Texto: William Ahumada Maury
Daniel Camargo Barbosa, un asesino en serie que inspiró estudios especializados en comportamiento criminal en el mundo, y sobre el que se escribieron libros y se elaboraron documentales, no escapó de la cárcel Gorgona de Colombia en una balsa, como hasta ahora se cree. He aquí la verdad relatada por su custodio en esa prisión.
¿Que se escapó quién?
-Camargo mi teniente. No encontramos por ningún lado a Daniel Camargo, el violador. Salió a la playa y no aparece por ningún lado mi teniente – respondió visiblemente nervioso el agente Pérez, perteneciente al cuerpo de custodia del patio número 2 de Isla Prisión Gorgona.
La noticia sorprendió al teniente Jorge Barón Leguizamón oculto en su estrecha oficina, en medio de decenas de revistas apiladas. El oficial encargado de la seguridad de los reos que tomaban un baño de playa en la isla Gorgona cerró suavemente un libro que hojeaba y, con el rostro congelado, volvió a preguntar:
¿Es el mismo interno que no quiso acompañar a los demás a desayunar con ratas ayer?
-Si mi teniente. El viejito, al que todos creen mosca muerta- respondió con severidad el agente Pérez.
El joven oficial se levantó de su viejo escritorio, tomó el quepis con los distintivos bordados en dorado que identificaban su cargo y salió con sólo dos pasos del estrecho recinto. La puerta se cerró de golpe a sus espaldas y dejó en solitario el escritorio sobre el que caían dos chorros de luz solar que se filtraban por ventanas a lado y lado de la oficina. Barón era el director de la Oficina de Telecom en la isla y había sido encargado provisionalmente de la seguridad de los internos en sus baños de playa semanales.
Daniel Camargo Barbosa, conocido como el “monstruo de los Mangones” había sido condenado a 16 años de prisión por el secuestro, violación y asesinato de la niña de nueve años Liana Jaramillo Lopera en Barranquilla. Poco después de su captura al norte de la ciudad se supo –por un allanamiento a su habitación en la que hallaron decenas de fotografías de niñas, y prendas de vestir íntimas que guardaba como trofeos- que logró asaltar sexualmente y asesinó a más de 170 mujeres en Colombia y Ecuador.
Por la naturaleza de sus crímenes, este sujeto era un reo especial para la sociedad pese a que compartía patio con los asesinos más renombrados de Colombia en ese entonces.

Camargo, como lo llamaban en el patio número dos, compartía una extensa área de camarotes de madera –de dos niveles- alineados bajo un techo gigante en forma de carpa playera –como una gran plaza de mercado- con delincuentes sanguinarios, como Humberto Ariza, tristemente conocido con el alias de “El Ganso Ariza”, los doce integrantes de la banda “La Pesada”, asaltantes de baja ralea de Cali, “El pecoso” Hinestroza, matón a sueldo de dirigentes conservadores de Bogotá; un forajido que respondía al alias de “Machetazo”, los hermanos Aguilera. Uno de los más temidos era Luis Alberto Balante, “El Cordobés”, asesino despiadado de Policías en el Valle del Cauca. Todos estos hombres, a quienes la guerra política de Colombia les borró la conciencia y anuló el corazón, se peleaban por las ratas asadas -como sobrevivientes del apocalipsis- en el patio número dos, de ese infierno llamado prisión de Gorgona.
Eran las doce del mediodía de ese 23 de noviembre de 1984 cuando se confirmó que Daniel Camargo Barbosa no regresó al patio número dos después de su baño de playa semanal-
Todas las unidades -de los casi 800 policías que estaban asignados a la seguridad en la isla prisión – comenzaron a buscar a Camargo en las aguas azules del mar –a bordo de lanchas, botes y balsas- y escalando los filosos riscos de la isla, en donde reventaban con furia inmensas las olas del Pacífico.
La búsqueda se hacía con la convicción de que Camargo no iba a ser hallado vivo. Los hombres que se tostaban la piel bajo el sol calcinante tenían en sus memorias el triste episodio de los primos Hernández, asesinos de millonarios liberales en Popayán -que se habían lanzado al mar en un bote intentando huir de ese infierno – y fueron hallados muertos dentro de la pequeña embarcación dos meses después. Murieron calcinados por el sol, de sed y hambre y fueron devorados por las aves de rapiña dentro del mismo bote.
