Por ELENA BUSTOS R.
El primer Proyecto de Educación Sexual se instituyó en Colombia en 1993, gracias a una tutela que favoreció a una maestra en Ventaquemada, Boyacá, despedida de su trabajo por procurar que sus estudiantes aprendieran a ejercer una sexualidad responsable. Entonces como hoy, de una manera menos espectacular, pero, no por eso menos insidiosa, los maestros y maestras lideraron resistencias y protestas para impedir su implementación.
Recuerdo claramente que en talleres realizados en ese entonces, muchos docentes expresaban abiertamente su desacuerdo, basadas en preceptos judeocristianos y los menos veían en su implementación una posibilidad de trasmitir otros principios y valores, entre ellos la tolerancia, el respeto a la diferencia que como ellos mismos decían elevaría los niveles de convivencia pacífica. Años después, por razones de mi profesión e interés por la prevención y la promoción de estilos de vida saludables fui consultora de algunos colegios oficiales y privados con el propósito de transversalizar el tema de la sexualidad en los PEI de las instituciones, para que niños, niñas, adolescentes y jóvenes tuviesen una vivencia sana y responsable de su sexualidad. En esta experiencia también fueron evidentes negaciones y resistencias al proyecto, basadas en lo calificado por la tradición como “malos comportamientos sexuales” entre ellos la homosexualidad y el lesbianismo, equiparados a la sexualidad irresponsable (promiscuidad, embarazos adolescentes e ITS) y curiosamente se tenía la representación social de que eran epidemias o pandemias que “podían tomarse los colegios”. Muchos fueron los PEI trasversalizados por este enfoque, pero, pocos los colegios donde se implementó en la realidad lo que el proyecto mandaba.
Hoy cuando han pasado más de 20 años de ese primer proyecto y las tendencias filosóficas y enfoques de planeación como el enfoque de derechos, el enfoque diferencial y el enfoque de género permiten que se tenga una visión más precisa de la influencia del contexto en el ejercicio de la sexualidad la sana convivencia y en la construcción de ciudadanía. Ese imaginario colectivo parece estar aún vigente en las representaciones y creencias de las comunidades educativas que fieles a sus preceptos tamizados también por un aprendizaje frustrante y doloroso de su propia sexualidad, actuando unas veces como obstáculo epistemológico y otras como quiste psicológico a la manera como lo expresaba Enrico Fermi, impidiendo entender la sexualidad como algo inherente al desarrollo humano que depende más de la subjetividad que de influencias ambientales.
Haciendo estos vínculos conceptuales, hoy otros son los problemas: Por un lado la tolerancia a los embarazos adolescentes, las ITS y/o el SIDA mirándolos más como problemas de salud pública que como amenazas en la convivencia y por el otro una arraigada intolerancia, el irrespeto y la sanción hacia la diversidad sexual. ya que cualquier otra identidad diferente a la tradicionalmente establecida y naturalizada a partir de la función sexual, amenaza la hegemonía de la prevalencia de un género sobre el otro tanto en lo público como en lo privado.
Por tanto, quienes han fundado su identidad de género en la atracción hacia personas de su mismo sexo son mirados aun como amenazas para el orden establecido. A pesar de que desde 1980 la Homosexualidad y el Lesbianismo salieron del Manual Diagnostico y Estadístico de Trastornos Mentales (DSMIII,1980), en nuestro medio y por supuesto en nuestro sistema educativo aun niños, niñas y adolescentes con manifestaciones comportamentales contrarias a su género son tratados con problemas de comportamiento, por tanto son remitidos por los orientadores escolares a ser evaluados por expertos del comportamiento como psicólogos y/o psiquiatras con el propósito de que “sanen” y así evitar que “contagien”. Para muchos la escuela es lugar de reconocimiento, aprecio y respeto y esto también se pone en peligro cuando su identidad controvertida se pone en evidencia teniendo que abrirse camino en medio de la adversidad para conservar ese reconocimiento, mas, no todos tiene el mismo grado de resiliencia, muchos se auto condenan desertando del medio escolar que al igual que la familia los ha satanizado. La escuela a diferencia de la familia está obligada a actuar en derecho, por lo que debe garantizar a todas las personas por igual, el derecho a formarse, a desarrollar sus habilidades y aptitudes y a cimentar un proyecto de vida realizable; por tanto las normas de convivencia deben garantizar por igual tolerancia y respeto por el otro y su diferencia.

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