Por:
Alberto Ortiz Saldarriaga

La dirección de transmisión del COVID-19 en Barranquilla, como en el resto del país, no va desde los sectores pobres hacia las élites. El virus no llegó a la ciudad a pie sino en avión. Su probable arribo se produjo, así insistan en negarlo, en alguno de los muchos turistas extranjeros que nos visitaron para carnaval, sin que se ejerciera sobre los mismos ningún tipo de control por parte de las autoridades, como de manera creíble lo testimonió la periodista Gloria Monroy.
Tampoco es para nada descartable que el virus haya llegado poco después, o en una segunda oleada, por el Aeropuerto Ernesto Cortissoz, en alguno de los vuelos internacionales de residentes locales que estuvo y regresó de Europa, también sin que sobre los mismos se practicaran pruebas, se hiciera cuarentena y mucho menos se ejerciera un estricto proceso de monitoreo sobre la evolución de su estado de salud. Ese posible foco de entrada del virus se asumió folclóricamente. Con ese mismo folclor que se atribuye y repudia pero en los ‘descamisados’.
Luego, la irresponsabilidad, inconciencia e incultura ciudadana se puso de manifiesto o afloró no en un baile o verbena popular, sino también en una fiesta de alta alcurnia en uno de los clubes sociales más exclusivos y excluyentes de la ciudad, como a su tiempo y con gran valor civil lo denunció profusamente el senador Armando Benedetti. Allí, con invitados del exterior, sin dudas se expuso no solo a los asistentes sino a trabajadores del club con lugar de residencia en los sectores populares.
A pesar de lo incontrovertible de todo lo anterior, una preconcebida matriz de opinión pretende hacer ver como responsables a quienes no lo son, magnificando para ello y/o colocando el zoom, para responsabilizarlos, en los que carecen de voz y de medios para defenderse. Y no es que pretenda del todo exculparlos o eximirlos de responsabilidad, pero aquí hay otros responsables que buscan las sombras y huyen a los reflectores para evadir su corresponsabilidad.
También, hay que decirlo, es desacertado, haciendo uso de la misma lógica equívoca, insinuar que el problema proviene o se acrecienta por los puertos ribereños que conectan a los municipios pobres del Magdalena y de Bolívar, a sus similares del Atlántico.
La fiebre no está en las sábanas o el ahogado no se busca nunca río arriba. Las cifras de Barranquilla y el Atlántico no son importadas o surgen del contacto de los atlanticenses con sus vecinos del otro lado del río Magdalena o del Canal del Dique. Tampoco son el producto del tránsito por nuestro territorio de sus habitantes. No es lícito revictimizar y volver victimarias a las víctimas.
Seamos claros. Los más de 12 mil casos de Barranquilla están localizados en sus barrios y no corresponden a población en tránsito. Por su parte, los más de 10 mil casos del Departamento del Atlántico, están localizados en barrios de las respectivas municipalidades y no corresponden a población que se desplazó de otros departamentos a los municipios del Atlántico. A estos últimos el virus les llegó desde Barranquilla y no desde otros municipios colindantes.
Nada más entre los 11 municipios con más casos del Atlántico (Soledad, Malambo, Galapa, Baranoa, Puerto Colombia, Sabanagrande, Sabanalarga, Santo Tomás, Palmar de Varela, Candelaria y Polonuevo) hay más de 9.500 casos que representan un 90% de los episodios de COVID-19.
Mientras, en los municipios circunvecinos del Magdalena (Sitionuevo, Remolino, Salamima, El Piñón, Cerro de San Antonio, Concordia y Pedraza) solo se presentan hasta hoy y de acuerdo al INS 52 casos y 5 decesos. De igual forma en los municipios de Bolívar (Santa Catalina, Villanueva, San Estanislao, Soplaviento y Calamar) solo hay 119 casos de expresión tardía e igual número de fallecidos a los anotados para el Magdalena.
¿Vertemos entonces la culpa, desde convenientes teorías conspirativas, en pueblos del Magdalena y de Bolívar? Culpar a “otros” y no aceptar las propias responsabilidades, equivale a evadir o esconder los factores reales y de fondo que pueden estar gravitando en el problema y que no se han atacado: pobreza multidimensional, desempleo, subempleo, hacinamiento, escasa escolaridad, falta de cultura y un sistema público de salud raquitizado por la lógica de privatización de la salud pública, dónde a las EPS les cabe un altísimo nivel de responsabilidad por omisión y un manejo inadecuado de la crisis, manejo en el que son más importantes las utilidades, es decir, la economía que la vida.
#DIARIOLALIBERTAD
Y.A.

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