Tasajera: de exuberancia pesquera a pobreza infernal

Por: Norman Alarcón Rodas
A principios del año 1976, hace cuarenta y cuatro años, conocí por primera vez a Tasajera, corregimiento del municipio de Pueblo Viejo, Magdalena, ambos situados en la Isla de Salamanca y en un delgado espacio entre el mar Caribe y la Ciénaga Grande de Santa Marta. Tasajera era como una postal de un pueblo mágico, pintoresco, de aspecto apacible y fiestero, con algunas casas palafíticas. Hice amistades con pescadores que me invitaban a sus faenas ciénaga adentro en sus canoas a motor y luego venía el festín con los abundantes frutos de sábalos, robalos, mojarras blanca y rayada, lebranches, entre otras muchas especies. Recuerdos imborrables de mi juventud en la Región Caribe, en la cual vivo en la actualidad.
Cómo no indagar sobre las causas de la metamorfosis ocurrida durante cuatro décadas, periodo de tiempo relativamente corto, de pasar de ser un emporio pesquero al infierno que conoció Colombia y el mundo en los últimos días. Varias razones lo pueden explicar.
PARQUE NATURAL NACIONAL ISLA DE SALAMANCA
Empecemos recordando que la Isla de Salamanca es un Parque Natural Nacional de importancia mundial, que hace parte del delta estuariano del río Magdalena al desembocar en el mar Caribe. Se nutre de las aguas del río Magdalena y de la Sierra Nevada de Santa Marta, que se intercambian con las del mar Caribe, en medio de una vegetación exuberante, rica en manglares y flora y fauna singulares. Por tratarse del humedal más importante del país está adscrito al Convenio Internacional Ramsar, que protege dichos cuerpos de agua, de los cuales hace parte también la ciénaga de Mallorquín de Barranquilla, y al que llegan miríadas de aves migratorias de otras partes del continente americano buscando clima benigno y alimentos.
DETERIORO AMBIENTAL
A principios del siglo XX, la canalización de los distritos de riego para los cultivos de banano disminuyó los caudales de agua de los ríos de la Sierra Nevada. Era la época de la United Fruit Company. Luego, en las décadas de 1930-1940, la sedimentación del río Magdalena se incrementó por la deforestación del país. Pero la construcción de la carretera Barranquilla-Ciénaga, iniciada en 1955 y que atraviesa la Isla de Salamanca, trajo consecuencias devastadoras porque le interrumpió la continuidad del flujo de aguas entre los manglares situados a ambos lados de la vía, produciendo el bloqueo de las conexiones del agua marina con las de la Ciénaga Grande de Santa Marta. (Garay, et al, 2004).
Durante los años 1960 y 1970 se desarrollaron programas de aprovechamiento de la madera del bosque del manglar, para lo cual se construyeron canales y diques que afectaron de forma considerable el drenaje, los flujos de agua y el relieve en el bosque.
En 1977 se instalaron 172 torres de conexión de redes de alta tensión y se tendió el gasoducto en la barra de Salamanca entre Barranquilla y Ciénaga, lo que, junto con otras acciones antrópicas en la cuenca del principal abastecedor de agua de la ciénaga, el río Magdalena, condujo a la merma de los volúmenes hídricos requeridos. Terminaron de ahondar el desastre la escasa precipitación y la alta evaporación. La hipersalinización de las aguas y la sedimentación ocasionaron la pérdida de cerca del 70% de la cobertura de bosque de mangle.
DESCALABRO SOCIO-ECONÓMICO
Pero el factor decisivo ha sido la debacle económica con las políticas aperturistas y tratados de libre comercio, sobre todo a partir de 1990, que menoscabaron la producción del agro y la industria del país y de la región. Las importaciones masivas debilitaron la seguridad alimentaria trayendo secuelas graves como el desempleo estructural y la informalidad laboral. Se disparó la concentración de la tierra, como lo muestra el Censo Agropecuario del Dane dado a conocer en el 2014. La explotación carbonífera extranjera en el Cesar también dejó su impronta con la construcción de tres muelles de exportación del mineral en las playas de Ciénaga, que destruyeron la flora y la fauna marítima contigua a Pueblo Viejo y Tasajera. También la situación de la violencia desperdigó a miles de campesinos y gentes sencillas que buscaron abrigo en estos pueblos acogedores, pero entronizando cinturones de miseria a lo largo de la vía.
Tasajera se transformó de importante centro pesquero en un pueblo lleno de necesidades básicas insatisfechas, sin servicios públicos, con altos niveles de desempleo, pegado del mototaxismo por necesidad y con cientos de vendedores de almojábanas y agua en el peaje, que deja miles de millones de pesos al año, pero todos para el concesionario. La corrupción también ha campeado por Pueblo Viejo, entre otros con Alberto Carrasquilla, ministro de Hacienda actual, quien se lucró con los bonos de agua al prestarle a este municipio $1417 millones para dotar de acueducto a los corregimientos de Tasajera y Palmira en 2008, pero doce años después no hay acueducto y siguen pagando la deuda. El pésimo servicio de Electricaribe lleva a bloqueos de la estratégica vía cuando falla el fluido, que es a cada rato.
Por eso es un despropósito responsabilizar, así no más, a los habitantes de Tasajera de la tragedia infernal del lunes 6 de julio sin tener en cuenta el contexto social, económico, ecológico e histórico de un pueblo que hace cuarenta y más años sonreía con la abundancia de las faenas pesqueras, pero al que le llegaron las plagas de Egipto con un modelo económico injusto y depredador que concentra la riqueza en pocas manos y la miseria para la mayoría. Tendrá que voltearse la torta para que Tasajera vuelva a sonreír con una Nueva Democracia que le depare seguridad alimentaria y bienestar genuino.
#DIARIOLALIBERTAD

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