Las relaciones de Marta Lucía Ramírez con el alto gobierno no pasan por su mejor momento. Su distanciamiento con la Casa de Nariño y las tensiones con la ministra de Transporte dejan ver que la vicepresidencia no es una responsabilidad fácil.
En los gobiernos pasa algo parecido a lo que sucede con los matrimonios: una cosa es la luna de miel y otra la convivencia cotidiana. Algo de esto se ha visto en los últimos días con motivo de un pulso que tuvieron la vicepresidenta Marta Lucía Ramírez y la ministra de Transporte Ángela María Orozco. Las dos habían sido grandes amigas y socias, y a Orozco la nombraron por recomendación de Marta Lucía cuando ella se estrenaba como la número dos del Gobierno Duque.
En ese momento, el antecedente inmediato era la vicepresidencia de Germán Vargas Lleras. Él, como número dos de Juan Manuel Santos, fue el primero en ese cargo en tener verdadero poder e influencia. Con Marta Lucía, quien llegó a la vicepresidencia como el resultado de una coalición entre los uribistas que habían sido precandidatos, se pensó que iba a pasar lo mismo. Ella tenía una hoja de vida de lujo. Además de haber sido dos veces ministra, embajadora y senadora, tuvo múltiples responsabilidades en el sector público y en el privado. Eso la dejaba con mucha más experiencia de gobierno que la que tenía su jefe, el presidente de la república.
Por eso esperaba que en su caso aplicara una delegación de funciones parecida a la que había tenido Vargas Lleras. Una de estas iba a ser la infraestructura y de ahí la designación de una persona de su confianza como Ángela María Orozco. Pero con el paso del tiempo las atribuciones de la vicepresidenta quedaron más en el papel que en la práctica. En el palacio presidencial mandan Iván Duque y María Paula Correa, y la dinámica del trabajo día a día ha hecho que Marta Lucía no haya sido incluida en varias decisiones importantes.
Algo parecido sucedió con Ángela María Orozco en el Ministerio de Transporte. Ella, discreta pero eficiente, se ha destacado como una de los mejores ministras de este Gobierno. Pero como el verdadero poder está en la Casa de Nariño, acabó reportándole directamente más al inquilino de esta que a la vice. Estos cortocircuitos han desembocado en que en la situación actual hay tensiones entre el presidente y Marta Lucía, y entre ella y Ángela María Orozco.
A todas estas, el entonces viceministro de Transporte, Juan Camilo Ostos, una de las personas más cercanas a la vicepresidenta, renunció a su cargo por diferencias con la ministra Orozco. Marta Lucía trató de crear entonces una consejería con múltiples funciones que incluían la supervisión de “los sectores de transporte e infraestructura”, en donde quería poner a Ostos. En la práctica, eso significaba que quien había sido viceministro de Ángela María Orozco pasaba a supervisarla.
La ministra protestó y dejó saber al presidente que en esas circunstancias estaría dispuesta a renunciar. Eso creó una minicrisis en el alto gobierno que lo llevó a modificar el decreto. Mantuvieron todos los elementos del original, pero eliminaron los relacionados con transporte e infraestructura. Con ese ajuste se calmó la marea.
Ese episodio pone de nuevo sobre el tapete el debate en torno a la conveniencia de la figura constitucional de la vicepresidencia. Fuera de reemplazar al presidente en su ausencia temporal o permanente, no tiene funciones concretas. Su campo de acción depende exclusivamente de lo que le asigne el jefe. Con la excepción del poder que le dio Juan Manuel Santos a Germán Vargas Lleras, ningún vicepresidente ha sido muy relevante. En algunos casos ejercieron simultáneamente otro cargo, como Humberto de la Calle que fue embajador en España. Pero el proceso 8.000 lo distanció de Ernesto Samper y eventualmente renunció. Gustavo Bell, de sus cuatro años como número dos de Pastrana, fue ministro de Defensa un año. Aparte de estas responsabilidades transitorias, los vicepresidentes por lo general han tenido más pantalla que oficio.
A Marta Lucía sí que le importa mucho no tener oficio. Ella es una servidora pública muy competente y con amplia experiencia en muchas áreas, como economía y defensa. No es una persona de funciones protocolarias, sino de mucho trabajo y con resultados. Eso esperaba cuando llegó a la vicepresidencia, pero por varias circunstancias no se dio. Hoy atraviesa un momento difícil por dolorosos escándalos familiares que nada tienen que ver con con su desempeño profesional. La irrelevancia de la vicepresidencia es ajena a su personalidad y a su trayectoria. En los dos años que le faltan a este Gobierno, su capacidad de trabajo podría serle útil al país si la saben aprovechar.
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