Por PEDRO CONRADO CUDRIZ

Todos los días el escaso asombro que nos queda, se agota así como se apaga una vela sometida a la humedad y a la penuria de una noche sin energía eléctrica. Este fenómeno, que tiene hondura emocional y cognitiva en el hombre de siempre, se consume tal vez porque hemos sido incapaces de imaginar y soñar más allá de la manía de la pobre realidad impuesta, o quizás porque ni la misma escuela de la vida nos ha servido para arriesgar y matar los miedos. He escuchado de varias voces populares que en este país del sagrado corazón y ahora de la virgen de Chiquinquirá no había nadie que se atreviera a encarcelar al hombre oscuramente más importante de los últimos 30 años en Colombia. Este hombre, por supuesto, es Álvaro Uribe Vélez. Nadie más. ¿De dónde venían o vienen esas voces y qué prejuicios y verdades ocultan? ¿Qué cosas particulares tiene este ciudadano que no tengamos nosotros? Pues que a este sujeto lo cuidan más de 200 escoltas y a nosotros nos matan o nos pueden matar como perros callejeros. Como ocurre con los líderes sociales que están asesinando en el territorio nacional. Está tan naturalizado entonces esta percepción política de la vida que mucha gente en este país se siente poca cosa, o una herramienta parlante, o se siente un “objeto alienado” del poder. Esta es la gran diferencia entre el régimen nacional y otros sistemas verdaderamente democráticos del mundo, apuntillado el nuestro en la admiración casi erótica hacia algunos personajes oscuros de la vida nacional, unos más que otros. Admiración exacerbada que viene quizás de la cultura mafiosa y no democrática, o de aquella otra cultura de los abuelos donde se le rendía tributo a un régimen burocráticamente clientelista y aupado por el caudillismo y las dictaduras blandas. No es raro entonces que el uribismo tenga milicianos y reservas al servicio de la causa – como lo tenían los viejos gorilas de cono sur- y en estado de alerta en estos días peligrosos desde lo jurídico para su caudillo. Jóvenes y adultos que trabajan en todas las tareas impuestas así como lo hacen los dogmáticos evangélicos en las esquinas de la nación, están listos para la defensa extraordinaria del gran jefe. La devoción religiosa hacia a este hombre de poderes espurios, refleja la debilidad del carácter nacional de sus hombres y mujeres, igual de sus instituciones, mancilladas por la corrupción y el clientelismo. Los que no creían que en este país la decencia y la dignidad estaban vivas, la decisión de la Corte los asombra, tanto, que balbucean frases inocuas o advierten deseos de espera para tener la razón. Y luego, cuando por ley se traslada el proceso a la Fiscalía General de la nación, la Corte también es otro ente corrupto. Nadie entiende lo primero, la valentía de declarar reo al expresidente.

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