-Si encontraban algo sería seguramente pedazos de su cadáver y de la balsa en la que intentó huir. Hasta esa fecha no había escapado con vida ningún preso. Se tenían registros de 21 intentos de fuga y ninguno de esos internos fue hallado vivo. La única fuga que se confirmó años después fue la de Alberto López, Pedro Ariza (primo del ganso Ariza) y su perrita Jacqueline. Estos internos utilizaron una lancha y lograron sobrevivir porque los rescató la tripulación de un barco de turistas cuando ya casi desfallecían mar adentro – relató 36 años después otro de los ex custodios de la isla.
Al tercer día de búsqueda, una patrulla -a bordo de en un bote facilitado por pescadores – hallo los restos de una balsa de madera danzando al vaivén de las olas a dos kilómetros de la playa de arenas blancas y mar azul trasparente, en la que se vio por última vez al peligroso delincuente.
-¡Yo sabía. Ese degenerado no se podía escapar…se murió nojoda se murió! Se lo comieron los tiburones. Trató de escapar en la balsa y las olas lo reventaron contra los riscos. Suspendamos la búsqueda! – ordenó evidentemente emocionado el coronel Héctor Rodríguez Farfán, director del penal.
El oficial firmó con determinación la orden cese de búsqueda y se dirigió –a paso firme- a la oficina de Telecom de la isla a comunicar el incidente a la Dirección Nacional de la Policía.

El coronel Rodríguez sentía el acoso de la culpa. Cinco meses y medio antes de la desaparición de Camargo había asumido la dirección del penal en reemplazo del eficiente coronel William Bermúdez Zapata, un hombre que impuso disciplina de hierro entre los internos y el mismo personal de custodia. Era un hombre de palabras pesadas, que elaboró un manual de funciones para el personal de custodios y metía a los calabozos a los policías que lo irrespetaban.
-Con el coronel Bermúdez Zapata todo el mundo se iba a dormir a las tres de la tarde. A las 2:30 todos formaban para contarse y de unas pasábamos a los camarotes a dormir, hasta las aves de la isla se silenciaban. No permitía chistes ni trasnochos. Ningún interno tenía acceso a la playa. Sólo permitía visita conyugal un día por año. Para pedir un permiso los presos lo pensaban. Cuando Bermúdez es reemplazado por el coronel Héctor Rodríguez las cosas cambiaron.
Este autorizó que los diez presos de mejor disciplina de cada pabellón tuvieran tres horas de baño de mar cada ocho días. Eso mejoró la disciplina, pero puso a pensar a los reos en planes de fuga- recuerda el ahora sargento Guillermo Leyton Cortes.
Este experimentado investigador cree que Daniel Camargo Barbosa –de una conducta intachable en el penal- tuvo tiempo para planear su fuga a bordo del barco de las provisiones que llegaba mensualmente al muelle de la prisión.
-Hizo construir la balsa y espero que coincidieran, su permiso de playa con la llegada del barco. Nadie se arriesgaría a nadar 300 metros en medio de los tiburones, de tamaños descomunales, hasta llegar al barco. Muchos creen que aprendió a fabricar repelentes para tiburones estudiando en la biblioteca de la cárcel y eso le permitió llegar en una sola pieza al barco – asegura Leyton.
En la hermosa playa de la cárcel Gorgona los treinta internos –diez por cada pabellón- se bañaban custodiados por cuarenta hombres armados con fusiles, cumplieron la tarea de mentir a los custodios asegurando que Camargo había sido víctima de los tiburones.
Cuando el barco partió los internos comenzaron a gritar:
-¡Se lo comieron, se lo comieron! Y los custodios comenzaron a buscar los restos de Camargo en el mar mientras éste se alejaba en algún escondite dentro del barco- concluyó Leyton.
La noticia de la desaparición del violador conocido como “El sádico del Charquito” estalló como un mortero entre la sociedad colombiana. Los grandes medios de comunicación registraron el acontecimiento como un intento fallido de fuga. El incidente –por orden presidencial- llevó al cuerpo de seguridad de la isla a recrudecer la disciplina en la prisión. Gorgona ya era reconocida –a nivel mundial- por ser a la vez infierno y paraíso.
