P. Santino Sacramento Vitola, cjm.

En estos días en los que la presencia física de las personas ha estado limitada por causa de la pandemia que la humanidad está enfrentando, la virtualidad está tomado un importante protagonismo mostrando así que ella tiene mucho que decir y que aportar al mundo de hoy y al del mañana. Como ella, la virtualidad, es una realidad relativamente nueva todavía nadie conoce con exactitud todas sus virtudes, defectos, alcances, posibilidades y limitaciones.

Una de las preocupaciones que los estudiosos perciben cuando analizan el mundo virtual es que éste ha crecido anclado pocas veces en los intereses de las personas sino en los del mercado. Los inventos, los descubrimientos, los avances tecnológicos no siempre han tenido que ver con las necesidades reales de las personas, ni han buscado el auténtico crecimiento integral del ser humano, ni tampoco la recreación permanente de una sociedad más justa y equilibrada, mucho menos la construcción de un sistema de cosas donde la política, la cultura, la economía caminen en sintonía con una ética que posibilite un mundo más solidario y fraterno. El dinero de este planeta y la inteligencia de los hombres y las mujeres se utilizan para producir cosas que se venden. Las estrategias de marketing nos hacen creer que necesitamos muchas cosas para después vendérnoslas. Nos estimulan el casi insaciable deseo humano para ofrecernos objetos que sólo dan satisfacciones momentáneas. El ritmo de la vida humana se acelera a tal punto que todavía no terminamos de descubrir los descubrimientos cuando tenemos que comenzar a conocer otros. Hoy, paradójicamente, los objetos más importantes no son los libros sino los teléfonos celulares, los conciertos más asistidos son las parrandas virtuales, las misas más procuradas son las celebradas online por padres famosos y reconocidos.

Otra preocupación que aparece con respecto a la virtualidad es la sensación cada vez más generalizada de que ella no sólo acompaña y ayuda la vida real de las personas, sino que a veces la iguala, la supera y hasta la sustituye. De ser cierto esto sería fatal porque estaríamos frente a la posibilidad real del fin de la raza humana. Sin duda nos enfrentaríamos a la inimaginable consecuencia predicha ya en el Fausto de Gote cuando predijo lo peligroso que sería poner a andar la maquina inventada por Mefistófeles sin antes saber cómo detenerla después. Acontecería una Caída libre al abismo sin fondo de la autodestrucción, sería el final del proyecto humano, el fin del proyecto de Dios. Sin pretender alarmar a nadie creo que no sería totalmente descabellado pensar que existen manos oscuras deseando que esto pase; manos que estarían incentivando la ilusión de que por fin, de este modo, el hombre, los hombres serían completamente libres.

Frente a esto pienso que no deberíamos olvidar que la virtualidad es un mundo de representación y por más compleja que esta sea, no consigue repetir o reproducir integralmente la densidad, la complejidad y la sutileza de las relaciones reales. En este sentido, ella, la virtualidad no deja de ser una vida que termina cuando la mediación que la hace posible, llámese computador, teléfono, aplicativo, programa, software, Uber, se apaga y deja de funcionar.

Una tercera preocupación con relación al mundo virtual se instala em el ámbito del juicio. Quién va a responder si algo sale mal, si la sincronía no funciona, si los algoritmos se traban, si entró el dinero en el banco virtual pero la computadora no lo registró, si el teléfono que uso no reconoce mi rostro y se niega a abrir la pantalla, si el dron tira la bomba en el lugar errado y mata ancianos, mujeres y niños, si la trasmisión de la misa se para justo en el momento que se leen los nombres de las intenciones… Los que controlan este mundo tecnológico virtual son seres, instituciones, poderes, entes sin rostros, sin nombres, sin nacionalidad y sin apellidos. Ellos no pueden ser juzgados ni sentenciados ni mucho menos llevados a la cárcel si algo sale errado.

Como dato curioso un día yo fui víctima de la tecnología virtual; una tarde tuve que ir a reclamar un dinero y en la oficina no me pidieron el documento de identidad sino la huella. Cuando coloqué el índice derecho la señorita que me atendió dijo que el sistema decía que dueño de esa huella no existía y por lo tanto no me podía entregar el dinero. Después de discutir como media hora con alguien que no pudo ni podía resolver el problema, resignado regresé a mi casa no sin antes decir no sé a quién una palabrota que no puedo decir aquí.

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