Algunas personas se han extrañado por la actitud de sus pastores en medio o de la situación de emergencia generada por la Covidi-19. Acreditan que quienes conducen el rebaño deberían estar en primera línea en estos momentos de incertidumbre y confusión. Creen que el alimento espiritual vendría muy bien en estos días de hambre física y emocional y están convencidos que la presencia de los sacramentos en su vida daría mucho conforto y fortaleza mientras pasa esta noche oscura.
Otras personas, más oportunistas que objetivas, las mismas que siempre sin reconocer nunca nada bueno la han echado la culpa a la Iglesia de todo lo malo que pasa en el mundo, piensan que la pandemia reveló la cobardía de la Iglesia y de sus pastores. Herido el rebaño, los pastores huyeron como asalariados que corren cuando llega el lobo. Estas personas para justificar sus señalamientos evocan testimonios martiriales del pasado en donde hombres y mujeres arriesgaron el pellejo en medio de calamidades peores.
Confieso que para alguien como yo, que soy sacerdote hace 16 años, estos comentarios son terriblemente dolorosos. Dolorosos porque creo que son injustos, oportunistas y mentirosos.
Cuando el 15 de marzo, después de misa, tuve que mirar de frente a mi comunidad y decirle que cerraría la parroquia por un tiempo indefinido sentí que algo dentro de mí se quebraba. Nunca imaginé que tendría que tomar una decisión así. Nunca imaginé la posibilidad de tener que cerrar la casa de Dios, la casa de todos los creyentes, la casa incluso de todos los que no tienen casa. Fue muy duro saber que desde ese momento el rebaño que me había sido confiado quedaría sin acompañamiento espiritual directo, sin vida sacramental física, sin las puertas del templo como siempre abiertas, sin la vida que imprimen los grupos pastorales, los movimientos apostólicos, las comunidades, los servidores y ministros. Imaginé lo terrible que sería pasar una tarde frente a mi parroquia y ver en ella algo parecido a un cementerio: una casa triste, vacía y fría. Ese día que anuncié la noticia no tuve ganas de comer, no hablé con ninguno, se me quitó el sueño, lloré. Nadie me vio hacerlo, pero lloré.
En obediencia a las orientaciones de las autoridades, tomando en serio la peligrosidad de un virus desconocido, me alineé al grupo que honestamente creyó que, dadas las circunstancias, la mejor manera de ayudar era siendo prudentes evitando las aglomeraciones de personas y quedándose en casa. Como pastor honestamente no tomé esta decisión pensando en mí, la tomé pensando en el bienestar del rebaño.
No creo que los pastores hayamos sido cobardes; creo que hemos sido prudentes, creativos y solidarios; hombres de fe que esperan y saben que esta noche oscura pasará; guías que hemos tenido que encontrar formas nuevas de acompañar a la gente. Tal vez no sean suficientes, pero puedo señalar que no han sido pocas las experiencias de servicio social, ejercicios de solidaridad, promoción humana, presencia en las periferias, servicios en hospitales, sanatorios, centro de ancianos, etc… donde muchos pastores han estado arriesgando la piel por el bienestar de las ovejas. También sé que Inclusive muchos de aquellos pastores que se atrincheraron, tampoco dejaron de disparar: siguieron anunciado la palabra, acompañando espiritualmente a las personas, ayudándose creativamente de la tecnología para que a nadie faltase nunca una palabra de conforto. Muchos de nosotros hemos tenido tiempo para confrontar la realidad que nos golpea con la utilidad de nuestro ministerio y hoy reconocemos con mayor humildad y sentido común el valor de la ciencia, el trabajo de los profesionales de las distintas áreas y sabemos que uno de los principales aportes que podemos ofrecer al mundo es mantener viva la fe y la esperanza en los corazones de la gente mientras llega el final de la tormenta.
Durante el tiempo de cuarentena he intentado leer lo que está pasando desde una perspectiva espiritual y profética y he encontrado que esto que estamos viviendo tal vez no sea sólo la batalla de la raza humana contra un virus minúsculo que enferma y mata sino una guerra contra un sistema de cosas que se está mostrando vez más caduco y obsoleto. Hoy es más fuerte em mí la convicción de que para que haya un futuro sostenible el irrespeto al hombre y a la naturaleza tiene que parar.

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