Bodeguita para el engaño

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La poca ilustración que hasta hace un tiempo se tenía de la cibernética y su explayamiento a través de la internet, hacía suponer que el progreso tecnológico llevaría a generalizar el conocimiento y a comprender y hacer operante en su exacta dimensión los valores de la igualdad y la libertad en las relaciones humanas, pues todos estaríamos en un mismo plano, sin prevalencia de unos sobre otros. Históricamente era lo que sucedía antes de ese avance y se repite ahora, según quien tiene la posesión de la información, que es factor aquilatador de intereses particulares y mezquinos. Lo primero de aquello era lo que crédulos e ingenuos pensaban con simpleza, olvidando que el hombre es animal racional imbuido de poder, que desarrolla y ejecuta acciones de dominio para someter a cuanto se halla a su alrededor. No existe, o al menos no es fácilmente visible en materia social, una excepción a la regla de que lo que afecta o puede afectar a uno o más individuos tiene la impronta de un mensaje informativo, según la tenencia y el propósito que anime al emisor, que la difunde a montón o la limita según su conveniencia, para condicionar la respuesta de sus destinatarios. La práctica se ha extendido a gran parte de los partidos políticos que tienen a su servicio a individuos ocupados en chats, a través de los cuales desprestigian a sus adversarios. A eso es a lo que llaman “bodegas de redes sociales”, perversa forma de crear artificios favorables o adversos, según sea la intención de atacar o loar. En esa forma, una red informática tan importante como la internet, que facilita el contacto inmediato y directo a cualquier distancia, lo mismo que el conocimiento de cuestiones multi temas y la oportuna aclaración de dudas, la han transformado en instrumento para fines personales dañinos, que mucha gente repite como cierto, y que algunas veces las especies propaladas no solo perjudican a quien las recibe, sino también a los propios emisores. El proceder agiganta la dimensión de pigmeos y reduce la estatura de gigantes. Pero lo más grave de todo, es que aún no se tienen fórmulas eficaces que neutralicen esa viciosa ocurrencia.
A través de las redes sociales le causan daños a veces irreparables a la comunidad que no tiene forma de protegerse, ni tiempo para verificar la verdad de lo que se le transmite, lo que incluso conspira contra el ejercicio profesional del periodismo, que con frecuencia en el campo radial se utiliza para rendir pleitesía y resaltar tendencias artificiosas, cuyo auge depende de la naturaleza y el tremendismo de los temas que se exponer para direccionar la opinión de los espontáneos y para darle asidero a los infundios de opinadores fletados, embaucadores y calumniadores de oficio. Coincide esa penosa realidad con la innegable crisis en que se halla la credibilidad del periodismo, al que se le resta la hidalguía tradicional que lo hizo merecedor de respeto y le abrió ancho camino de aceptación por la sociedad a la que sirve de manera espontánea. Por eso hoy duele escuchar a la gente común expresarse en forma despectiva y sin distingos hacia ese oficio y a quienes lo ejercen con dignidad, triste ocurrencia que devela una crisis profunda, y que como tal debería aprovecharse para realizar un autoexamen a fondo. El periodista no es vocero ni representante de la sociedad, como algunos lo creen. Es un espontáneo ejercitante de fe pública sujeto a un código ético regido por la verdad noticiosa. Cosa distinta es la opinión o el concepto que emanan de un sentir personal o es fruto de una apreciación ideológica. La noticia es una lente que permite avistar el camino para evitar tropezones y caídas. La fuerza nutrienrte de la noticia está en la verdad, una flor que no tiene color pero sí un inmenso valor que no se debe desnaturalizar. A esa parte del periodismo hay que defenderla con vehemencia para no dejarla marchitar, y menos en ésta, la era de la cibercomunicación.
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