Los delincuentes colombianos, sin excepción, imploraban para que no los enviaran a Gorgona. Consideraban esa cárcel como no era para humanos. Era tan pavoroso ingresar como interno a Gorgona que la administración ordenó construir “El Chamizo”, un cementerio a un lado de los patios. Sólo para los presos que no sobrevivían a las duras condiciones de cautiverio.
Era alto –y no hay registros – la cantidad de los presos colapsaban anualmente en medio de los fuertes castigos, en las reyertas partidistas, mordidos por las serpientes venenosas, picados por las tarántulas, abrumados por las oleadas de insectos chupa sangre, o porque se suicidaban. Todos iban a parar a ese cementerio, en tumbas sin cruces y sin nombres.
-Nadie de los que entraba a Gorgona pensó en cumplir sus penas y salir. Aquí entrabas a mirar como escapar o a matar para que no te mataran- señaló un viejo habitante de Gorgona.
-Lo primero que perdía un interno en Gorgona era su nombre. Y con eso perdía el alma. Le asignaban enseguida un código y debía responder a los llamados por ese número. Por eso, al poco tiempo de estar allí los presos no sabían quiénes eran en realidad- relató Leyton.
– Los muertos eran muchos. Si no se mataban entre ellos, se suicidaban, se morían envenenados o los mataban las serpientes. Por las noches las serpientes se colaban a los patios y los sorprendían durmiendo. Cuando te mordía una serpiente el sufrimiento del reo era espantoso, lento y ruidoso, en un sitio alejado a más de día y medio en lancha de la civilización, y sin medicinas para la mordedura. En ese cementerio quedaron sepultados muchos de los asesinos más temidos en la década de los sesenta y setenta en Colombia- recuerda un pescador de Buenaventura.
Creada por una junta militar de gobierno en 1959 –como una copia de la temida prisión de Alcatraz- la isla prisión de Gorgona tenía tres pabellones, cada uno con capacidad para 400 reclusos. Cada Pabellón tenía permanente diez guardias armados vigilando sobre garitas. Estaba rodeada por muros reforzados en un extremo desmontado de la isla. Contaba con una sola salida al mar. La prisión tenía a sus espaldas una selva espesa, calurosa, húmeda y dantesca. A esa selva los presos se negaban a ir aún con autorización de la dirección para ir a cortar la leña que se necesitaba para el rancho. Uno de ellos murió cuando cayó a un hueco y fue atrapado en un nido de víboras de escamas rojas y anillos azules. Es un ecosistema que produce la mayor cantidad de serpientes venenosas por metro cuadrado en América. Es tan peligroso intentar escapar a través de la selva que nunca se registró algún plan de salida por este medio.
Allí, los que se arriesgan a penetrar son sometidos por la humedad, las serpientes venenosas, oleadas de insectos que producen enfermedades mortales y plantas que expelen gases y te inducen a alucinaciones. Gorgona no tenía celdas individuales para los internos. Había sólo diez celdas pequeñas por pabellón y estaban destinadas para castigos. Los presos caminaban a sus anchas por el pabellón, hacían alianzas con otros para protegerse y se repartían los camarotes a su gusto. Sin embargo, muchos internos desafiaban las celdas de castigo y reincidían en la mala conducta.
-Para los reincidentes estaba entonces “el hueco”, un castigo de horror. Los presos eran metidos de pies en un hueco de 80 centímetros de diámetro y dos metros de profundidad. Los reos no podían recostarse, no podían sentarse, ni descansar por tiempo indeterminado. Ahí, de pies, defecaban, dormían y sufrían hasta enloquecer- relata el sargento Guillermo Leyton.
Un estafador internacional conocido entre los reos como “las letras”, se ahorcó después de escribir un triste texto. Su mujer se había negado a visitarlo el Día de las Mercedes, que era la única fecha autorizada para visita conyugal:
Maldito este lugar…maldito sea
Aquí sólo se respira la tristeza
Aquí se bebe el cáliz más amargo
Que nos brinda el dolor y la pobreza.
