. Con otra didáctica: La del amor filial, la pedagogía de la sangre. La de la felicidad, la de la alegría de que la vida continúa con la vida de los nietos. El otro regreso a la orilla.

En ese contexto digital, cultura que condiciona neuronalmente a mayor velocidad que la cultura verbal y escritural la mente infantil, la existencia del abuelo, como el tiempo del ayer, ayudará a crecer al nieto con historia y mayor memoria cerebral. He ahí, una tarea pedagógica del abuelo, recordar el pasado. lo viejo, lo añejo de la existencia.

Y aparecen las diferencias entre las responsabilidades: las de los padres y las de los abuelos.

Con mucha frecuencia se dice, casi automáticamente, que los abuelos “pechichan” a los nietos. Y hasta he oído, con suma elocuencia, decir: “que los abuelos quieren más a los nietos que a los hijos“. Lo cual, a mi entender, no es cierto. Sólo que entre padres y abuelos, las virtudes familiares de  reconocimiento y responsabilidad son de otra dimensión o carácter. Son diferentes.

La responsabilidad del abuelo, si fue padre responsable, no deriva, necesariamente, del imperio de la ley, como si ésta, la ley, obliga a los padres a ser responsables  para con sus hijos. Ser padre es un compromiso voluntario, un deber de “obligatorio e irrenunciable cumplimiento”. Mientras que ser abuelo es un privilegio o una dicha, un goce que la buena vida proporciona a quienes fueron o son padres responsables. La abuelidad es el efecto de la responsabilidad paterna. Un buen padre es la célula indudable de un abuelo bondadoso y feliz, de otro niño.

Mientras unos están obligados. Los abuelos están para ser dichosos. la abuelidad no es responsabilidad legal. Es un resultado de la bondad de ser y dar. Con-sentir. Porque abuelo y nieto, son niños. Reino de lo irresponsable. De lo ganado. del disfrute.

A ningún abuelo van a meter preso por no dar alimentos, solidarios, a un nieto. A un padre, irresponsable, sí. Muchos han ido a parar a “la guandoca”, eso lo he leído en las noticias de famosos. A los anónimos les embargan el salario mínimo.

Entonces, entre abuelidad y niñez lo que se cultiva de verdad es pura auto-nomia de voluntades libres. no protocolarias. Abuelo y nieto son un par de “bacanes“, tanto en la infancia como para el resto de la vida. yo no olvido a Ma. Isabel, mi abuela. Tanto que su nombre bautizó a mi única hija con nombre de película. 

Todo porque nada define mejor el amor que los nietos: ellos son el otro que amamos en nosotros. Son el hilo de sangre hacia la eternidad. Feliz Navidad a los nietos por la felicidad que otorgan a los abuelos: par de cómplices de la buena vida. La que se merece toda gente buena.

Solo hay niños“.

He deseado, como un homenaje a todos mis lectores niños y niñas, compartir un párrafo del libro “La vida humana“(paidós), del filósofo francés André Comte-Sponville, con el que finaliza el capítulo dedicado a el niño, ese que todos los abuelos despertamos cuando pensamos en los nietos.  El filósofo enseña:

“Lentitud de la infancia: muy sabia lentitud de la vida, en su inicio. luego todo se acelera, luego todo se transforma. Crecimiento, pubertad, adolescencia….el cuerpo manda. El espíritu sigue como puede. la infancia ya no es más que un recuerdo. Ese recuerdo habita en nosotros, o somos nosotros quienes habitamos en él. No hay personas mayores.  Sólo hay niños que han dejado de serlo y que se consuelan como pueden. “Cada uno empuja su infancia delante suyo – decía Alaín -, y ése es nuestro porvenir real.”. ¿El porvenir estaría, pues, detrás de nosotros?. De ninguna manera. Pero viene de allí, y es lo que llamamos el presente. Pena o nostalgia, resentimiento o alivio. Para mí, desde hace tiempo prevalece el alivio. Cuando tenía 20 años, tenía la sensación de que lo peor ya había ocurrido. Me equivocaba. Continúo empujando mi infancia ante mí, como todo el mundo. El alivio resulta más pesado de lo que uno cree“.(ver págs. 50 y 51).

#DIARIOLALIBERTAD

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