Interpelando al Covid-19

249

 

Por Elkin Contreras Mendoza

A mediados de noviembre, antes de que el 2019 entregara su cetro imperial al 2020, la luna de Hubei se ha despertado después de la media noche, en cuclillas, luciendo su escafandra color plomizo (la luna también toma sus precauciones ante la sospecha y retrocede como la piedra, o el musgo, o el agua, o el animal o el hombre ante la amenaza del aniquilamiento) y con una sonrisa en forma de “C”, ingrávida, escurridiza, escuálida, como enajenada, posando en cuarto menguante se le dio por llorar, y no precisamente por “los ladridos de los perros ni el chillido de las ranas” sino porque era testigo, una vez más, de la silente insurrección de un viejo amigo, que ha mutado por más de 5000 años y cuyos ancestros se remontan, según voces científicas, hasta el siglo IX a.C, el Coronavirus. Sin embargo, pudo más la “razón de Estado” que cualquier imperativo ético y en el crepúsculo del silencio el COVID-19 cobraba su primera víctima.
Sería bajo las brumas del novilunio decembrino de Wuhan que el mundo posaría sus ojos sobre el gigante asiático cuando el galeno chino Zhang Jixian reportaba a las autoridades de salud de su país que un nuevo coronavirus se había levantado en guerra contra los humanos. Sólo hasta enero de 2020 se revelaría oficialmente la presencia del Covid-19, cuando ya había más de diez mil infectados y más de cien almas habían abrazado el sueño eterno. En tiempo record el brote se tornó en epidemia y en menos de lo que dura en derretirse un copo de nieve en manos del verano la enfermedad adquirió el status de pandemia certificada por la Organización Mundial de la Salud.
Convertido en pandemia el Covid-19 se ensaña contra la humanidad, con idéntico horror y ferocidad a la de un Ares en los campos de batalla, desatando el caos en el orbe entero, poniendo a prueba el desarrollo de las fuerzas productivas de la sociedad moderna, estremeciendo los viejos cimientos de este edificio que llamamos civilización, aislándonos para estar a salvo porque “el infierno son los otros”, obligándonos a caminar sobre el filo de la navaja (porque la vida sigue como el perfume en la flor que el vendaval separa del enternecido vergel) y en muchos casos dejando al desnudo la soslayada sospecha de que el paso del mito al logos fue sólo una ilusión griega y que el proyecto libertario de la Ilustración fue un pan que se nos quemó en la puerta del horno. Pero al igual que Ares, tarde o temprano, el Covid-19 tendrá que retroceder, volver a su antigua morada de paz perpetua y dulce letargo, pues el caos engendrado por el miedo a lo desconocido no prevalecerá bajo la égida de la razón y la esperanza.

Pronto el búho de Minerva extenderá sus alas y sobre el despliegue dialéctico de esta realidad nos recordará que todo está, con número y medida, en proceso de superación constante. En su lucha por la existencia la especie humana ha librado incontables batallas; ha descendido a los infiernos muchas veces y otras tantas ha abrazado los laureles de la gloria, y aquí estamos, en un océano de contradicciones, viviendo tal vez la experiencia de un naufragio en el que finalmente la ola de la historia nos redimirá, pues detrás de todas las crisis un nuevo sol brilla siempre para los humanos.
Pero que el canto de la esperanza no venga a obnubilar nuestra actitud natural de interrogar. Responde ahora, Covid-19: dinos qué fuerza ciega movió tus entrañas para que abandonaras tu hábitat primitivo y salieras a conquistar nuestro reino, o dinos qué genio maligno te susurró al oído “levántate y anda”; dinos, Covid-19, quién te despertó de tu dulce letargo, quién tocó a tu puerta perturbando la paz de tu ser; dinos que no eres el peón coronado de una partida de ajedrez, dinos que no fuiste seducido por las acrobacias de un científico caprichoso, ebrio de conocimiento; dinos, Covid-19, que no fuiste sobornado por quienes hoy ostentan el poder político y económico a nivel mundial; o si así lo prefieres… mejor no nos digas nada, recoge la danza y échate sobre tu propia sombra.
[email protected]

Comentarios