Por: Euripides Castro Sanjuan

Cíclicamente se presenta una crisis humanitaria de salud universal, ocasionada bien sea por las guerras, o bien por las pandemias. El problema es que cada crisis según la historia ha tenido un factor común: la inseguridad a que están sometidas las minorías étnicas en atención a su fragilidad biosocial y entre ellas, la más afectada de este lado de los océanos ha sido siempre la etnia aborigen, nativa o indígena, como se le quiera llamar a los  primeros pobladores de américa,  Caribe, Aztecas, Siux, Cheyenne, Muiscas, Mayas, Araucanos o Incas entre otros.

 

Nuestros “hermanitos mayores” son vulnerables, no han tenido descanso para su supervivencia después de la venida de Colón. Cuenta la historia que cuando llegaron las hordas de conquistadores europeos, trajeron consigo ciertos virus, gérmenes y bacterias desconocidos para las defensas biológicas de nuestros nativos. Murieron más indígenas a causas de la gripe, la viruela y enfermedades venéreas, que los caídos por los sables, la pólvora, los perdigones de los arcabuces o los cañones de los invasores. Su población mermó escandalosamente y se habría extinguido sino es por la ayuda decidida de Fray Bartolomé de las Casas y de Pedro Claver.

 

El confinamiento no es nuevo para los aborígenes. Devolviendo la historia, en la época de la colonia los criollos los hacinaban en Resguardos, condenados al aislamiento por el simple “delito” de ser oriundos y propietarios naturales de esta tierra. Siguieron diezmándose además, por los trabajos forzados a que eran subordinados y por el hambre, como viene sucediendo todavía con los niños wayuu que mueren por inanición, porque los ambiciosos “herederos de los encomenderos”  se las arreglaban para desconocer flagrantemente las leyes que venían de Madrid cuando amparaban y garantizaban la dignidad y derechos de los indígenas. De allí el dicho popular: “se obedece pero no se cumple”. Estos se creían de mejor estirpe por ser descendientes de algún conquistador, los sometían, los explotaban y los relegaban a las peores y estériles tierras, y los obligaban a trabajar gratis para sus haciendas, para después botarlos enfermos y decrépitos a una muerte segura. De allí nació la figura de José Antonio Galán como instrumento de resistencia.

 

Ya, en la “libertadura de Cundinamarca”, la casta criolla con ínfulas de marqueses y sultanes, llenos de vanidades, en vez de acabar con el yugo de la corona, le exigían solo prebendas y cargos administrativos importantes para apropiarse de la fuerza laboral y la tierra de los nativos. Señala la historia, que en la época de “la patria boba” los llamados “carracos” le dieron una estocada fatal a la supervivencia de nuestros aborígenes llamados despectivamente “guaches”, expidiendo leyes impositivas a los productos nacionales, porque mayormente los nativos eran artesanos y cultivadores. Dichos aranceles a sus productos, eran difíciles de pagar y, por otro lado, “los descendientes de don Pelayo” motivaban la preferencia por los artículos importados que les “daba caché lanudo” fecundando el contrabando Británico y resignando a los indígenas a la inopia e inanición. Drama que Nariño, Carbonell y los Gutiérrez de Piñeres lograron contener un poco.

 

Luego de la Revolución Industrial, madre de todas las pandemias universales, se viene entonces la “fiebre del caucho”. Es cuando cae como peste en nuestros territorios indígenas, ricos en esa materia prima, una caterva de facinerosos llamada “Casa Arana”. Esta multinacional peruana, por el simple prurito de no pagarles los salarios a los indígenas amazónicos, reclutados a la fuerza en nuestras selvas, les aplicaban la “ley de fuga”, es decir, los espoleaban e incitaban a correr para perseguirlos y cazarlos con rifles y bayonetas como si se tratara de bestias salvajes. Murió así una gran cantidad de nativos que casi extingue una tribu como la de los “Tucanos”, que se salvó solo  por la intervención decidida de las autoridades del Reino Unido que pudo contener la barbarie.

 

Otra calamidad que azotó a nuestros indígenas, cuenta la historia reciente, ha sido la de los grupos armados ilegales, llámese guerrilla, paramilitares o bacrim. Que de una u otra manera  desarraigaron de sus tierras con crueldad a los indígenas, diezmándolos a punta de masacres o desplazándolos a tierras desérticas y estériles, y/o a las “favelas” de las grandes ciudades, conduciéndolos a una posible extinción o a la indigencia. Sus expectativas de supervivencia están en clave procesos de Paz.

 

Ahora vemos como el COVID19 se está ensañando y acabando, a pesar de su fortaleza milenaria, con los restos de esta etnia que ha convivido en armonía con la naturaleza. En los hospitales de territorios donde habitan los indígenas, que son invisibles para las estadísticas del DANE, los informes de prensa anuncian que no hay cobertura hospitalaria, que no se cuenta ni con un ventilador para las terapias respiratorias, ni mucho menos políticas de salud pública y por ello las tantas muertes de los nativos por el virus, lo que significa que están echados a su suerte y solo Dios podrá salvarlos del contagio en su entorno. Como no existe, ni ha existido para ellos la protección y la garantía a su derecho a la igualdad y a la vida (arts. 11,13. S.), en conexidad con el derecho a la salud por parte del Estado, nuestros indígenas son vulnerables. Hoy como nunca, o quizá, como siempre, estarían en grave riesgos de extinción, con ocasión de la pandemia del coronavirus. Sus esperanzas se cifran en las plantas medicinales ancestrales y en las medidas que el presidente Duque está tomando para evitarlo.

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