Por: Ignacio Consuegra Bolívar Asunción
A quienes crecimos en el barrio El Paraíso solo nos faltó andar desnudos con la hojita de parra simbolizando la plenitud de la convivencia y la libertad.
Lo demás todo era un símil: las culebras en épocas de lluvia venían desde el rio a refugiarse en los jardines, y los niños de entonces, cambiábamos al carretillero las botellas usadas por jugosas manzanas chilenas y otras frutas de estación.
Y, si algo complementaba lo bucólico del paisaje, era que todos nos conocíamos. Las familias, regularmente numerosas, eran especies de instituciones consolidadas entorno a alguna actividad o servicio.
Yo recuerdo a los Morelo, los Bevan, los Campo, los Guarín, los Madero, los Pernett, los Polo, los De Castro, los Meléndez, los Osorio, etc. Y por supuesto; los Bermúdez.
Y lo cierto es que, muchos crecimos sin identidad, pues antes que nuestros nombres de pila, los vecinos nos identificaban por ser el “hijo de la señora tal” o del “señor Pascual”.
Mi casa, pequeña pero acogedora, era llamada “la biblioteca del barrio”, porque sus paredes estaban tapizadas de libros hasta en los dinteles de las puertas, y por disposición de mi padre, permanecían disponible hasta para las más elementales tareas escolares.
Allí, después de haber escuchado el noticiero de Marcos Pérez Caicedo, sobre el asfalto de la calle se le daba inicio a los reñidos partidos de bola de
trapo, mientras de manera simultanea sobre el piso de la terraza, Eduardo Bermúdez (hijo mayor del hoy homenajeado) y mi hermano José, disputaban un legendario partido de ajedrez, del cual nunca hemos sabido quien era el ganador. Así que, no por casualidad Eduardo es hoy un reconocido filosofo e investigador y José Eusebio funge como rector ejecutivo de esta universidad.
Por eso, siendo numerosos los motivos para estar complacido en un día como hoy, donde se honra la ejemplar vida de Don Jorge Bermúdez Lapeira, uno en particular complementa mis expectativas, cuando recuerdo que en aquellos tiempos el barrio le rendía especial tributo a su fama de hombre probo y comprometido en el mundo de la energía eléctrica, aspecto que le había hecho ganar el respeto de la vecindad, pues muchas veces nos hizo saber que este servicio tan necesario para el desarrollo de la humanidad, era para el servidor público el más proclive a los abominables efectos de negligencia y corrupción.
Pues bien, el tiempo al parecer le ha dado la razón. O de no, que lo corrobore algún morador de nuestros barrios del sur de la ciudad, que hoy después de una larga jornada de trabajo como albañil, latonero o pintor, etc.
Llega a su casa y le toca conformarse con beber el agua al clima, y acostarse posteriormente en medio de un sofocante calor acompañado por una mosquitera infernal.
Entonces hoy, mas que el estudioso heredero de los ingeniosos aportes de Thomas Édison y tantos otros geniales inventores del ayer, me honra escribir sobre un hombre convencido de que la honestidad es el primer capitulo del libro de la inteligencia racional.

¡Ah! Y se me olvidaba decirles que en el ya hoy irreconocible barrio El Paraíso (el del famoso Castillo de Rondón), durante la ausencia de nuestros padres, los padres de nuestros amigos hacían el papel de “padres alternativos” mientras permanecíamos en la calle, y hasta tenían derecho y potestad para reprendernos cuando nos excedíamos en las pilatunas de la juventud.
Nunca olvidaré aquella tarde cuando un funcionario del DANE llegó como encuestador del Censo Nacional a la casa de uno de los más divertidos vecinos y le preguntó:
– ¿Nombre del Barrio?
– El Paraíso – le contestó.
-Nombre del Padre: Adán
– Y de la madre: Eva.
El encuestador sorprendido por la coincidencia le espetó:
– ¡Ajá! ¿Y por casualidad por aquí está la culebra?
-Claro que si – le dijo Don Adán – gritando en voz alta: ¡Suegra! Venga que la buscan es a usted.
Me hubiera gustado estar presente en tan emotivo homenaje, no para adularlo por sus muy reconocidas competencias profesionales, si no para decirle que en este país carcomido hoy por los nefastos tentáculos del individualismo, la corrupción y la intolerancia, necesitamos formar ciudadanos con las convicciones de sus principios morales, y el don de gente que siempre lo ha caracterizado en su largo trasegar.

“Los pueblos marchan al compas de la educación”, expresó el libertador en plenitud de su gloria. Pero creo que le faltó agregar, que dicha educación debía estar regida por los mas robustos cimientos de principios éticos y morales. Los mismos que Don Jorge sembró en sus hijos, y en quienes tuvimos el privilegio de convivir en aquel bucólico barrio que nada tenia que envidiarle al paraíso terrenal.

Comenta aquí: