La desbandada en que nos encontramos los colombianos debido a la permanente ocurrencia de hechos anormales, no da tregua a pensar y menos a sopesar la importancia de valores que en el pasado nos distinguieron, como son la honradez y el honor, y en la masiva tribulación marchamos por un camino de acantilados dando tumbos, a ciegas o con los ojos vendados, por temor o necesidad, para no confrontar como actores y por creer que la fuga nos pone a salvo de resultado adverso, que puede tener la fuerza de un tsunami del que no es fácil salvarse, ni dándole a la mente oportunidad de intentarlo siquiera en lo místico. En medio de todo y sin darnos cuenta, a través del silencio se ha renunciado a la reivindicación, como refugio o escondrijo desesperado, para evitar que la fuerza de la corriente logre su designio finalista. La fuga de la realidad ha abierto camino a una sociedad sin norte ético, con reglas trazadas a conveniencia de individuos y circunstancias, en donde por inconsecuente que sea cada cosa, se justifica, como en un carnaval en el cual el disfrazado refleja con naturalidad lo que oculta en la vida real. Pero repensando lo de la desbandada, tal vez es más apropiado decir que en lo que estamos es en una ausencia de voluntad, distinta a un carnaval ciertamente, pero semejante en cuanto a que en éste el efímero goce es inseparable de hechos en los que pocos ganan y muchos pierden.
Un vaho desquiciante ha llevado a perder el olfato social y el sentido de las proporciones y ha empujado al país a anclarse en la irrealidad, que permite no solo aceptar sino transformar el acatamiento a la regla de orden en quebranto, para hacer valer y aceptar que todo es válido siempre y cuando no tienda a desesperezar, despertar o estimular positivamente la conciencia pública. Y si alguien no anestesiado, enajenado ni rendido se empeña en provocarla, lloverán sobre él amenazas, atentados y vituperios, apoyados en el miedo inoculado y aprendido — verdadero terrorismo — todo ello en beneficio del “statu quo” que se ha impuesto, o la frágil movilidad, para que todo marche con un solo ritmo, en un sentido único y con idéntica finalidad, en beneficio de quienes han hecho del ilícito su profesión, cuyas artimañas o raterías por arte de birlibirloque son transformadas en actos loables, para que sus autores figuren o aparezcan anrte la gente decente y honesta como personas admirables y respetables, y también ante sus vasallos que les rinden pleitesía hasta cuando se ven impelidos a delatarlos, aún a riesgo de su propio sacrificio, porque saben que su violación a la ley del silencio les abre las puertas del cementerio, lo cual es axioma en la delincuencia de todas las pelambres.
El pueblo de Colombia, lo es de honor, sabe que este valor es irredimible y más que recibirse, se tiene, y es inclaudicable. En defensa del mismo, cada ciudadano tiene el deber de defenderlo cualquiera sea su circunstancia, y algo mejor, saber que su honor es inseparable de él y q ue debe transformarlo en compromiso consigo mismo e in extenso, con su familia y su patria, a la cual algunos se refieren con sentido de propiedad identificándose como patriotas, disfraz utilizado para ocultar sus máculas, lo que aveces logran ensalzando a quienes sí lo son, y a quienes por momentos o estrategia también llaman héroes, palabra ésta que en los últimos tiempos ha perdido su esencia, y quienes la utilizan lo hacen a sabiendas de que para sus destinatarios puede ser ofensiva, no por el sentido de ella, sino por su procedencia. Hay elogios que de acuerdo a de quien provienen pueden hacer sentir a sus destinatarios como cómplices o culpables de lo que nunca han hecho. En Colombia una de las cosas en mayor riesgo es la verdad. Y lograr su establecimiento no es fácil porque quienes la temen van a impedirlo a todo trance, pero la nación no se puede rendir. Cada paso que se dé en su búsqueda, es un paso hacia la liberación de esa oscura e ignominiosa capa que por fortuna comienza a mostrar grietas.
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