El país se asombró al producirse dos fenómenos: el primero, de naturaleza política nacional, conocido como la “ñeñepolítica”; y, el segundo, de naturaleza sanitaria mundial, conocido como “coronavirus”; lo cual permite situarnos en las siguientes hipótesis: ¿es la “ñeñepolítica” la gestora del coronavirus en el país? o ¿es el coronavirus la negación de la “ñeñepolítica”? El ámbito de la política no puede ser diferencial al ámbito de la salud pública, dado que su escenario requiere de un tratamiento ético en la búsqueda de soluciones. Lo extraño de lo planteado consiste en que la “ñeñepolítica”, al parecer, no tiene dolientes; mientras que el coronavirus tiene sus comientes al interior del Gobierno Central. Entonces, cabe cuestionarse, si la situación de la “ñeñepolítica” queda relegada a un último plano muy a pesar de las miles de interceptaciones difundidas por los diferentes medios de comunicación, alternativos y digitales, y desconocidas o desvirtuadas por los de siempre, vaya a terminar engavetada como una práctica sistémica y sistemática por los gobiernos de turno, con sus cloacas y cañerías de alcantarilla, amparadas en el argumento de la prioridad nacional de la emergencia sanitaria, o, por el contrario, se va a actuar con rigor, igual que las medidas sanitarias y ambientales que está planteando en su alocución el subpresidente Duque con el caso del coronavirus.
El propósito no es desconocer los criterios que ha planteado el Gobierno Nacional en torno a la atención del coronavirus, máxime cuando la Organización Mundial de la Salud lo ha declarado como pandemia, un poco contrario a las estadísticas sobre la mortalidad del virus; y, es válido que la prevención de este fenómeno sea acompañada con especialistas, la infraestructura y las regulaciones ciudadanas necesarias para impedir su propagación. Pero, a su vez, el fenómeno de la “ñeñepolítica” también reviste trascendental importancia y debe dársele todas las garantías a los organismos que administran justicia, a los denunciantes o quejosos, a los medios de información alternativos y a las víctimas como consecuencia de las acciones depravadas, corruptas y asquerosas que corrompen la salud ética de la Nación, sin la cual la voluntad de gestión del gobierno en todos los ámbitos carece de sentido. De lo que se trata es de complejizar la política, lo que implica administrar la salud y la justicia como algo disímil, pero que la solución de la una se encuentra en la solución de la otra y no definirla como una separación; tanto la salud como la justicia requieren mayores grados de libertad y en esta libertad está el saber gobernar y sacar hacia adelante un país asfixiado por la corrupción mafiosa enquistada en el Estado. No aceptar pasiva y mediáticamente que el Covid-19 (nombre científico del virus) imponga una corona majestuosa a la “ñeñepolítica” revistiéndola de impunidad.
Las medidas adoptadas por el gobierno del subpresidente Duque, algunas de ellas hacen parte de protocolos y parámetros para prevenir la propagación del virus; y llama la atención las ambigüedades de estas medidas como la de no permitir la aglomeración de más de 500 personas en los eventos públicos, lo que permite inferir es que podrían realizarse eventos con menos de 500 personas y si la asistencia es superior cuatro o cinco veces de lo establecido podrían fraccionarse; no sé si esto es falta de precisión o es un argumento carente de organización y planificación. Las matemáticas son sociales, ¿a qué obedecen que suspendan por diez días las visitas a los sitios de reclusión cuando el conjunto de las medidas va hasta el 30 de mayo? ¿sobre qué base se determina que el período de ejecución de la emergencia sanitaria es de casi tres meses? Lo que se denota es la clásica improvisación en la forma de enfrentar el virus.
Cuando nos introducimos en la lectura de la obra “Política + Tiempo = Biopolítica” de Carlos Eduardo Maldonado deducimos que, la alegría de vivir se expresa en la paz con la que se acoge la noche sin la angustia del día siguiente o sin la zozobra del instante siguiente; lo que significa una política de vida, una política de esperanza, de optimismo, de alegría; pero, la vida es, a su vez, la superación de la vida misma, la de poder transformar la realidad, visionar el universo y conocer su sociedad. Es la biopolítica la que los gobiernos deben desarrollar simultáneamente en el contexto de una verdadera justicia y una salud ética como un imperativo de bienestar social en estos tiempos de incertidumbre nacional. Los colombianos debemos aprehender que las malas políticas de estos gobiernos atravesados por el ADN de la corrupción se han traducido como el sufrimiento de la gente de manera inmisericorde y un gobierno que hace sufrir a la gente no merece ningún respeto ni tiene derecho a permanecer. Pues, como insinuara Albert Camus en “La peste”, estos virus no mueren ni desaparecen, pueden permanecer dormidos, esperando pacientemente despertar si no los exterminamos de raíz.
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