Ahora hay que apostarle a la escritura relajada lejos del tormento del nuevo virus. Aquí los dejo:
Agua y botella. La botella de agua es una hermosa alegoría del viajero que con el caminar vive sediento del líquido. Su carga cristalina es el secreto de la tierra, el profundo placer del tiempo y la montaña, y la avidez de la boca por supuesto. Dimensionado físicamente el objeto ocupa un embrujado cielo en la memoria humana. El líquido está ahí en aparente y solitaria soledad, en libertad pura. El agua, sin embargo, embotellada sigue prisionera de la música del silencio y la estrechez de otro universo. No sabe o quizá sepa de otros ríos o de la ficción de otros mares y lagos. Se pregunta por ciertos labios, los que casi siempre besarán el manantial de su boca. Mientras esto ocurre en la vieja manía del tiempo, la botella persiste en ser río. No adorna, porque no es un adorno. Es agua que nace de las entrañas de la tierra y vive en la calma de un lago o de un río, o en el alborozo del océano. Sí, es océano. La botella viene artísticamente creada de la imaginación humana. Da miedo decir hombre. Decir desastre. La sed apenas es el milagro de la comunión del río y la boca.
Infancia. Está en la cometa como pájaro que vuela entre los sueños y los sustos del cielo; o está concentrada en la deshilachada camiseta del verano, o en la locura abierta, rota por los vientos de los juegos. Ella, avispada en medio de los sueños, se aproxima a un corazón que late inocente entre caídas y moretones rebeldes de una piel nueva. Es la experiencia ensayística de las horas, el abismo, que a tientas reproduce el vértigo de toda la vida. Gritos, sustos, miedos, goles, espadas, trompadas, Nochebuenas. Ojalá los adultos pudiéramos beber otra vez de esta agua mágica, mitigar la sed de la inocente libertad y romper en cualquier horario el cuadro pesado de las responsabilidades heredadas. Esa sí sería otra nueva y vieja experiencia, otra manera de recordar que la vejez no tiene clavos y trancas, sino puertas y ventanas para volar entre la oscuridad y la luz; entre el juego y el rostro adusto del que sirve la copa. Como el poeta, entre la lucidez de sus amigos y la impronta de una infancia inolvidable. Ayer soñaba que la rebeldía es el aprendizaje mayor de la infancia, la manera lúdica de voltear la mesa de la realidad, desordenar el mundo, complejizar el nudo de las relaciones…
Gato. No es un león ni un tigre, pero es un felino. Su figura ha trascendido el tiempo de la hoguera y la veneración, hasta quedar en prisión de su propia figura y bella ternura. La ignorancia común le ha otorgado un origen extraño, pero su dinastía y realeza lo han salvado del ostracismo. Observarlo caminar nos retrotrae a un universo salvaje y prohibido, al prejuicio de la carne y la carnicería. Aunque en el viaje de la domesticación, saltar de la caza de ratones a la ternura de lo humano, lo convierte en amigo del hombre. Es una entrañable criatura cargada de misterio y sin embargo, también tiene el ADN ontológico de un ser inigualable. Ese es el gato, más animal que el amo, pero también más humano. Y siempre será agilidad, ternura, recuerdo de otros seres, compañía y la rara fascinación por lo humano y lo gato. Ser gato no lo convierte en animal, sino en misterio, en símbolo, en gota de tigre, o en aquella extraña veneración por la que muchos dilapidaron la vida, aunque hoy esté en casa para suplirle algo al animal humano, quizá la alcancía de la soledad o el vacío espiritual que a nosotros nos falta.

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