El virus y la resistencia libertaria

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Cuando me percaté que la comunicación por los medios y redes sociales bombardeaban mis ojos, oídos y neuronas, atormentando mi mente como un torbellino o vórtice; entonces, capté que la complejidad de ese anuncio no era de cualquier magnitud y que las ráfagas informativas iban y venían cargadas de anuncios apocalípticos, pitonisos, astrológicos, biológicos, médicos y de personalidades políticas con rumbo y sin rumbo fijo, pero, a su vez, las noticias e informaciones y tergiversaciones se mantenían por gravedad o por salud pública.

Me sacudí antes de que el miedo me invadiera y no pudiera escribir estas notas del ser que van más allá de la existencia del virus, apellidado como el Coronavirus, galardonado y considerado como la expresión más pronunciada cada segundo en el planeta desbordando el universo de las preocupaciones y alcances científicos desde lo doméstico hasta lo cotidiano. Para mí el universo es inferior ante el incalculable mundo que tienen los ojos con neuronas astronómicas y que concibo como una construcción de hechos, los cuales hacen parte de los días vividos encerrado en mis adentros y en mi apartamento con la compañía de mi familia y más de quinientos autores de mi confianza, contaminados de cultura y asentados en mi biblioteca, lo que me hizo pensar en los tiempos del “Mito de la cavernas” de Platón, a diferencia que no salgo de la caverna hace ocho días y me alimento de ingredientes diversos y plurales, próximo a superar el tiempo de distanciamiento social con paciencia, reflexión y resistencia espiritual.

Al leer “Cien Años de Soledad” nos encontramos con el “insomnio de la peste”, situándonos cuando “José Arcadio Buendía se dio cuenta de que la peste había invadido el pueblo, reunió a su familia…”; atravesado por circunstancias y con el pleno deseo de vivir tomé la decisión desde el día domingo que antecede a este ejercicio por “la vida o la muerte” e hice uso de mi yoidad sin prestar atención a la otredad y le comuniqué a mi familia ante el reto, soportando las múltiples llamadas, les manifesté que solo los escucharía, pero no los recibiría en mi apartamento porque los amaba mucho y yo también amo a mi familia. Observé mis amados libros, conversé con Gastón Bachelard en su obra “La poética del espacio”, quien nos dice “instalado en todas partes, pero sin encerrarse en ningún lado, tal es la divisa del soñador de morada. En la casa final como en mi casa verdadera, el sueño de habitar está superado. Hay que dejar siempre abierto un ensueño de otra parte”.
Concluí que, estar encerrado ante la Pandemia del Coronavirus es una demostración de libertad y la ejerces ante la propia negación de los dueños de los días y desde esta caverna civilizada recreas tus hábitos, juegas con el tiempo, rescatas las distancias, humanizas el convivir en familia, confirmas lo importante que son los amigos y tienes derecho a ser creativo, administras el tiempo sin atar a nadie rescatando lo que dejaste de hacer y hacer lo que no has podido hacer; es una forma de oxigenación de la vida y una respuesta contundente a la muerte que te asedia.

He aprendido en este distanciamiento social que la unión de un pueblo se autoeduca en la solidaridad a pesar de las dificultades. También he observado situaciones más allá del universo como es la construcción de los mundos desde espacios mentales donde aflora la alegría y la tristeza inunda un malestar ante la dejación de algunos gobiernos a quienes se le endilga la responsabilidad del Coronavirus por la NO previsibilidad de políticas de salud pública. Hasta ahora si la vida la conservamos queda una enseñanza: la mitigación de los odios, las dosis de amor, la convivencia en los espacios de vida, la posibilidad de valernos más allá de los que somos, autoevaluarnos, luchar y vivir con los principios que hemos defendido, romper las barreras, bajarle el ADN de las controvertidas diferencias políticas e ideológicas dándole un tratamiento adecuado dentro de la discusión experta, humanizar las relaciones, demostrar que tan preciosa es la vida y constatar cómo lo expresa Carlos Maldonado en su libro “Política+Tiempo = Biopolítica”: “la alegría de vivir es como esa sabiduría que tienen la gente simple o más refinada, consistente en un acto de confianza en el mañana, tanto con el presente mismo”.

Los mundos podemos construirlos con partículas de ideas reformuladas que rompan las fronteras ontológicas y metafísicas; este espacio denominado de distanciamiento social abre motivaciones para adentrarnos en las reflexiones complejas de manera que podamos ensayar más allá del fenómeno ante la desesperación y la estrechez que algunos han querido desatar, no sabiendo que esta etapa ha posibilitado también alargar la vida y la esperanza donde nacerá un mundo diferente, ojalá más humanizado y equitativo. Repensar la crisis en medio de la crisis.

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