La sucesión de escándalos de todo orden, de vieja y reciente data, algunos generados en el momento, tienen atontado al país en estos días de confinamiento forzoso causado por el covid 19, que ha desviado la atención sobre asuntos cruciales de importancia, aunque golpean de manera grave la dignidad, más que su comparación con la entrega gratuita de comestibles o de auxilios dinerarios, que los beneficiarios reciben agradecidos y rendidos, como si provinieran de un peculio personal y no de recursos suyos, extraídos generalmente de cargas impositivas, directas e indirectas. Los colombianos estamos perdiendo en muchos aspectos, pero el gobierno parece ganancioso, porque la conturbación causada por la tragedia le permite promoverse con fruición en el interregno dictatorial autorizado por la constitución política, bajo la figura de la declaratoria de emergencia económica, social y ecológica, estratégicamente publicitada con mensajes subliminales a los cuales no puede responder la oposición, sin riesgo de parecer recalcitrante, divulgados por todos los canales de televisión en horario triple A, en fiel imitación de los consejos comunales sabatinos heredados de antepasado gobierno y mimetizados por el actual, con el nombre engañoso de construyendo país, espacio de autorecreación oficial en el que un presidente exultante dispensa saludos, besos, abrazos y anuncia soluciones que poco o nunca se materializan, a problemas minúsculos y grandes, pero que tienen la recompensa inmediata del aplauso de la concurrencia, poblada en forma mayoritaria por los simpatizantes del régimen.
La tragedia causada por el mortal virus ha llegado providencialmente como tabla de salvación para una administración opaca, sin personalidad propia y sin el vigor de independencia y autodeterminación recibida del sufragio depositado por el constituyente primario, que no se produjo como regalo sino como mandato de responsabilidad y compromiso con un país afectado hasta los tuétanos por un torrente de corrupción, que a su paso viene dejando ruina, muertes, desolación, miseria y un semillero de otras manifestaciones delincuenciales que parecen interminables, por su infinita capacidad de hacer ver blanco lo que es negro, limpio lo que es sucio y fragante, lo pútrido, en asombrosa metamorfosis. Y como suma al dolor y la confusión germina con fortaleza la semilla del oportunismo y la viveza, que arraiga y profundiza cada vez más la inconformidad y solivianta los ánimos de quienes más sufren. En la vileza y ceguera a que los lleva su atrevimiento, hay sectores que se creen dueños del país e imbuidos de ello han propuesto reformar la constitución para acomodarla a sus intereses, quitarle al trabajo su valor, modificar el régimen pensional para favorecer la privatización, minimizar el Congreso, refundir las cortes de justicia en una, a imagen y semejanza de sus proyectistas, acallar la protesta social y echar al olvido los crímenes planeados en esferas de alto coturno y cometidos sin piedad por victimarios materiales que después han sido ejecutados para obtener el silencio, borrar la memoria histórica y asegurar la impunidad que a los autores intelectuales les permite la inmanencia de figurar o reinar como figuras salvadoras. Con profunda tristeza, ese es el panorama de una nación golpeada, anestesiada, dividida y gobernada al estilo light, con criterio de parranda y servilismo, por el ganador de la lotería de haberle caído bien a su prohijador, al que no solo es obsecuente en lo que a este fascina, sino al que supera en todo aquello que aquel en su momento no pudo realizar por circunstancias ajenas a su voluntad. La pandemia del covid 19 pasará, no hay duda. Pero queda la incógnita de si los estragos padecidos dejarán alguna experiencia correctora, o un serio proposito de en mienda, que, por lo visto, no es el que se espera del régimen, mas sí del pueblo, aunque confundido, a veces grita con masoquismo en favor de sus verdugos.
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