Educar para emprender y no para trabajar

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El ecosistema educativo tiene un triángulo esencial: estudiantes, padres y profesores. Lo demás es contexto. Si este se sitúa en el centro de gravedad, algo va mal. Los análisis sobre educación tienen un peligro casi invisible: la paralización fascinada por lo mal que estamos. Descalificar sin analizar es injusto y analizar sin proponer alternativas, estéril. Así que el propósito de esta columna, de entrada es claro: ayudar a estudiantes, padres y profesores a encontrar alternativas de mejora. En la línea de una educación en favor de la creatividad y del talento, debemos señalar que el término emprendedor es un adjetivo que integra actitudes necesarias para que seamos capaces de enfrentarnos a situaciones complejas, desarrollar planes, llevar a cabo ideas y ponerlas en práctica. Por tanto, educación emprendedora significa transmitir habilidades que permitan a los estudiantes creer y crear en lo que creen, y no, como a veces se piensa de manera reduccionista, enseñar a montar un negocio sin más.
Dédalo advirtió a su hijo Ícaro que no volara muy alto porque, si se acercaba al Sol, la cera de sus alas se derretiría, y le advirtió también de no hacerlo demasiado bajo porque las alas se le mojarían y serían pesadas para volar. Este mito me ha inspirado para compartir con los lectores las conexiones que yo observo entre la educación y valores como la autenticidad,  el talento, la creatividad, la iniciativa y el no tener miedo a los retos que nos proponemos, porque son los nuestros. La pasión, el talento y la creatividad no son incompatibles en nuestra sociedad con las materias instrumentales. Por ello, potenciar en los jóvenes la iniciativa emprendedora, la competencia digital, el gusto por las artes y el deseo de aprender, fortalecería el aprendizaje diferencial, esencial en la sociedad de la conexión. Las artes y el emprendimiento tienen en común la aplicabilidad de la creatividad  en la creación de experiencias. Vivencias de las que los estudiantes “aprenden haciendo”  y “aprenden a aprender” y con las que la sociedad corregiría la pérdida de talento que venimos sufriendo.
A pesar de la necesidad de educar a las nuevas generaciones en el mundo del emprendimiento, no podemos censurar a nuestros jóvenes porque prefieran una posición asalariada segura frente al riesgo de la empresa, cuando desde su primera juventud han visto aquélla considerada como ocupación superior más altruista o desinteresada. La generación más joven, de hoy, ha crecido en un mundo, donde en la escuela y en la prensa, se ha representado el espíritu de la empresa comercial como deshonroso y la consecución de un beneficio como inmoral, y donde dar ocupación a cien personas se considera una explotación, pero se tiene por honorable el mandar a otras tantas. En mi opinión, considero que hay pocas personas realmente conscientes de la importancia de educar a los niños y jóvenes para que sean emprendedores, mientras los colegios y universidades se enfocan en enseñarles a buscar un empleo, a volverse abogados o economistas. Se están pasando por alto todas las habilidades relacionadas con los negocios que también les pueden llevar a ser personas exitosas para un mejor futuro. Pienso que en los niños y jóvenes se pueden destacar habilidades que reflejan si tienen madera de emprendedores y así como uno que tiene habilidades para las matemáticas se puede preparar desde el colegio para ser físico, otro con habilidad para negociar, puede ser preparado para ser emprendedor.
Independientemente si el emprendedor nace, o se forma a través de los años, sería muy redituable para cualquier persona que desde la educación, esencialmente primaria, se le comenzara a impartir cursos que desarrollen su habilidad para crear e innovar productos que sean exitosos en el mercado y para emprender negocios rentables, lícitos y socialmente responsables. Contadas universidades en el mundo son exitosas en la formación de emprendedores. Por ejemplo, el Tecnológico de Monterrey, desde hace varias décadas, es reconocido internacionalmente por ofrecer programas enfocados explícitamente a desarrollar la habilidad emprendedora de sus estudiantes de preparatoria, carreras profesionales y posgrados. Una persona no debería esperar a cursar la universidad para aprender a ser empresario. Desde el primer año de primaria, las escuelas podrían despertar en los estudiantes sus habilidades creativas, innovadoras y negociadoras para emprender negocios. La mejor herencia que pueden dejar los padres a sus hijos y el mejor legado que las escuelas pueden ofrecer a sus estudiantes, es una formación emprendedora con responsabilidad social. Educar con valores para emprender es una opción rentable para la vida de cualquier persona.
En la era de la economía digital que vivimos, las instituciones educativas deben reforzar e incentivar a los más jóvenes a aprender otras cosas, sin querer decir que está mal que les enseñen a ser arquitectos o ingenieros, pero sí manifestando su deseo de darle al emprendimiento la importancia y el lugar que se merece. Decía Oscar Wilde que la sociedad perdona a veces a un criminal pero nunca perdona a un soñador. Sin importar lo descabelladas que sean las ideas con las que puedan salir, no sirve de nada meterle la lógica adulta que terminará desmotivándoles. Si tu hijo quiere construir el carro más rápido del planeta, no le desanimes diciéndole que no puede, en vez de eso, cómprale un libro de ciencia, llévalo a un museo de ingeniería o haz cualquier cosa que puede alimentar sus ideas e imaginación. Es por esto, que el gran reto educativo de nuestro tiempo, no solo es una población con educación de calidad, también una población con vocación emprendedora, rompiendo los paradigmas de quienes han reducido el tema a la empresariedad, y valorando la gran oportunidad de potenciar en su gente lo mejor de su esencia, para hacer frente a los grandes derroteros que deberemos enfrentar. [email protected]

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