Hace días ya ha terminado una celebración fervorosa llamada navidad, donde se conmemoró la llegada de un hombre que partió la historia de la humanidad en dos. A la vez es hermoso vivir con la moción de qué Jesús no es sólo una celebración en un momento del año, es Dios mismo que se hizo hombre para enseñarnos que comprende todo lo que significa ser humano inmerso en esta realidad espacio temporal. Ven, querido lector, y deléitate con las palabras que nos expresan quién fue Jesús.
Jesús fue un judío carismático que enseñó con una gran autoridad fundada en su coherencia de vida; Él vivía lo que proclamaba y proclamaba lo que vivía. Con autoridad se opuso a todo legalismo e interpretación de la ley civil y religiosa con miras a subordinar el bien y la vida de las personas. Jesús puso la ley al servicio de la persona, realidad sagrada por antonomasia sobre la faz de la tierra. Concibió su vida y su quehacer como un hacer el bien, luchar contra toda forma de opresión, exclusión y discriminación. Fue un educador profeta que asumió y profundizó los rasgos esenciales de los profetas bíblicos. Jesús más que un hombre de Dios, fue la Palabra de Dios hecha carne entre nosotros (Jn 1:14). Guiado por el Espíritu, pudo reconocer con gran alegría que son los sencillos y pobres quienes muestran la Buena Noticia; se convirtió en su defensor; se acercó con misericordia, les levantó su dignidad, les comunicó que eran los hijos preferidos del Padre y los llamó a la conversión. Por tal motivo, fustigó el orden social injusto y la conducta ordinaria de la gente (Mc 1,4). Se enfrentó a todo aquello que tendía a convertirse en ídolo y al comportamiento que generaba: riqueza y vivir para acumular; poder y la manía de querer imponerse a los demás; prestigio y la obsesión por figurar. Jesús vivió lo que proclamó, sabiendo los riesgos y peligros que corría, y que libremente asumió.
La imagen del buen pastor expresa rasgos insustituibles y de gran inspiración para nosotros (Jn 10:1-16). Conoce a cada uno de los suyos, para quienes tiene una palabra propia y pertinente para su situación. La palabra y el diálogo son vínculo de conocimiento, de cercanía, de acompañamiento y orientación del camino. Su presencia se convierte siempre en fortaleza, confianza y seguridad para quienes atiende. Los siente como suyos; por eso, se entrega, los busca, los atiende, enfrenta los peligros y amenazas y llega a dar su propia vida. Su praxis fue más allá del noble y abstracto discurso sobre la primacía de la persona humana. El gran rabino Jesús superó los prejuicios, etiquetas, exclusiones, limitaciones y verdades cuasi naturales vigentes en su entorno social. Por eso se acercó, se hizo presente y cercano a todos aquellos grupos socialmente excluidos, despreciados, rechazados, históricamente mal vistos, razonablemente etiquetados. Jesús valorizó la persona en su condición y situación concreta: a los niños, que socialmente no eran tenidos en cuenta; a los leprosos curándolos e integrándolos a la vida social; a las mujeres, reivindicando su igualdad frente a la prepotencia masculina; a los publicanos y pecadores, a quienes les brindó una oportunidad de cambio y vida nueva, compartiendo con ellos la mesa. Jesús no se predica a Sí mismo ni habla sólo de Dios. Su misión fue el anuncio del reino de Dios. Dios viene a reinar sobre la humanidad. Dios no reina desde fuera y desde arriba; reinar para no someter. Establece una alianza incondicional, impulsada por el amor. Dios dice que sí a la humanidad y espera una respuesta que suscite de una transformación personal, que sea fruto de haberle aceptado en nuestras vidas. Las señales del reinado de Dios son diversas: un mundo reconciliado, una familia de pueblos, una vida feliz, el gozo de la abundancia y el reconocimiento mutuo entre las personas; el desarrollo de lo que somos y de lo que estamos llamados a ser, el descanso en la plenitud tal como lo indica la paz bíblica.

*Licenciado en Filosofía y Educación Religiosa
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