Aquí la vida no tiene primavera
Aquí el alma no tiene sensaciones
Aquí el amor no tiene compañera
Y pierde el corazón sus ilusiones…
La cárcel fue construida para sancionar a una generación de delincuentes que había sobrepasado lo imaginable en materia de crueldad en la guerra partidista de Colombia. Eran los bandidos de la violencia política que respaldaban a conservadores o liberales y se inventaban métodos crueles de sometimiento, con la muerte como aliada. Asesinatos mitificados en las historias criminales por pretender marcar más el alma de la sociedad. “Matar no importaba…marcar el alma si” solía decir el bandolero “machetazo”. Allí –donde se disputaba quien era el más malo entre los malos – estaban los que hicieron popular en el mundo el llamado corte de franela; una estrategia de desmembramiento en el que, de la víctima quedaba sólo su tronco. Es el triste aporte de la clase criminal de Colombia a la historia de maldad del mundo.
Ocho meses después de la desaparición de Camargo, Guillermo Leyton Cortés, -suboficial de la Policía que había tenido durante 17 meses bajo su responsabilidad la custodia del tenebroso violador en la isla prisión Gorgona- quedó intrigado mientras leía un artículo de prensa del hermano país, Ecuador.
“Se multiplican los secuestros, violaciones y asesinatos de mujeres en la zona rural de Quito. Son setenta los cadáveres encontrados en los últimos meses”, leyó el inquieto investigador.
Después de servir a la guardia penitenciaria en Gorgona, Leyton había sido enviado a la ciudad de Barranquilla, donde asumió el comando de la división anti atracos del GOES, (Grupo de Operaciones Especiales).
-Conocí bien a Camargo. Lo cuidé 17 meses en el patio número dos. Cuando salí del cuerpo de custodia de Gorgona dejé la consigna que no le quitaran el ojo porque era un mosquita muerta para tener cuidado. Por eso pedí permiso y regresé de visita a la isla. Me puse a rastrear la fuga: salí convencido que Camargo estaba vivo y estaba en Ecuador- asegura.
-Cuando lo conocí hablé muchas veces con Camargo. Era de pocas palabras, pero me reveló las razones por las que el fantasma del crimen lo poseía. Me dijo: “Mi madre me ridiculizaba, me vestía de niña y era matoneado en la escuela y el barrio. Terminé odiando a las mujeres y frustrado sexualmente”. Muchas veces sentí pena por este sujeto- dice Leyton.
Y prosigue:
-Cuando regresé de visita a la isla me dijeron que se acababa de ir el barco que llega mensualmente a Gorgona a dejar las provisiones de arroz, granos, aceite y madera. Ese mismo barco sacaba los muebles, puertas, escaparates y bastones de mando que fabricaban los internos en el taller de ebanistería. Revise las minutas y confirmé que el día que desapareció Camargo el barco estaba frente al muelle de madera de la prisión, a unos trescientos metros de la playa. Confirmé que Camargo fabricó una balsa y la dejó a la vista de todos, para hacer creer que había muerto en el mar. Pero en realidad creo que nadó hasta el barco. Nadó incluso expuesto a que lo atacaran los tiburones gigantescos, que rondaban en grupos de más de cien alrededor de la isla. Creo que este hábil sujeto se metió a escondidas en el barco huyó y se bajó en Buenaventura. De allí pasó a Ecuador atravesando la frontera, donde reinició la racha de asesinatos y pasó mucho tiempo antes que lo recapturaran. Fue asesinado en una prisión de Ecuador y se llevó el secreto que ahora te relato- dice con seguridad Leyton Cortés.
El ahora sargento Leyton fue informado que el día que desapareció Camargo se dio la alarma cuando ya la embarcación había partido a Buenaventura. Y no pudo ser revisada por la guardia de seguridad.
Por las quejas persistentes relacionadas con la violación de los derechos humanos en la cárcel Gorgona el presidente Belisario Betancur cerró la prisión a finales de 1984. Hoy es un santuario natural al que confluyen turistas a disfrutar de un paraíso natural, que alguna vez fue un infierno…
#DIARIOLALIBERTAD

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