Dios te cuida, pero tú también

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Desde que el hombre comenzó a caminar en esta historia entendió que si quería sobrevivir como especie debía organizarse como grupo, como tribu o como comunidad para enfrentar así los desafíos de la naturaleza. La ley del más fuerte, que imperó durante mucho tiempo, tuvo que ser sustituida paulatinamente por convenciones humanas que pudieran garantizar la convivencia en paz y tranquila de los individuos.
No fue fácil llegar a una organización social en la que cada uno de sus miembros se sintiera bien. Fue complicado encontrar una ecuación en donde las diferencias se pudieran equilibrar con condiciones de igualdad para todos. Sabemos que nuestra historia ha parido imperios, satrapías y reinados.
En todas las organizaciones sociales los miembros de una sociedad tuvieron que renunciar a ciertas cosas y darle poder a una persona o grupo de personas para que pudieran tomar decisiones a favor del bien común. Existieron faraones, emperadores, reyes y zares. Hoy existen presidentes, senadores y primeros ministros…
Quienes fueron elegidos para gobernar tuvieron un papel paternal y tutelar dentro de las sociedades donde ejercieron sus funciones. La gente se acostumbró a ser dirigida por alguien más fuerte, más rico y poderoso. Estos no siempre fueron ni los más santos ni los más inteligentes. La gente por comodidad tal vez les dio a ellos las riendas de su vida. La masa fue convencida de que sin gobernantes la vida sería un completo caos. Y muchas veces fue cierto porque las veces en que no hubo gobernantes el pueblo los pidió, cuando murieron los emperadores el pueblo los lloró, cuando peligraron las formas de gobierno el pueblo fue a la guerra y mató en nombre de la paz, de la libertad, de la dignidad, del amor o de otras cosas menos sublimes y más banales.
Debo reconocer que tal vez ésta sea una manera muy simple de referirme a un asunto bastante complejo pero lo dicho me sirve para señalar una verdad desnuda que ha ido apareciendo en estos días de pandemias y cuarentenas. Nuestros gobernantes, nuestros líderes, nuestros padres de la patria y nuestras instituciones no han tenido el poder, la voluntad ni la inteligencia para cuidarnos y protegernos em este tiempo. A la mayoría les quedó grande un virus minúsculo que se muere con agua y jabón y hoy nos sentimos flotar temerosos en un mar de incertidumbres pensando que tal vez haya sido un gran error confiarles ciegamente nuestra seguridad a otros. Cada día es mayor la percepción de que colocamos durante mucho tiempo la responsabilidad de cuidarnos en unas manos incompetentes.
En este punto se hace necesario reflexionar sobre una realidad que no se puede esquivar en el futuro. De aquí para adelante no podemos dejar sólo en manos ajenas nuestro propio cuidado; cada uno tendrá que cuidarse y protegerse no sólo por un deseo mezquino de autoconservación sino porque de ese modo cuida y protege también a los otros. Nos cuidamos para cuidar, nos protegemos para proteger. No se trata sólo de buscar el bienestar personal sino de colocar el foco de atención en el sujeto que hace parte de una sociedad que él mismo edifica y sustenta.
Hoy sigue vigente aquel famoso consejo que Pablo dio a los presbíteros de Éfeso: “Tengan cuidado de ustedes y del rebaño”; el apóstol sabe que es muy importante primero cuidarse para después poder cuidar a los otros. Coloque su máscara y después ayude a colocar la mascara a los demás, enseñan acertadamente los protocolos de vuelos civiles; lávese las manos y utilice tapabocas para que evite el contagio suyo, el de su familia, y de los vecinos; aconseja la OMS para evitar que este el virus continúe haciendo estragos.
Pienso que si seguimos esperando que los mismos que estaban durmiendo mientras se formaba la tormenta nos vengan a cuidar y a proteger no sólo nos vamos a enfermar de todas las infecciones habidas y por haber, sino que también vamos a morir de viejos esperando que cambie la ecuación y las gallinas de arriba por una vez en la vida puedan dejar de echarle flores a las que están debajo. En ese sentido, son profundas las palabras del papa Francisco cuando nos exhorta para que ahora más que nunca sean las personas, las comunidades, los pueblos quienes estén en el centro, unidos para curar, cuidarse y compartir… Dejar este trabajo en manos de quienes lo han hecho mal sería irresponsable y peligroso.

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