Siempre le dedico tiempo a la risa, a reírme con mis amigos, a joderles la vida para provocarles la risa y ver la explosión de ella en sus labios, como la risa de Sugey que se convierte en mariposa en su boca. Y busco la risa en el televisor antes de salir tan lento como puedo para el trabajo, o el camello como decimos en el Caribe colombiano. Y maldigo el trabajo, mis horas de alquiler a la esclavitud laboral. “Dos hombres y medio,” o “La teoría del Bing Bang,” o “Friends.” Estas comedias me ayudan a soportarme y a soportar la dura realidad que me ha tocado vivir. No tengo la culpa, mis padres me sembraron en esta tierra de muerte. Me acomodo en el sofá y me dejo matar por las historias. En cada una de ellas, en especial en las dos últimas comedias (“La teoría del Bing Bang,” o “Friends.”), hay algo de teatralidad superior, cierto humor elegante e indefinible. Y no es la historia ni el tema, quizá el lenguaje. Alguien podría acusarme de malgastar mi tiempo, pero seguro que ignorará lo que aporta a la 7 de la mañana la energía de la risa a mi estado emocional. Es una suave cachetada a la inconciencia, a la desesperanza, al hondo pesimismo para el despertar de la conciencia y del espíritu. Lo increíble de estas comedias son las lágrimas que nos hacen brotar, no por la tristeza, sino por la locura del cuerpo por sacudirse de la tragedia o las dificultades del ayer y del hoy. Me río contra estas cosas, me río contra el ego gordo del mundo, contra la banalidad de los gobiernos, contra la tiranía de la vida, contra el callo del dedo gordo del pie, contra mis tristezas. Y contra los planes y propósitos imposibles del nuevo año. Y me río cuando veo a alguien que se cree mejor que todos nosotros.  Me río para morirme de mí mismo y de la risa. Como dijo Sergio del Molino en el País de España sobre Friends: “Por eso, cuando la tristeza me hormiguea el pecho, sigo recurriendo a una comedia que conserva una austeridad emocional que no encuentro hoy en casi nada.”

Comenta aquí: