Carta a una señora infiel

129

Apreciada señora:
Nada ni nadie me devolverá a la mujer que amo. Ella se quedó en mí, inmaculada, y la otra, la infiel, la que usted representa, se marchó con sus nuevas ilusiones para otra parte.
No tengo porque reclamarle nada a la vida, ni al universo, ni al amor, menos a usted. El río arrasó todo y viaja inocente todos los días y en cada instante de tiempo un amor viajero  se muere en sus brazos de agua.
Queda claro que no nos debemos nada y como los pájaros, volar es nuestro destino. El amor no es una trampa si uno ama.
Le digo que no la conservo a usted en mi corazón, sino a la mujer que un día me prometió el cielo y me lo dio gratis. A ella la seguiré amando en la eternidad.
Que usted haya decidido dejar la barca abandonada en el muelle, lo comprendo. Siempre abandonamos algo o a alguien. Esa es la razón que puede explicar la ausencia de los rencores. Y estoy de acuerdo con usted. Nadie es esclavo de otro.
El mundo ha sido mundo porque en la historia humana, los seres humanos en general nos hemos comportado así, egoístamente. Siempre. El abandono es algo parecido a lo que hace el pájaro cuando se aproxima el duro invierno, viaja de visita a otros países. Se va muerto de nostalgia, pero se va. Algunos regresan a casa, otros se quedan y otros se pierden en la ruta.
La fidelidad también se agota, paralelamente al amor. Nadie es responsable. Cuando el pájaro que vuela cae fulminado a tierra, ni siquiera Dios es culpable de ese error de la vida.
La infidelidad no es ningún pecado, ni es tampoco ningún error del amor. Es más bien parte de la naturaleza humana, de las situaciones del aburrimiento y de la incapacidad del amor por retenerse a sí mismo. Cuando se agotan los afectos, lo mejor es escapar de una guerra avisada. Nadie quiere traicionar a nadie. El dos dejó de ser comunión y se disolvió sin ninguna de las formulas de la ecuación amorosa.
La voy a recordar no a usted sino a ella como se recuerdan a los mejores amores, los que nos queman la piel del alma, los que sembraron sus buenos recuerdos bajo la sombra de los besos.
Que le digo, mi señora mía, que le puedo desear, de alguna manera que ojalá su nuevo amor sea un policía, o un dictador del trópico, o un sátrapa sin ley y sin amor, o desearle a alguien capaz de amar por dinero, un egoísta sin redimir, de esos monstruos que se cuentan a montones. Ese es mi puro y decente deseo, señora.
Adiós.

Comentarios