Caminé y abordé el auto. No era yo el que conducía. El vehículo tenía en su interior un plástico transparente que me distanciaba del conductor; además, una cremallera que se podía abrir y cerrar para cancelar el valor de la carrera. Mientras la ciudad vacía avanzaba, los semáforos cambiaban de color sin el afán del tiempo, a diferencia que antes perturbaban los ojos y oídos que te amargaban la vida en lo posible. Pregunté por qué tanto silencio sin acordarme que con el mío era suficiente. A lo lejos y de cerca caminaban transeúntes, no alcanzaba a escuchar sus voces, menos a arrancarles una sonrisa olvidándome de sus tapabocas, parecían zombis que iban y venían de otros mundos o, tal vez, por los cien días después en los que me había desprendido de la ciudad y, al parecer, todo lo que se asomaba era producto de mi estadía en la caverna o en mi apartamento, donde las horas vividas de mundos internos y externos se niegan y se afirman.
El sol de la mañana reflejaba sus rayos sobre la publicidad silenciosa de lugares citadinos con la complicidad de las puertas y esteras cubiertas alejándose de sus clientes, mientras que los negocios contiguos como balotos y otros pasaban tristes. ¿Sería que la gente dejo de soñar en sus creencias estándares de querer ser rico? Al son del viento y con un aire seco el comercio con sus establecimientos permanecía a espaldas de la clientela como innegable realidad. Se divisaban camiones cargados de mudanzas de los estaderos agotados por falta de recursos para sostenerlos. En la simultaneidad del trayecto pasé a escasos metros de un amigo y no pude llegar por razones de protocolos, aunque en Facebook tengo miles, pero distintos. Observé segura la ciudad por magia natural y, por otro lado, congestionada a decenas de kilómetros por hermanos terrenales saturados de ansiedad social por el peligro ante el amor a la vida. Caminando a prisas ganándole a las manecillas del reloj en una ciudad distinta pero que al final es la misma, llena de temor por el gobierno de Jaime Pumarejo Heins y su falta de garra para soñar, pensar, crear y hacer de la gente el momento esperanzador para volver a salir y vivir con dignidad.
En medio del camino no se asomaba el olor, menos la posibilidad de degustar de los restaurantes, el tiempo me había abandonado o tal vez yo había abandonado el tiempo, eran más de cien días después que permanecí en casa y ahora rompía el cerco imaginario cuando al cruzar la calle alcancé a leer varios avisos de algunas sedes políticas y uno que otro afiche que todavía se conserva, entonces me pregunté: ¿Qué tan determinantes son esas instancias orgánicas y personas para dar respuestas a los caminantes, refugiados, discriminados, lejos de nosotros, pero cerca del hambre y la miseria que los asedia todos los días? El eslogan de campaña del candidato “Barranquilla imparable”, hoy alcalde, Jaime Pumarejo es lo más objetivo y no admite discusión por las estadísticas de las víctimas del Covid-19 y su marca de gobierno “Barranquilla capital de vida”; la cual es contraria a la realidad provocada por sus contratistas fuera del contexto social al no corresponder a la solución de necesidades insatisfechas. Cabe recordar al mandatario su promesa en campaña de que su mayor inversión sería en lo social; lo cual es un reto ahora, pero un imposible al no contar con facultades políticas para hacerlo, por ser apéndice de la familia Char y de sus apostadores electoreros.
Otro caminante transeúnte testigo de la desolación en medio de la ciudad de Barranquilla es la seguridad de los establecimientos comerciales que, a pesar de las penumbras de la gente, han sido respetados, mientras muchos gobernantes y sus acólitos se roban la ciudad a través de artilugios y se dan golpes de pechos a través de los medios y de las redes sociales. No obstante, algo que me asombra es la reducción de los niveles de criminalidad, mas bien por el pánico que existe sobre el Covid-19 que por las políticas públicas implementadas para acabar con ese flagelo. Otro fenómeno social al andar circulando por varias horas en la ciudad cien días después es el silencio rotundo sobre los hermanos venezolanos inmigrantes ubicados en diferentes sectores barriales y comerciales, nos preguntamos: ¿dónde viven o se fueron para su lugar de origen? Los recursos nacionales y aportados por las ONGs ¿quiénes los administran o en qué se invierten?
Una vez más se demuestra que algunos días vividos en la ciudad en las actuales circunstancias nos embargan de alegría y otros de tristeza; pero, a su vez, nos exhortan a dimensionar una naturaleza sabia que asoma las aves hasta la ventana de mi caverna, aunado al sentir del abanicar del viento y la belleza de los arboles que albergan la esperanza por su color y aroma. Repensar Cien días después.
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