Tal vez sea este artículo uno más de aquellos que habla de cosas que todo el mundo sabe, critica cosas obvias sin ofrecer de manera concreta alguna solución a los problemas que se evidencian. Aclaro que escribo sin muchas expectativas, dolorosamente también sin muchas esperanzas. Sé que ahora todo es más difícil, es más confuso, más duro.
Las chimeneas de las casas siguen quemando leña de árboles nacidos em bosques destruidos, el humo negro continúa saliendo a chorros por los mofles de los carros nuevos y por los desfogaderos de las fábricas asesinas. El hedor de la basura que producimos se há tornado insoportable em algunos puntos focalizados y está tornnando el aire irrespirable. Los arboles que producen oxígeno son cada vez menos y las selvas verdes se están tornando peladeros oscuros, desiertos amarillos, rotos rojos mientras las enfermedades respiratorias no dan tregua.
El agua de todos los ríos alguna vez fue cristalina y pura. Hoy eso cambió. Ahora da dolor ver el color oscuro de los ríos que corriendo llevan toneladas de basura a los mares. Se há vuelto um lujo casi ninalcanzable poder beber uma agua verdaderamente limpia.
Irónicamente aquellos que piden más atención al medio ambiente hicieron de los mares del mundo los peores campos de guerra e infestaron com bombas, ferros y muertos el fondo mudo de los océanos. Ojalá que nunca exploten las bombas que duermen em el lecho del mar. Países que hoy exigen compromiso com la naturaleza arrasaron sus bosques, masacraron sus animales, perforaron la tierra sólo por el deseo estúpido de civilizarse.
Somos cínicos

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