*En  una casa  de  citas  “el  amor”  puede estar  reservado;  pero  también  la muerte…

Por Walter Piminta

Al barrio xxxxx, en ese tiempo, lo identificaban muchas cosas: sus tiendas, su parque, una  cancha de fútbol, sus quintas solariegas, las voces de los vendedores ambulantes, la  venta de carne de cerdo en la esquina, y una famosa casa de citas que allí, de tiempo  atrás, había. En esta, vivía él (o ella, por lo de raro). La ciudad entera sabía aquello. Era  un sitio fino, lujoso y cotizado. Encuentro de amigas con amigos, de amigos con amigos (¿?)… y de amigas con amigas… (…no opino).

La casa tenía por nombre, el mismo nombre de su dueño (o dueña). Una persona  agradable, de buen trato…se llamaba…bueno la gente sabe. La estancia era hermosa,  sobresalía en la cuadra. Entrada con altas palmeras, patio sombreado, jardín mantenido.  A él (o a ella), es decir, a su dueño o dueña, desde chico o chica, le fascinaba andar con  niños y niñas…y le satisfacía que lo tocaran o la tocaran…Los comentarios fueron  creciendo y él (o ella), libre de conducta, también crecía…

Estaba dicho lupanar incluido en voz baja, y con otro nombre, en los paquetes y folletos   turísticos de la ciudad. Y, en carnavales, allí “se tiraba la casa por la ventana” y, entre  sodomitas, hasta se bailaba el “baile de la pluma”, mientras entre turistas nacionales y  extranjeros de itinerante paso, a buen precio, se buscaban y se pagaban a buen precio  las más raras y extrañas aventuras y bacanales entre nubes de marihuana ardiendo. Allí,  dice aún la gente, estuvieron cualquier cantidad de amantes de ocasión y parejas  disparejas que al salir de la casa xxxxx se emparejaban porque se emparejaban si la visitaban y mientras les durara el efecto de lo que se fumaban o bebían…

Allí, en la casa de citas xxxxx, murieron y revivieron virginidades…y crecieron filosas  cornamentas de todo tamaño… Y fue la oculta y soslayada mirada fisgona de muchos vecinos, la que viera entrar al referido lugar a mujeres de lentes oscuros y pañoletas amarradas,  de postizos ojos verdes, azules, negros, color miel y cafés luciendo pelucas rubias… Igual que a maniáticos y amanerados hombres caderones de extraño perfil y  voces aflautadas. Era notable en el lugar, el desfile de nalgas sobrepuestas y de engañosos senos enormes…Lo voluptuoso, entonces, tenía mercado y feria…

Aclaro. No condeno a nadie, cada quien es ejemplo de lo que quiere ser…Simplemente  escribo.

También aparecían en aquel escenario, los y las morenos y morenas de labios gruesos,  de nalgas paradas y de vulvas marcadas por el “eslac “.  Lo andrógeno y deforme por lo enorme y el tamaño, hacía el furor y el arrebato. Todo lo cotizaba el calibre del carajo a  costa del placer….

A la casa de cita xxxxx, entraron hombres y mujeres de cualquier edad…y las y los  prestadoras y prestadores del servicio eran “expertas” y “expertos” en gustos y  satisfacciones caprichosas. E incluso, de ésta, de dicha casa, algunas y algunos, salían a  prestar servicio a domicilio según pedido. La cosa funcionaba. Y lo “lesbi” era de alto  vuelo.

No acostumbro a tapar con el manto de la hipocresía estas cosas que en todas las  ciudades y sociedades del mundo existen…No condeno a nadie. Quien esté libre de pecado, que arroje la primera piedra…Si es que se atreve…Y mejor déjenme continuar sincero  mi relato…

Qué de historias, por más de treinta años, no supo la casa de citas xxxxx. Entre ellas la  de “el Hindú”. No era de la India, el  tal “hindú, era de Barranquillo, Todas las mañanas, en pantaloneta y camiseta y con zapatos deportivos de marca, desde su apartamento, salía a trotar por toda la cuadra. Le decían así por su parecido a un hindú de verdad-verdad.  Sólo le faltaba el turbante de Kalimán. Cincuenta y cinco años, ojos color miel, bigote  negrísimo y liso, cejas pronunciadas, atlético, alto, acuerpado. Los sábados le daba 20  vueltas a la cancha de fútbol del barrio Cevillar. Amistoso el tipo. Adicto al sexo y a las  orgías. Le gustaban las de quince. Eran su debilidad. Hacía muchos años había tenido esposa y dos hijas. Para entonces, estaba separado. Ella, su mujer, había buscado  marido. Él vivía de su propio dinero. Había laborado en el terminal marítimo y gozaba de  una buena pensión. Según el decir, el tipo tenía con qué disfrutar la vida: Barranquilla, Cartagena, Santa Marta, San Andrés y las playas de Barú, conocían de sus andanzas. La  pasaba bien “el dandi”…Todo un galán…La vida se le iba entre sexo y placer y el dueño  o dueña de la casa de citas xxxxx sabía que por lo que le proporcionaba, el fulano  pagaba bien.  

Un día, o mejor, una tarde de sus tardes acostumbradas, sábado para más señas, “el  Hindú”, por catálago pidió a Lorraine, quince años recién cumplidos y recien descubierta  “en el arte”. Sensual, maciza y de piel  trigueña, original, bella, excelente bailadora, de  exquisita atención. Valía lo que valía.

La reserva se hizo. Se dispuso el whisky y la champaña. “El  amor de paga” por lo  alto…Decían que hasta el cura de una iglesia cercana, olvidando lo dicho y lo hecho en la  eucaristía, también la solicitaba…Tenía unos senos enormes la hembra. El equipo completo. Estaba como para filmar con ella una película de fin falso porque lo más  seguro era que continuaría…Pudo facilmente, la tal Lorraine, ser la mujer de Adán en el  paraiso con la seguridad de que, del mismo modo, le hubiese tentado con el cuento ese  de la manzana. Ella cobraba por horas. Llegó de vestido rojo. Un medio paso descotado,  tacones altos del mismo color. Su cabello era negro brilante y lacio. Sus dientes  blanquísimos y parejos, sus ojos azules pero quizá postizos. Su mirada pedía sexo…

La fiesta está lista.

Él encontró lo que estaba buscando.

Entraron a una lujosa habitación. Vidrios y espejos. Luces de colores, aire acondicionado, esponjosa alfombra como para caminarla sin calzado. Mullida y limpia cama. Se desvistieron, se tocaron y se besaron, se besaron y se tocaron frenéticamente en lo noble  y en lo  innoble… y dieron rienda suelta al desenfreno…Gemían y aullaban en lo  profundo.

No seamos mojigatos ni nos hagamos los morrongos…¿Ya tiró la primera piedra?…Al  diablo su máscara de falsa vergüenza…Confiece su verdad.

La realidad de la vida no admite sainetes. Es la vida o no es.

Los de esta historia, a su creer y modo, “eran felices” entre luces intermitentes. Él pagaría el precio de su locura. Lo pasaba bien.

Tres horas después, en medio del ulular de sus sirenas, llegan al sitio una patrulla de  la policía y una ambulancia.

La gente del barrio, por las persionas entre abiertas, lo vio todo.

En una camilla, tapado con una sábana blanca, sacaron a alguien.

Encima de Lorraine, había muerto “el  Hindú”, aún no eran los tiempos del viagra. Murió  feliz. Murió “de  amor”. 

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