Por Pedro Conrado Cudriz

El filósofo alemán, Peter Sloterdijk, dijo el otro día en una entrevista que “La vida actual no invita a pensar.” El consumo, creo, y la vida vertiginosa, conspiran contra el acto exclusivamente humano del pensamiento. Eludía él a tomar distancia de la realidad, a separarse de ella como quien trepa a la cima de una montaña y desde esas alturas contempla el mundo. No puedo dejar de pensar en Aristóteles que creía en la contemplación de la vida para poder comprenderla y crearla. Sin el distanciamiento y la contemplación es imposible observar y pensar críticamente la realidad social vivida. Dijo entonces Sloterdijk en dicha entrevista que “… la superficialidad se impone a la profundidad.” Nadamos en este mar falto de ideas, porque se impone el coagulo de las emociones. En política, me dijo un amigo demócrata, la masa humana es la zombi que perturba o el monstruo de mil cabezas, que rechaza las ideas. Pensar le cuesta a la gente-masa y no le interesa el pensamiento crítico, que cree es una incomodidad, un obstáculo para su supervivencia. Prefieren sobrevivir que vivir. Prefieren olvidar que recordar.  

Para los filósofos pensar es placentero, lo más elevado entre los seres humanos. Quien no recuerda no puede pensar. El pensamiento inclina la balanza hacia los más inteligentes y condena a una vida insegura a los más tontos, que son incapaces de imaginar y de abstraerse de la realidad que los domina, los esclaviza y les desangra el alma. 

Pensar es imaginar, recordar, abstraerse, idear, comprender, explicar, argumentar e ir más allá de la realidad cruda que oprime. Esto es quizás lo que Martha Nussbaum llama “Capacidad socrática.” O pensamiento crítico.  

Hegel decía que el pensamiento es el que nos ayuda a vencer o a destruir el miedo y la muerte. Y nos expulsa del reino animal. 

El pensamiento es lo más íntimo que tenemos los seres humanos, es lo que intentan adivinar los sátrapas de cualquier pelambre, pero le es imposible tocarlo.  

Todavía seguimos creyendo que los animales como el perro, que conviven domesticados en casa con nosotros no piensan. Lo que nos obliga a creer que no tienen vida íntima, que no tienen ideas. Y sin embargo, todavía existen seres humanos con el cerebro apagado, seres que viven como animales y en la más aterradora forma de sobrevivencia. No son socráticos, son seres humanos como estrellas o fueguitos agónicos como en aquella hermosa historia de Eduardo Galeano en El Libro de los abrazos.  

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