La cara de una persona es prácticamente su documento de identidad; es lo que lo diferencia externamente de los otros; es con lo que se comunica. Por eso “dar la cara” significa aquí estoy; por eso “muestre la cara” significa diga quien es; por eso “no tiene cara” significa que perdió todo hasta la vergüenza. La cara no es sólo una parte más del cuerpo; ella es el cuerpo mismo identificado. Una cara caracteriza a un ser humano y lo diferencia de los otros; ella es epifanía, presencia y revelación.
Es rostro de una persona es fuente de confianza y de misterio sagrado. Quien nos deja ver su verdadera cara nos muestra confianza y respeto. No es lo mismo hablar con alguien mirándole la cara que hablar de alguien cuando da la espalda. El rostro del otro nos interpela, nos pregunta y nos reclama; nunca nos deja indiferentes. Cuando miramos las caras de los otros nos vemos a nosotros mismos viviendo en otra piel, cuando mostramos la cara nuestra para que la vean los demás abrimos una ventana en nuestro corazón.
La Biblia dice que Moisés hablaba con Dios cara a cara indicando así la proximidad que había en ese diálogo. El cántico del siervo de Isaías presenta la tragedia de un hombre sin rostro. Los enemigos de Jesús hicieron de él el Dios crucificado y desfigurado. Causa repulsión un rostro desfigurado, manipulado y distorsionado, entristece una existencia de nadie, sin rostro, sin carne sin determinación. Algunos han querido negar y ocultar el rostro de los pobres y desamparados porque estos recuerdan que el mundo ideal donde vivimos todavía necesita corregir algunas cosas.
Es peligroso aceptar de manera fácil y sin resistencia que el mundo de hoy ignore nuestras particularidades y nos ponga para protegernos una linda y segura máscara en la cara. Este es uno de los regalos que nos trajo el coronavirus. Con tanto enmascarado que camina por las calles hoy nadie sabe exactamente quien realmente está enfrente; antes tampoco teníamos certeza de quien era quien pero por lo menos sabíamos que cualquiera que fuera la “cosa” que hablaba, aunque mintiera, era humano.
Los enmascarados siempre han dado miedo; quien esconde el rostro no deja de ser alguien peligroso. Nunca se sabe exactamente lo que hay detrás de una cara oculta que nos vuelve anónimos y nos libera además del compromiso de tener que responder por todo lo que hacemos. Las máscaras puede que sean ideales para aquellos que quieran esconderse pero son terribles para los que desean afirmar su identidad y luchan constantemente para lograr ser reconocidos como lo que verdaderamente son.
Irónicamente ahora en vez de decirle a la gente que salga del closet tendremos que decirle que se quite la máscara. ¿Quién vino?, un enmascarado; ¿quién fue?, un enmascarado; ¿cuántos son?, mil enmascarados; ¿qué dijo? nadie le entendió nada al hp enmascarado; ¿era él o era ella?, nadie el sexo del enmascarado; ¿es feliz? Nadie vio nunca sonreír al enmascarado. Es muy difícil vivir, trabajar, comprometerse y amar en medio de una sociedad de enmascarados.
El mundo tendrá que encontrar otra forma de protegerse sin tener que esconder el rostro. El mundo no puede ser u espacio donde autómatas sin historias, sin nombres y sin rostros convivan sin comprometer su identidad. No es posible establecer una relación auténtica sin la presencia del rostro
Gracias a Dios, Él sí ve el rostro que la máscara esconde. Gracias a Dios él no nos esconde su rostro de amor y misericordia; no me puedo siquiera imaginar lo que seríamos si nuestro rostro no estuviera permanentemente en sus pensamientos.

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