Hugo Castillo Mesino

Por: Hugo Castillo

La palabra mediocracia perdió el significado que tuvo en el pasado cuando describía el poder a manos de la clase media. La mediocracia no solo se refiere a los mediocres, sino a la denominación creada por la propia forma en que se expresa la mediocridad. La Mediocracia puede definirse como el poder ejercido por los medios de comunicación, concretamente: Caracol, RCN, Semana (pregúntele a Vicky Dávila… si hay dudas) y otros medios nacionales y locales que a través de la propaganda política orientan y direccionan la intención del voto ciudadano, definen la elección de un determinado partido político con sus respectivos candidatos.

Alain Deneault, en su obra “Mediocracia. Cuando los mediocres toman el poder”, plantea que, “cuando hable de sí mismo, asegúrese de que entendamos que no es usted gran cosa, eso facilitará meterlo en el cajón apropiado”; son pocos los que disparan y tienen éxito, los mediocres han tomado el poder. José Ingenieros en su libro “El hombre mediocre” nos dice: “Cada cierto tiempo el equilibrio social se rompe a favor de la mediocridad”; esto se expresa visiblemente en los jefes de turno y en la clase política del país donde los aspirantes “estudian” para pelechar en las corporaciones y ostentar cargos con la complicidad de los clanes políticos regionales.

La mediocridad tiene más probabilidad de alcanzar el éxito; la mediocridad a nivel general es una cosa y específicamente es otra muy distinta, si una institución comienza a trabajar sensiblemente. Acaparar la atención sobre sí mismo oficialmente se convierte en una falsedad que, acorde con el Principio de Peter, cuando se llega de los niveles medios de competencia a posiciones de poder, apartan en su ánimo tanto a los super competentes como a los competentes, llegando a un punto convergente en que la mediocridad, de hecho, hasta se recomienda; surge la incompetencia.

Cabe señalar hasta qué punto crean incompetencias las instituciones como el Congreso, los partidos políticos de las izquierdas y derechas, Instituciones de gobierno en general, ministerios, sala de prensa, embajadores y diplomáticos; como sucede en el gobierno del presidente Iván Duque, que en sus dos años de gobierno resaltó una gestión que no se la cree ni él mismo. Lo que se devela es que, tal vez, Duque como senador era competente y como presidente creó un estado de incompetencia por el afán de poder y el manejo de su tutor detenido.

“Hay que seguir el juego”, es una expresión en el ambiente coloquial, pero que encaja más en el ambiente político en la actual coyuntura. El pensamiento mediocre es una expresión ingenua y es como un bálsamo para la conciencia de todos los actores fraudulentos. Colectivamente, “seguir en el juego” significa comportarse como si no importara el hecho de que lo que estamos jugando es a la ruleta rusa, estamos jugando a la vida y a reactivar la guerra; al parecer millones de colombianos no se percatan y creen que es un deporte, cuando hay una mafia que si sabe jugar…

Varlam Shalámov en sus “Crónicas del mundo del hampa” argumenta que: “No basta con robar tienes que pertenecer al ‘orden’ (de estafadores congénitos) y esto se consigue no solo a través del robo o el asesinato. Sin duda, no a todos los ‘pesos pesados’, no a todos los asesinos se les reserva un lugar de honor entre los delincuentes solo por hecho de que sean ladrones o asesinos. Cuentan con sus propios ‘guardianes’ de la pureza moral, así como con sus más fundamentales ‘secretos del oficio’, según las cuales se rigen (…) las leyes generales de este mundo (que, como la vida misma, están sujetas a cambios)”.

El juego, que se supone se presenta como un guiño, es muy notorio en nuestro país al aprobar proyectos de ley, ordenanzas y acuerdos distritales y municipales, como un ardid que hasta cierto punto podemos criticar; pero, cuya autoridad, sin embargo, aceptamos, acrecentándose en tiempos de pandemia mientras la ciudadanía es relegada sin derecho a decir nada. Es la ley de codicia, que no es más que el oportunismo convertido en una necesidad social ajena a la persona, pero requerida por la sociedad. Puede que implique hacer trampa o actuar de un modo frío o inmoral e incluso puede conllevar a un comportamiento directamente violento o criminal; de hecho, jugar en el sentido de acatar las “reglas” es solo para los más débiles. Aquel que diga “yo no vivo como vosotros”, “yo tengo mi propia vida con otras leyes”, es, a su manera, un maestro estafador. Los mediocres insisten en seguir pidiendo más: les gusta demostrar que no hay quien los engañe y harán cualquier cosa para evitar que los expulsen del juego. Repensar la mediocridad es acudir a la reserva moral y defender la independencia cognoscitiva con principios.

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