Un modo en el que podemos distinguir las “Tendencias jurídicas en el proceso de organización de la república de la Gran Colombia: 1819-1832”, es la contraposición del “realismo jurídico” de Bolívar con el “formalismo jurídico” de Santander: se trata de experiencias fundantes e instituyentes vividos por estos dos actores. En últimas, son fruto de experiencias reflexivas, por ejemplo, la creación del cuarto poder, el Poder Moral por parte del Libertador para hacer frente a la galopante ola de corrupción que logró permear el gobierno del vicepresidente Santander (recordemos que Bolívar estaba derrotando a los españoles en el sur de América).
La no construcción de leyes que no respondiesen a nuestras realidades, siempre fueron las objeciones que Bolívar hacía a “esos señores del Congreso”, por lo tanto, hicieron parte de su actitud cuestionadora. De acuerdo con su pensar la hechura y practicidad de la norma no deberían verse como una acción instrumental alejada de quienes la habrán de recibir con alegría o desilusión. La norma debe tener valor con sentido de responder a las necesidades de la gente, es decir, del pueblo. Para el Libertador estaba completa y adecuada una ley, si ella la viven los habitantes, en este caso, los de la Gran Colombia. El error de Santander era creer que con plasmar “dura es la ley, pero es ley”, ella infundiría temor, y todo sería color de rosa. La llegada de Bolívar de Lima a Bogotá desnudó el “formalismo” santanderista con sus azueros, sotomayores y florentinos González.
Al centrarnos en el “realismo jurídico” de Simón Bolívar, nos damos cuenta de que había, de hecho, una variedad de diversas necesidades y problemáticas que el este formalismo no atendió y que no se encaminó a guiar al pueblo bajo el estandarte del valor más preciado de la época: la libertad. La pretensión de Bolívar no fue sólo expulsar a los españoles de estos territorios, sino crear un sistema constitucional (La Constitución para Bolivia, creada por él) de derechos y deberes que pudiesen ser un modelo extraído de nuestra cruda realidad, un sistema consistente y firmemente organizado bajo una pedagogía que fuese capaz de enaltecer al pueblo, haciéndolo digno del ideal emancipatorio por el cual luchó el ejército libertario de Bolívar; además. Se trataba de crear una apertura y aceptación que permitiera entender que la libertad alcanzada por esa lucha era un camino de posibilidades de combinar la teoría constitucional con la realidad socio cultural de nuestros pueblos: incluso las distinciones filosóficas contradictorias y controvertidas entre Bolívar y Santander pudiesen contribuir a nuestra comprensión como pueblos recién liberados de trescientos años de esclavitud colonial y a la intención general del Libertador de construir un sistema normativo rico y siempre creativo, pero extraído de la realidad nuestra, y no de la norteamericana, como era la pretensión de Santander.. Así se promueve el fortalecimiento del sentido de vivir la norma, no como un fetiche jurídico, sino como un constructo socio cultural de los pueblos, como un conjunto de hechos, sucesos de la existencia humana de estas realidades recién liberadas.
Hay algo del “realismo jurídico” de Bolívar que lo distingue del “formalismo jurídico” del “hombre de las leyes”: que la intención motivacional del Libertador es profundamente arraigada de la realidad del momento, es su filosofía, sacada de la cotidianidad del día a día que él supo palpar. Es su origen, su fuente y su significado del sentido y su significación, por ejemplo, para entender la Constitución para Bolivia. En el corazón de esta creencia del Libertador está una consumada fascinación filosófica por la construcción de empoderar al pueblo, como el constituyente del origen del sistema normativo. Este supuesto constitucional es una construcción original de Bolívar, al crear el cuarto poder, el Poder Moral emanado de ese origen. El “realismo jurídico” del Héroe de América se perfila en términos de establecer un sistema de pesos y contrapesos que contribuyesen a una nueva y original orientación constitucional (que nunca pudo entender Santander), con la hechura, única en el mundo, de crear una Constitución Política, con demarcaciones sustanciales e implicaciones prácticas para la felicidad de los pueblos (por eso la quiso establecer en la Gran Colombia). Su objetivo era ofrecer a estos pueblos una impresión de vida constitucional autóctona y no copiada d otras realidades.
