Ojos atentos al servicio eléctrico

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Puesto en salmuera un tema de especial interés sugerido por un lector, coincide con el hallazgo de una moneda de plata de 20 centavos, de las que ya nadie o pocos recuerdan, cuya circulación cesó desde hace seis o siete décadas, por decisión del Banco de la República y el aprovechamiento de hábiles especuladores, que las transformaron en objetos de mayor valor, como cadenas, pendientes y zarcillos para uso mixto, de gran demanda en los mercados nacional e internacional. Por una impensada y extraña asociación de ideas, surgida de la simple mirada a esa oblea metálica, y extendida hasta las lindísimas vajillas del blanco y dúctil metal que los monarcas usan en sus comedores privados y en las grandes celebraciones en sus palacios, hizo inevitable compararla con otro material menos maleable, el cobre, que en el siglo XXI tiene precio superior a 6 dólares el kilogramo, hasta aterrizar en la fantasiosa cifra a que debió ascender el cableado de las redes eléctricas de la Costa Caribe, que se usaron para transportar el fluido, cambiadas de repente por otras de aluminio, sin que los inermes usuarios lo advirtieran, y génesis tal vez de las intermitentes suspensiones del servicio, que tantos y cuantiosos perjuicios le ha ocasionado a los ciudadanos, a la industria, al comercio y a obras de desarrollo regional.
¿Qué se hicieron las toneladas del cobre desmontado? ¿A dónde fueron llevadas? ¿Cuál era su valor en el momento del cambio? O con la lógica del ingenuo, ¿qué camino cogieron? El cableado eléctrico de la Costa Caribe debió tener algún destino. Y sin duda, lo tuvo. Pero la pregunta clave es, ¿cuál fue? A lo mejor ya es muy tarde para indagarlo, y hasta de nada serviría hacerlo, por la antigüedad de lo ocurrido. Pero no se puede ni se debe ignorar, al menos para que la ingrata experiencia no borre su recuerdo y levantar los pies para no caer de nuevo, así tengamos claro y seamos conscientes, o mejor, por ello, de que vivimos en el país del ocultamiento, que no nos conmueve ni asombra. Tantas cosas negativas ocurren con los bienes y en las obras y servicios públicos de la región y el país, que para ahondar en esto en busca de aclaración, que no es posible provocarla con una simple cuartilla de opinión, se necesitaría el ingenio e histrionismo investigativo de Sherlock Holmes, el célebre personaje creado por el médico y escritor británico, sir Arthur Ignatius Conan Doyle. Más que persistir en ese requerimiento, que a nada reivindicador conduciría, la mala experiencia del cambio de las líneas de cobre por aluminio, que parece ser la causa de las constantes alteraciones en el servicio, lo que procede es acicatear a la ciudadanía Caribe y su dirigencia, para que se mantenga atenta a la subasta prevista para el 26 de febrero en curso, en la que se adjudicará la prestación del servicio, a fin de que la empresa o empresas que remplace o remplacen a Electricaribe satisfagan a cabalidad las necesidades del mercado, tanto más cuanto que la Comisión Nacional de Regulación de Energía y Gas acaba de darle un nuevo golpe al bolsillo regional con la expedición de la resolución 010, mediante la cual se aumenta gradualmente la tarifa durante los próximos cinco años, dizque para hacerlas más atractivas al nuevo o nuevos operadores, pues las pérdidas energéticas técnicas o negras, como se las califica, las asumirán los usuarios, quienes tendrán esa carga adicional al aumento del 5,7% vigente desde noviembre de 2019, premio dado a la negligencia de Electricaribe. Vistas así las cosas, a los suscriptores del servicio en el Caribe les toca someterse a nuevos sacrificios. A todas éstas, asombra que sean pocas las voces autorizadas en la región que se han dejado oir sobre el tema, entre las cuales sobresale la del exministro Amilkar Acosta, amplio conocedor del sector, que merece ser secundada, porque una o muy poquísimas golondrinas, no hacen verano,
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