Elkin Contreras Mendoza
El impetuoso río de la historia, ese en que inútilmente aspiramos zambullirnos por segunda vez, nos ha arrastrado hasta este paraje, donde reptan por doquier los monstruos del miedo, la incertidumbre, el desasosiego, empujando noche y día, con displicencia, esta frágil máquina de nervios y tendones hacia el vórtice meridiano de la muerte. Esta conciencia desventurada ha emergido en mí intempestivamente, desde las entrañas del aislamiento; no resulta difícil despertar cada mañana, persuadidos hasta los huesos, de que somos el clon de un personaje kafkiano.
Una espesa neblina envuelve la desierta acera y ya no hay lugar seguro donde apoyar el pie; la confianza ha hecho votos de renuncia mientras el covid-19 es un sabueso hambriento que muerde la mano desnuda que se abre sin malicia alguna. Tomamos dosis de distancia para no extinguirnos, besos y caricias han tomado licencias no remuneradas; en el último vagón del tren de la esperanza, todavía persisten las miradas fugitivas, huyendo como pájaros asustados de un balcón a otro, palomas mensajeras que picotean el púrpura amatista de un cielo que se desmorona en presencia del absurdo.
No es esta la voz del que clama en el desierto; es el grito harapiento que deambula en la soledad de cuatro paredes y que porta la verdad cruel y desnuda de un confinamiento que pareciera decretado por la ira caprichosa de los dioses que se complacen en ver cómo se rompe la frágil copa en que apuran ansiosos su vino los mortales.
Distanciamiento social, ¡castigo atroz para una especie social por naturaleza! Confinamiento, ¡cicuta para los que “estamos condenados a ser libres”!. Cancerbero invisible, el Covid-19 penetró con sus colmillos venenosos nuestra arcillosa existencia y aquí estamos, unos al borde de la locura, otros caminando sobre el filo de la navaja y hay quienes interpretan sueños y audaces profecías para justificar una puesta de sol a medio día.
Pero yo creo en ese impetuoso río de la historia que serpentea susurrando universales armonías, ese río no se detiene; sus aguas, unas veces apacibles y otras veces turbulentas, nos redimen de la peste del absurdo. En medio de esta espesa neblina que hoy surca nuestras vidas el alma no renuncia a la sisífica esperanza y se levanta cada mañana con la ilusión de despertar de una vez por todas de esta planetaria pesadilla.
@econtreras05

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