Nuestra intención es modesta. Pretendemos mostrar que la tendencia del “realismo jurídico” ofrece ejemplos de cómo se puede aclimatar la hechura de una norma acorde con su respectivo contexto: siendo una forma reflexiva propuesta por el Libertador. Nuestra esperanza es que el lector se animará a explorar luego los textos de Bolívar en esta procura (La Constitución para Bolivia, el Manifiesto de Cartagena, La Carta de Jamaica y el Discurso de Angostura), para encontrar por sí mismo cómo llevar a cabo su propia hermenéutica jurídica a fin de relacionar el pasado con el presente en materia de cómo se hacen las normas, por ejemplo, las que elaboran “esos señores” del Congreso actual. Para el lector sería útil preguntar, ¿Cómo leer en tiempo presente las admoniciones jurídicas de Bolívar? ¿Cómo el estilo de reflexión y escritura del Libertador es un ejemplo para esos señores del Congreso que legislan a espaldas del pueblo, y no acerca de los temas y preocupaciones de la sociedad? Por esta razón reconocemos la originalidad de la tendencia jurídica de este realismo en vez de recurrir al formalismo santanderista, que aleja la ley de la realidad, por sus procedimientos de interesarse por la forma y no por el contenido de la realidad, que le habla a la ley.
Es en el trasfondo del análisis de estas dos tendencias como se ha construido nuestra legalidad, que siempre ha estado de espaldas a la voz del pueblo. Bolívar enfrentó desde la ley la realidad, la sumió para transformar la realidad y producir el mayor beneficio de la sociedad, la educación: él decía, “el primer deber del gobierno es darle educación al pueblo”. En el modelo del Libertador podemos observar un enfoque innovador, un procedimiento beneficioso para la población, cierto estilo, un lenguaje de nuestra realidad, una forma retórica de hacer y entender la ley que caracterizó su actuar. Esto significa que deberíamos tratar de aprender de este modelo de construcción jurídica, por su estilo, y por esa facilidad lingüística de la hechura de la ley: Bolívar puso su sello personal que lo caracterizó por un revolucionario para todos los tiempos, lo cual nos ayuda entender nuestro calamitoso presente.
Bolívar en su preocupado estado mental, de repente se vio golpeado por la desidia y el atraso que encontró a su llegada del Perú a Bogotá: un rayo de intuición lo acerca a esta realidad, y es el ofrecimiento de que se asuma la Constitución para Bolivia: se trata d una forma de conocimiento fundado en un pensamiento de atender lo que nos da la realidad. Este deseo significativo d que la Gran Colombia prospera después de la guerra de independencia lo busca a superar la estrecha Constitución de Cúcuta de 1821. Bolívar trata de interpretar esta nueva realidad, y se decide por la Constitución creada por él, para su hija “Bolivia”: es un ejercicio constitucional confrontando la realidad de nuestros pueblos, es un trabajo de disruptivo frente a la maltrecha Constitución del 21. El lector que lea la Constitución para Bolivia puede embelesarse con el estilo fascinante de la escritura constitucional del Libertador. Aquí cada, texto de esa Carta Política comienza encantando a quien la lea por su aguda autocrítica que conduce gradualmente a entender todo el entramado de esta norma. En el caso de Bolívar, nunca presumió de abogado, ni da haber ido a universidad alguna: su genio se le debe a la veloz capacidad de saber leer nuestras realidades, leer la voz del pueblo, que con eses pensamiento tan rápido pensó para los siglos: su imaginación jurídica era tan clara y distinta a la de Santander, pues Bolívar supo fijar la tarea de hacer la ley bajo el presupuesto de atender a las demandas del pueblo.
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