Tal vez en algún momento nos hemos preguntado por lo que pasaría si esas cosas que normalmente pasan eventualmente no pasaran. Por ejemplo, ¿qué acontecería si el día de mañana el sol se ranchara y no quisiera salir, si el mar se quedara quieto y no fabricara olas, si se callara la boca doña Doris y el oxígeno pidiera vacaciones?
¿Mudaría en algo el mundo si se callara el cantor, si los predicadores ya no hablaran, si los poetas no compartieran sus poesías? ¿Podríamos vivir sin el canto mágico de los pájaros, sin el barullo espontáneo del viento, sin la risa inocente y pura de los niños? ¿Cómo sería levantarnos una mañana cualquiera con la noticia de que llegó el final de los amores, de la poesía y de los sueños?
Nos hemos acostumbrado a disfrutar las cosas sin admirarlas y eso hace que las recibamos sin sorpresas ni agradecimientos. A veces incluso creemos que todo es tan natural, tan lógico y cotidiano que olvidamos que detrás de toda realidad que pasa hay una fuerza operadora de milagros que hace todo acontecer.
El equilibrio del mundo es perfecto pero a la vez demasiado frágil. Recordemos que un simple aguacero de cuarenta días acabó en el pasado él. Todo lo natural está tan bien hecho que hoy cada vez son más los que piensan que en el fondo es lo mejor. La última vez que fui a mi odontólogo me dijo que cuidara mis dientes porque si los perdía nadie en el mundo tenía el poder de darme uno igual. Seguramente esta misma opinión la tendría el cardiólogo, el oftalmólogo, el traumatólogo o cualquier otro especialista que trate los órganos del cuerpo.
Perder la capacidad de maravillarnos con las cosas que pasan y nos pasan nos hace creer que las merecemos y cuando pensamos que las merecemos asumimos todo lo bueno que sucede en el mundo como algo normal sin percibir que la rutina nos va haciendo insensibles y en el fondo desagradecidos. La oración de San Francisco de Asís en donde agradece a Dios por todo lo que le sucede explica muy bien lo que trato de decir aquí. Cuando no somos capaces de asombrarnos con lo que sucede a nuestro alrededor no podemos percibir los milagros muchas veces silenciosos que suceden todos los días cerca de nosotros. Entonces en nuestras oraciones pedimos acciones extraordinarias, milagros espectaculares sin sospechar si quiera que esas acciones y los milagros siempre han estado allí sólo que la costumbre, la insensibilidad, la rutina y la lógica nos cegado tanto que muchas veces hacemos el ridículo de ir por la vida buscando el burro sin darnos cuenta de que estamos montados en él.
Sería bueno en este tiempo en que se acerca el final del año volver a maravillarnos con el encanto mágico de la naturaleza. Desde que ella fue creada no ha dejado de producir milagros que hacen que nuestra existencia sea placentera y cómoda. Detrás del tan sonado hoy problema ecológico en el fondo hay es falta de asombro, de gratitud, de sensibilidad. No existe política capaz de obligar a alguien a cuidar y a conservar lo que no quiere ni valora. Cuando se pierde el asombro, se pierde la admiración, se pierde el afecto, se pierde el amor… Y si no amamos, a este planeta muy seguramente se lo va a terminar llevando el diablo.

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