Del tiempo interno del hombre

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Aunque los meses pasen volando, voy dejando mis años regados por el camino sin la magia del prestidigitador. Es un don del tiempo y la sabiduría humana, ganado contra la muerte, la muerte rápida y la aceleración del vivir consumista. Mi tiempo es de reposo, filosóficamente rentalizado, aristotélico, contemplativo. No me afana la vida, ni la lectura de los libros que no he leído o los que no he podido releer, ni la búsqueda de la fama, ese sujetico histérico y escandaloso del consumo del capitalismo salvaje de nuestra época contemporánea. He aprendido a través del tiempo – y confieso que no ha sido fácil hacerlo contra la corriente ligera de la mediocridad compulsiva de estos días – a dejar abandonada la hiperacción dinámica del apresuramiento consumista, dejar a los que corren obligados por los espejos del comercio y los espectáculos de la fiesta, a no dejarme impresionar por las metas del trabajo, he aprendo a observar desde la ventana al hombre que se revienta contra sí mismo por obtener el plus dinero, autos y fama. He aprendido a olvidar lo no importante. La vida nos enseña, lección fundamental, que no son esenciales más que la vida y el verdadero amor, o los verdaderos amigos. De nada vale exagerar la búsqueda kitsch. De solo elevar la vista a los cielos, uno concluye que no somos nada frente a la inmensidad del universo, mínimas luces, puntitos iluminados – fueguitos según Eduardo Galeano – si alguien atrevido nos ve desde la cercanía de la luna. No somos nada sin amigos y sin los afectos de una novia, un amigo, un hijo, o un vecino. Solo carne que respira. Busco la calma como otra forma del oxígeno que respiro, porque al fin y al cabo sé muy bien que algún día partiré sin nada. Y dejaré mis huesos “con todo lo que han mirado” a través de los libros que leí y mis propios garabatos y la voz de los abuelos. He concluido que es mejor la contemplación, que la pretensión. Como en el inventario de mi fe de Manuel Vicente en el “Territorio personal,” de El país de España… “Dejar pasar las horas, desechar cualquier ambición, vivir el sol en medio de una elegante austeridad, tomar aceite de oliva, andar descalzo sobre la sal, navegar en aguas de dulzura y no desear nada sino amigos y ensaladas de opio. He aquí el inventario de mi fe”.

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