Una educación con problemas difíciles pero interesantes

43

Con el inicio de un nuevo año escolar, para los niños y jóvenes de los colegios del país, y también para los de nueva etapa universitaria, conviene reflexionar sobre lo que pueden conseguir, lo que aspiran a aprender y lo que tanto padres y maestros esperan de sus hijos y estudiantes y, por supuesto, también en las jornadas preparatorias de las instituciones educativas. Al lado de las pomposas teorías de planeación importadas de la literatura empresarial, que por sí mismas no garantizan ningún éxito en los procesos pedagógicos que conducen al aprendizaje, hay muchas prácticas que provienen de tradiciones culturales y de concepciones que se van incrustando poco a poco en la conciencia colectiva. Aunque la mayoría de los maestros actuales son profesionales y muchos cuentan con posgrados, cuando se visitan los colegios parece que la práctica de aula está más cercana a la imitación de lo que vivieron en su época escolar que a lo que dice la literatura sobre los procesos de aprendizaje, las características de los ciclos de desarrollo biológico o la organización escolar. Lo que se hacía antes se replica en las prácticas de ahora: modelos de disciplina, fraccionamiento del currículo, tareas en casa, organización del tiempo y el espacio, ejercicio de la autoridad, evaluación.
De estas prácticas habló Foucault en su obra Vigilar y castigar, y frente a ellas se rebelaron pedagogos como Montessori, Decroly, Freinet y Neill. Además, se han hecho cientos de estudios de psicología, neurociencias, antropología y sociología, y aun así seguimos replicando lo aprendido por imitación intergeneracional. Es como si los médicos aprendieran lo último en conocimiento de la naturaleza del cuerpo humano y les contaran de las últimas tecnologías, pero al tratar a los pacientes en los hospitales replicaran irracionalmente la medicina de 1950. Sin embargo, y a pesar de esta persistencia de la tradición escolar, se han ido colando otras expectativas que provienen de un tipo de sociedad que tiene nuevas concepciones de la vida. Que todos seamos felices, que el éxito llegue pronto a manos llenas, que las cosas se puedan hacer de manera fácil y que podamos adquirir todos los bienes materiales, intelectuales y espirituales que la sociedad de consumo nos ofrece, se ha convertido en una exigencia básica generalizada. Luchar, trabajar y persistir son hoy ideas impopulares.
Los padres esperan que sus hijos aprendan mucho, que rápidamente sean exitosos y que no tengan que sufrir para conseguir estos objetivos. A esto contribuye la difusión de herramientas tecnológicas. ¿Para que aprender a sacar una raíz cuadrada si la calculadora del teléfono lo hace con un clic? ¿Qué necesidad hay de cocinar una torta en casa si con una aplicación me la pueden traer en una hora? ¿Por qué esperar dos meses el crecimiento de un fríjol en el colegio si en quince minutos puedo ver todo el proceso en cámara lenta a través de YouTube? En este ambiente, los estudiantes –grandes y chicos– van renunciando poco a poco a desarrollar la capacidad de persistir, se debilita su tolerancia ante el fracaso y pierden mucho del entusiasmo requerido para emprender grandes retos. Adicionalmente, su oportunidad de comprender a fondo la naturaleza de las cosas físicas y de los fenómenos sociales se esfuma, pues esa comprensión solo es posible cuando se enfrenta la dificultad de resolver un problema. No importa si se trata de tornear una vasija de barro o si se pretende diseñar un complejo proyecto arquitectónico, es diferente tomarse el trabajo de usar las manos que entregar la tarea a una impresora 3D o a un avanzado programa de Autocad.

El gran problema es que para que tanto los niños como los jóvenes, no se atonten con la tecnología, que les hace las cosas mucho más fáciles, necesitamos una escuela que esté llena de problemas difíciles pero interesantes, de tal manera que pueda fluir la pasión por aprender antes que la urgencia de aprobar exámenes. Mientras tanto, seguimos arrastrando el lastre de un plan de estudios disperso y sin rumbo que fracciona continuamente el tiempo de aprendizaje en una docena de asignaturas que no permiten explorar de manera profunda e interesante ningún tema, porque los maestros siguen estando más preocupados por agotar su programa en un limitado número de horas que por conseguir algún grado de entusiasmo de sus estudiantes por aprender. Lo de la jornada única sin un planteamiento diferente del aprendizaje termina siendo inocuo, pues son dos horas adicionales de lo mismo.
En este modelo curricular es imposible que los chicos se interesen por la lectura, pues para que esa pasión surja y se convierta en fuente de placer, descanso, conocimiento e imaginación, es necesario sentir curiosidad por el mundo, deseos de explorar aspectos específicos de la realidad, indagar sobre las preguntas esenciales de los seres humanos. Es decir, todo aquello que no tiene que ver con hacer tareas sin sentido, únicamente para aprobar. Al estudiante burocratizado en el modelo actual le ocurre lo mismo que a los altos funcionarios del Estado: están tan ocupados con lo trivial que no les queda tiempo para leer cosas que les ayuden a pensar. A este anacronismo curricular se suman las profundas transformaciones culturales, generadas por las nuevas tecnologías de la información y comunicación, que cambian radicalmente los antiguos hábitos de lectura y escritura, la ausencia de libros en el hogar y un entorno adulto que suele estar más pegado a los dispositivos electrónicos que a las páginas de una buena novela. Lo fácil atonta y adormece. Nuestro reto, como la nueva generación de maestros del siglo XXI, consiste en hacer que los centros escolares sean lugares en los que se haga algo más que aprender, y en los que el estudiantado viva para aprender y no aprenda para vivir. [email protected]

Comentarios