No, no discuta, la vida no es así, es esta vida, pero no es la deseada, la ordenada, es una realidad en drible, desbordada, descontrolada, escapándose de las manos, de los ojos, de los ojos de todos los dioses, los chiquitos, medianos y grandes; un machete de doble filo golpeándonos todos los días, en cada minuto, en todo segundo, enloqueciendo a todos, incluso las estadísticas, y es tan real y enloquecida esta verdad, que es a toda costa, desquiciada, loca, y sin excluir a los burros. Es así porque siempre lo hemos querido así, y así le hemos invertido energía, cultura, voluntad, dinero, sexo, deseos ocultos, consumo, escuela, injusticia, ideologías, exámenes, votos, cualquier cosa, cualquier deseo oscuro. Y en este trajinar de días y años las niñas –principalmente- están siendo cazadas como objetos oscuros de los deseos machos, cazadas como animales de presa, en cualquier parte, menos en aquella selva verde, lejana, inocente, pero sí en casa, en la calle, en los callejones, en los lugares más oscuros del alma humana. La prisión en la que vivimos es invisible, un panóptico indivisible construido especialmente para nosotros, en ella estamos viviendo y en eterna apariencia separados en un cierto régimen vomitivo que vive de las apariencias, de luces falsas, pero aquí estamos todos, revueltos con los violadores y las víctimas, con los soldados y los profesores, con los papás y las niñas y los niños, con los que compran y venden, con los que sentencian y los sentenciados, con el gobierno y los ciudadanos, con los animales armados y los desposeídos, con la justicia y las injusticias. En fin, esta cárcel fue construida para todos nosotros sin excepción, nos midieron el cuerpo para los trajes y las locaciones carcelarias y sus cupos y neveras y televisores. Y sí, vivimos, vivimos sin la conciencia de la realidad, de la libertad, vivimos sin enojos reales, vivimos sin experiencias vivas y vitales, vivimos al garete, durmiendo y despertando cada mañana con un cadáver en la puerta, con un niño ahorcado, con una niña violada, con otros niños en la guerra, con varios de ellos hambrientos, desolados y olvidados. Así vivimos, dormidos, olvidados de sí mismos, achacosos, indiferentes. Sí, los que nos cuidan tienen el alma podrida, no en vilo ni en duda, podrida. Exacto, podrida. Y sí, así es. Y ahora recuerdo algún verso de Anne Carson en mi frágil memoria para el parafraseo: “Como él dice, / la locura puede ponerse de moda…” O a Lessing: “Hay cosas que deben hacernos perder la razón, o entonces es que no tenéis ninguna razón que perder”.

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