Todavía retumba en los confines del universo el eco de las palabras pronunciadas por el Sumo Pontífice, en el marco de una emocionante misa oficiada en un improvisado altar instalado en una –por primera vez en la historia– solitaria Plaza de San Pedro, para la realización de la tradicional bendición conocida en el ámbito católico como Urbi et Orbi, en la que concedió el perdón de los pecados a todos los fieles del mundo.
Allí, la cabeza principal de la Iglesia Católica realizó la bendición realizada en esta ocasión de manera extraordinaria con motivo de la pandemia. Hay que destacar que es la primera vez en mil años, que esta bendición papal se realiza ante una plaza completamente vacía, para impartir la bendición, no con motivo de una festividad católica –domingo de Resurrección y la Navidad– como ha sido lo tradicional, sino en un momento de gran incertidumbre a nivel internacional.
Indiscutiblemente fue un acontecimiento más bien desconcertante para quienes a través de la historia estaban acostumbrados a que miles de personas rodearan al Sumo Pontífice en cada una de sus apariciones en público.
En esta ocasión la multitud se quedó en su casa cumpliendo las recomendaciones de las autoridades motivada por la emergencia ocasionada por la pandemia, que entre otras cosas sigue golpeando al mundo entero y de lo que no han quedado exentos los habitantes del Vaticano, en donde tampoco se permiten las aglomeraciones, tal como ocurre a escala mundial, en el que la preocupación por la vida y la estabilidad económica se han generalizado por todos los rincones del globo terráqueo.
Un aspecto al que el Papa Francisco hizo referencia cuando exteriorizó su llamado a “no tener miedo”, a pesar de la gravedad de la situación que afronta el mundo, cuando dijo:
“Desde hace unas semanas parece que todo se ha oscurecido, densas tinieblas han cubierto nuestras plazas, calles y ciudades enteras; se fueron adueñando de nuestras vidas llenando todo de un silencio que ensordece y un vacío desolador que paraliza todo”.
Fueron palabras que seguramente perdurarán en la mente de todos los católicos del universo, no solo por lo impactantes que fueron para millones de personas que lo escucharon y observaron a través de las pantallas de la televisión, sino porque el Papa Francisco las pronunció en medio de una ceremonia que es catalogada como una de las más importantes, en el marco de la milenaria tradición romana.
Hay que destacar que esta inédita ceremonia, el Papa no solo oró pidiendo la intervención divina en el acontecimiento que nos convoca al actual enclaustramiento obligatorio, sino que adicionalmente otorgó la indulgencia a todos los creyentes del mundo, lo que en significado bíblico representa, el perdón total de los pecados, sobre esto hay que aclarar que el Derecho Canónico establece que los pecados que se perdonan son los realizados antes de la bendición, no los que se cometan posterior a esta, es lo que se conoce popularmente como borrón y cuenta nueva.
Es digno de destacar el llamado de atención con el que el Papa Francisco pretendió abordar temas tan diversos como las desigualdades sociales, la crisis en el medio ambiente, además de señalar todas esas debilidades y errores humanos, destacó que en medio de la inestabilidad actual a la que se enfrenta el mundo, nace una nueva oportunidad para la urgente unidad de la humanidad en la lucha contra un enemigo común, el coronavirus.
Invitamos a nuestros lectores, a la ciudadanía barranquillera, a toda la humanidad, a reflexionar en medio de esta crisis sobre la importancia de la fraternidad, la igualdad y de la solidaridad, frente al individualismo y el egoísmo.

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